Para las nuevas generaciones, es muy probable que el apellido Getty no les suene a nada, lo cual es una pena.
De John Paul Getty se cuentan muchas cosas y tengo que reconocer que es un personaje que me ha fascinado desde siempre.
Por ejemplo, cuando en su mansión de 72 habitaciones, de estilo Tudor, en Sutton Place, cerca de Guildford, instaló un teléfono de monedas para que los invitados se pagaran las llamadas.
No es una leyenda urbana, el viejo Getty era famoso por ser un cabroncete con una tacañería tan meticulosa como su contabilidad.
Podía pasar por multimillonario obsceno, pero jamás por despilfarrador.
Otra anécdota, igualmente celebrada cuenta que, cuando se alojaba en hoteles, evitaba el servicio de lavandería y se lavaba la ropa él mismo en el baño para ahorrarse el coste.
Y seguro que encima con el jabón de cortesía.
El dinero, para él, no estaba para gastarse, sino para obedecer.
Y esa diferencia, que parece semántica, es la clave de toda la serie “Trust” que gira sobre el famoso secuestro de su nieto, John Paul Getty III en 1973, y sobre la frialdad con la que un sistema patrimonial puede imponerse incluso a la tragedia familiar.
Pero “Trust” no empieza con el secuestro.
Empieza mucho antes, con un hombre que ha convertido el control en una forma de arte.
El secuestro del nieto en Roma es sólo el momento en que el sistema que Getty diseñó durante décadas se pone a prueba de la manera más brutal imaginable.
Cuando la oreja de su nieto peligra.
Para un espectador cualquiera, la reacción del patriarca resulta casi monstruosa: discutir el rescate, regatearlo y negarse a pagarlo durante meses, a costa de la integridad física del chaval.
Pero la serie acierta al mostrar que no se trata solo de carácter.
Getty no es simplemente alguien miserable; es alguien que ha organizado su inmensa fortuna de tal manera que ni siquiera él puede disponer de ella con libertad.
Aquí, amigos míos, es cuando aparece el verdadero protagonista, aunque nunca se presente en escena: el ‘trust’ de marras.
No como figura abstracta, sino como jaula dorada.
Y es que el título de la serie no es inocente.
“Trust” juega deliberadamente con la ambigüedad del término, tan anglosajona como incómoda para el lector continental.
Porque, por un lado, ‘trust’ significa confianza, que se presupone en toda familia y que aquí aparece frágil, condicionada, siempre en duda.
Y por el otro, el ‘trust’ como la estructura jurídica que sostiene la fortuna Getty.

El armazón que permite que el dinero exista pero sin estar disponible de forma inmediata, sometido a reglas y condiciones previas, como una caja de caudales.
Así que la serie se desplaza constantemente entre esos dos planos, el humano y el estructural, obligando al espectador a convivir con una pregunta incómoda:
¿Qué ocurre cuando la confianza personal flaquea y lo único que permanece firme es la estructura?
Una estructura que decide qué dinero es accesible, cuándo y a qué precio.
Porque Getty ha construido una fortaleza tan perfecta que se pondrá a prueba cuando la tragedia familiar choca contra sus muros.
Por eso, precisamente, “Trust” resulta una serie incómoda, ya que desmonta una ilusión: que el dinero de una de las mayores fortunas familiares siempre esté ahí para cuando haga falta.
Pues en el mundo anglosajón, y sobre todo en el de los Getty, va a ser que no.
El dinero está donde lo dejó el fundador, sometido a reglas que no admiten improvisaciones sentimentales como un secuestro.
Ese es el punto de partida de la serie.
No la violencia del secuestro, sino la violencia más fría del sistema.
En lo que sigue, veremos cómo “Trust” convierte esa tacañería legendaria en una lección de arquitectura patrimonial y por qué, una vez más, la realidad pulveriza cualquier ficción.
Cuando el dinero tiene condiciones
Pues efectivamente, lo que “Trust” hace con inteligencia, y sin subrayarlo, es desplazar el foco del “cuánto” al “cómo”.
Por tanto, la pregunta relevante no es cuánto dinero tienen los Getty, sino en qué condiciones puede moverse.
Y ahí la serie se vuelve brutalmente concreta.
Porque en 1973, cuando John Paul Getty III es secuestrado por la ’Ndrangheta, la mafia calabresa, unos tipos chungos de verdad, el debate no se plantea como lo haría un espectador al uso de “paga y punto”.
Sino que aparecen límites, advertencias, cálculos fiscales y, sobre todo, una cifra tope.
Getty fija un máximo: 2,2 millones de dólares.
Ni un céntimo más.
No porque sea lo que “vale” su nieto, sino porque es el máximo deducible fiscalmente según la normativa estadounidense de la época.
Todo lo que exceda esa cantidad, dice, sería “un mal precedente”.
La frase es brutal; la lógica, real.
La serie acierta al mostrar que, incluso cuando finalmente se mueve dinero para salvar la vida del chico, no se regala: se presta.
Y con intereses, claro está.
El padre del secuestrado recibe el dinero como un préstamo que deberá devolver al ‘trust’ de Getty.
En términos narrativos puede parecer cruel, pero es coherente con la realidad del personaje.
Detrás de esas decisiones late una realidad histórica poco conocida fuera del mundo anglosajón.
La fortuna Getty estaba fragmentada en múltiples vehículos, con administradores profesionales, reglas de disposición y un celo extremo por evitar que un episodio excepcional, como un secuestro, abriera la puerta a una cascada de reclamaciones futuras.
Getty temía, y no sin razón, que pagar convertiría a todos sus descendientes en objetivos con patas.
El sistema estaba pensado precisamente para no reaccionar en caliente.
La serie también deja entrever, sin explicarlo, otro detalle relevante.
Y es que el dinero no estaba “en casa”.
Estaba distribuido, invertido, sometido a diversas jurisdicciones, con tiempos propios.
No era un cofre que pudiera abrirse con una llave sino una maquinaria de reloj suizo.
Y, como toda maquinaria bien diseñada, funcionaba igual tanto en tiempos de calma como bajo presión extrema.
Aquí está el contraste más interesante entre la ficción y la realidad.
“Trust” dramatiza decisiones que parecen inhumanas, pero la historia confirma que fueron decisiones estructurales.
Ni improvisadas ni tomadas en el momento.
Mostró hasta qué punto el viejo Getty había logrado su objetivo último: que la fortuna obedeciera a reglas incluso cuando la familia no podía hacerlo.
Cuando el sistema gana, aunque duela
Hay un episodio del secuestro que “Trust” recoge con especial mala leche.
Durante semanas, los secuestradores piensan que la han fastidiado; no se creen que estén negociando con la familia Getty.
Les parece imposible que el nieto del hombre más rico del mundo no genere una reacción inmediata.
Sospechan que el secuestrado miente sobre su identidad.
La ’Ndrangheta esperaba dinero rápido, nervios, urgencia.
Pero lo que recibe es silencio, regateos y plazos.
No están negociando con un abuelo desorientado; están chocando contra un muro llamado John Paul Getty.
Y ese choque cultural entre mafiosos calabreses y una arquitectura patrimonial anglosajona es uno de los hallazgos más perversamente brillantes de la serie.
Porque el viejo Getty había construido su ‘trust’ pensando precisamente en escenarios como chantajes, herederos débiles, casamenteros profesionales y otros oportunistas.
Esa es, quizá, la lección más perturbadora porque solemos pensar que el dinero está para resolver problemas.
Pero en la serie descubrimos que, a veces, el dinero está precisamente para no ceder.
Así que, si quieren saber qué pasó con el nieto de Getty y, sobre todo, ver un ‘trust’ en su estado más puro, vean “Trust”.
Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.