Opinión | CDL: Cuando la realidad supera a la ficción para aprender sobre el «trust» anglosajón (I)

Josep Gálvez, «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español, explica en este primera entrega un caso real de alta financiación para explicar cómo el trust y la equity anglosajonas castigan la deslealtad oculta en comisiones “discretas” cuando la realidad supera a la ficción. Imagen: JG.

10 / 02 / 2026 05:45

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Tengo que confesarles que no hay muchas más series de televisión por ahí que sirvan de verdad para unas Cartas desde Londres sobre ‘trusts’.

Series sobre dinero, herencias y ricos insoportables hay a patadas, pero series en las que el ‘trust’ sea una pieza jurídica central, que explique conductas, bloquee decisiones y gobierne desde la sombra, apenas unas pocas.

Y las que hemos visto hasta ahora, pues ya están contadas.

Pero ojo, porque el propio motivo de tal ausencia también es muy anglosajón.

Porque el ‘trust’ funciona precisamente porque no suele hacer ruido y el sistema sigue adelante aunque las personas la fastidien.

Eso es magnífico derecho, pero pésima televisión, salvo cuando alguien se atreva a mirar donde normalmente reina el silencio.

Por eso, pondremos el broche a esta saga con un curiosísimo caso real resuelto por los tribunales de Inglaterra y Gales.

Y no se trata de una saga familiar ni de una herencia mal repartida, sino de algo mucho más incómodo para ciertos despachos bien enmoquetados, donde el ‘trust’ aparece como remedio judicial.

Una operación financiera en apariencia impecable, una comisión cobrada con discreción casi artística y una pregunta que, en Londres, suele acabar mal.

Porque cuando un intermediario cobra sin decirlo, el problema puede convertirse en algo radioactivo.

Así que hoy se acaba la dramatización y empieza la ‘equity’ sin maquillaje.

UN HOTEL DE LUJO, UN  INTERMEDIARIO ELEGANTE Y UNA COMISIÓN DISCRETA

Hay lugares donde el dinero no se anuncia, sino que se presupone.

Monte Carlo es uno de ellos.

Todo el follón empieza en 2004, cuando todavía podía fingir que no era un parque temático del lujo, sino un lugar serio donde se hacían negocios serios.

Y el Monte Carlo Grand Hotel pertenece a esa extraña categoría de grandes activos que no se venden: se transmiten.

Son operaciones que ni se cuelgan en un cartel ni se publicitan y, por supuesto, no admiten a curiosos que vayan a hacer perder tiempo al personal.

Es un hotel que ha visto pasar monarquías enteras, capital árabe, banqueros suizos y profesionales de la abogacía londinenses con cara de no estar nunca de vacaciones.

En ese ambiente de alfombras gruesas, conversaciones bajas y sonrisas muy medidas, empiezan las grandes transacciones.

No con contratos y cuchillo en boca, sino con cafés distendidos.

Siguen algunas llamadas que no dejan rastro y luego vienen los intermediarios que “conocen a alguien que quizá…”.

Gente que sugiere a otra gente.

Y ahí es donde aparece un personaje clave de esta historia: el intermediario elegante.

Ramsey Neil Mankarious no es británico de origen, sino de origen libanés, pero formado y curtido profesionalmente en el particular ecosistema financiero británico.

Trabaja con los bancos de la City, utiliza vehículos ingleses y se mueve con absoluta naturalidad en el mundo de los ‘solicitors’ de las grandes firmas.

Y eso, en términos jurídicos y culturales, es casi más relevante que el pasaporte.

Muy bien relacionado y con un pasado en grandes grupos inversores, conoce el sector, a los ‘players’ y sabe cómo acercar posiciones sin hacer ruido.

Es el tipo de persona que se mueve con naturalidad en estas operaciones con precios de infarto y hace que todo parezca sencillo.

Nuestro intermediario elegante interviene para el comprador, que no es una persona ni una familia con apellido.

Es un consorcio perfectamente contemporáneo para este tipo de operaciones: banca británica, operador hotelero internacional y capital saudí en las calderas.

Porque para una operación de más de doscientos millones de euros no se levantan cejas; se levantan estructuras.

Y el intermediario elegante, a través de su firma recién creada, se sitúa donde siempre se ponen los que saben: en medio.

Ayuda al comprador a entender el activo y empuja al vendedor a ajustar el precio, lubricando una operación que, sin él, quizá habría tardado años en materializarse o bien se habría caído.

Por supuesto, la compra se negocia fuera de mercado.

Con total confidencialidad y sin que nadie se cuelgue la medallita en LinkedIn.

Cuentan con una coreografía bien reconocible de financieros y ‘solicitors’ londinenses especializados en ‘real estate’, ‘corporate’ y ‘finance’ implicados en la operación, no de manera ornamental sino estructural.

Para ello, la compraventa del hotel se articula mediante vehículos ingleses, con financiación bancaria británica y una arquitectura contractual sometida al viejo derecho de Inglaterra y Gales; el de toda la vida.

De hecho, uno de los elementos críticos es que se trata de una transacción asesorada, documentada y filtrada por despachos ingleses de alto voltaje.

Como es habitual, el precio de salida se ajusta a la baja tras la ‘due diligence’.

La operación se cierra en diciembre y el hotel pasa a manos del consorcio.

Todos sonríen, palmadas en el hombro y todo rezuma felicidad.

Pero como ya sabemos, lo bueno dura poco.

UNA “COMISIONCILLA”  TUVO LA CULPA

El problema aparece cuando alguien levanta la alfombra con cuidado británico y se lleva una sorpresa.

Y es que, oh sorpresa, mientras el intermediario elegante se sentaba a la mesa como asesor del comprador, había firmado, con pulcritud impecable, eso sí, un acuerdo con el vendedor.

Un contrato que venía a decir, de forma sencilla y clara, que si la operación se cerraba con el consorcio que él le había presentado, cobraría una comisión fija de diez millones de euros.

No hablamos de un gesto de cortesía ni de un porcentaje anecdótico.

Porque diez millones son diez millones, incluso en Monte Carlo.

Y, sin embargo, esa cifra nunca se puso claramente sobre la mesa del comprador.

En su momento, se habló de un ‘fee’, sí.

Pero nadie precisó cuánto, ni de dónde salía, ni en qué bolsillo acababa exactamente.

Durante un tiempo, la película le funciona porque nadie pregunta.

De hecho, tras la operación, el intermediario elegante sigue trabajando con el consorcio comprador como si nada.

Todo parece encajar con esa armonía tan típica de las operaciones bien vestidas.

Hasta que alguien hace lo que siempre ocurre en estas historias: pregunta demasiado.

Según parece, fue del lado saudí, como suele pasar cuando alguien decide echar una tarde para mirar los números con calma.

Cuando los compradores se enteraron de que el intermediario elegante había cobrado esa millonada del vendedor, el color cambió de inmediato del rosa chicle al hostil oscuro.

No porque apareciera un delito en el horizonte ni porque se cuestionara la operación.

Tampoco nadie habló de sobornos ni de corrupción, por favor.

Lo que entró en crisis fue algo muchísimo más serio para el gusto inglés: la lealtad.

Porque bajo el ‘common law’ hay reglas que no admiten ironías ni eufemismos.

Si actúas como agente de uno, no puedes cobrar del otro lado sin decirlo de forma clara, expresa y completa.

Y no basta con insinuar; hay que hacer el ‘disclosure’ total, quedarse en pelotas, vamos.

No basta con mencionar, así de pasada, la existencia de una comisión.

Hay que decir cuánto, de quién y por qué.

Total que el consorcio comprador pilla un cabreo tan grande que rompe relaciones con el intermediario elegante, deja de pagarle facturas y decide acudir a los tribunales.

No para deshacer la compra, sino para reclamar esos diez millones.

Y ahí es donde la historia deja de ser una anécdota de altas finanzas para convertirse en una lección pura de ‘equity’, el fundamento del ‘trust’, como ya veremos.

Porque el pleito no se centra en si el intermediario fue eficaz, ni en si el precio fue razonable, ni siquiera en si la comisión era habitual en el sector.

La pregunta es mucho más incómoda y, por eso mismo, más británica:

¿Puede alguien quedarse con un dinero cobrado de forma desleal?

Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.

Josep Gálvez es «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español. Está especializado en litigios comerciales complejos y arbitrajes internacionales. Interviene ante los tribunales de Inglaterra y Gales, así como en España, y actúa también como ‘counsel’ y árbitro en disputas internacionales en las principales instituciones de arbitraje.

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