Opinión | CDL: Algunas series de TV para aprender sobre el ‘trust’ anglosajón: “Riviera” (Sky)

Josep Gálvez, «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español, explica en esta nueva entrega cómo el «trust» puede operar al margen de la beneficiaria a partir de la serie Riviera. Foto: JG.

3 / 02 / 2026 05:45

Actualizado el 03 / 02 / 2026 08:14

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Hay una escena inaugural en “Riviera” que debería proyectarse en bucle en todas las facultades de Derecho del continente.

Un yate, fuegos artificiales, champagne caro y un matrimonio que parece tenerlo todo.

Minutos después, una explosión brutal y ese marido multimillonario, discreto, de acento indeterminado, pero con ‘solicitors’ ingleses, vuela por los aires.

Y la viuda, Georgina Clios, descubre algo incluso más perturbador que la muerte: que no tiene ningún poder real sobre aquello que creía suyo.

Para quien no haya visto la serie, “Riviera” no es solo un thriller glamuroso ambientado entre Londres, Nueva York y la «Côte d’Azur».

Es, sobre todo, una historia sobre qué ocurre cuando alguien cree haber heredado una fortuna y descubre que sólo ha heredado una renta.

Aunque la serie no se detiene a explicar técnicamente si estamos ante un ‘trust’ en sentido estricto, la protagonista se enfrenta muy pronto a una realidad basada en esa figura.

Porque ser la viuda no equivale a ser dueña, ni ser heredera a decidir, ni vivir rodeada de lujo significa tener acceso al poder que lo sostiene.

Así es, en las familias anglosajonas adineradas, es totalmente ortodoxo que el viudo no adquiera la propiedad ni el control de los activos principales.

La estructura habitual es que el patrimonio se proteja en ‘trusts’ mientras que el cónyuge recibe ingresos, prestaciones para su estilo de vida o beneficios discrecionales.

Efectivamente, el patrimonio está encapsulado en una estructura administrada por una serie de ‘trustees’ que sonríen con educación británica mientras explican, con una frialdad impecable, qué puede hacer y qué no.

Por tanto, aunque el ‘trust’ es aquí un concepto algo difuminado, actúa como motor narrativo.

Determina quién controla las empresas, quién puede vender activos, quién accede a información sensible y quién queda relegado a una cómoda pero impotente  posición de simple beneficiaria.

Cada episodio avanza porque alguien choca contra ese muro jurídico invisible que el fundador levantó en vida para seguir controlando después de muerto.

Lo interesante es que Riviera no presenta esta estructura como una rareza sofisticada, sino como algo normal en estos círculos.

Nadie pregunta, por ejemplo, qué es un ‘trust’.

Se asume porque forma parte del paisaje de una determinada clase social.

Es como tener un rascacielos con tu apellido en Nueva York o pertenecer a un exclusivo club privado en Londres.4

Imagen de promoción de la serie «Riviera» de la que trata la columna de Josep Gálvez. Foto: Sky.

Por eso, querido amigo, si usted no tiene un ‘trust’, es porque no forma parte de este particular mundo.

Los abogados especializados en ‘trusts’ lo saben y los bancos privados también.

Sólo la viuda se sorprende de semejante tinglado y, con ella, seguramente, el espectador.

Ese es el punto de partida de la serie y de esta nueva Carta desde Londres.

Una historia en la que el drama no nace del crimen, sino del documento.

Donde la pregunta no es quién mató a quién, sino quién puede mandar a partir de ahora.

Y donde el ‘trust’ puede ser el personaje más silencioso pero el más implacable de todos.

LOS TRES PLANOS DEL ‘TRUST’

En “Riviera” no hay discursos ni rollos sino una sucesión constante de situaciones en las que Georgina cree estar en el centro para descubrir, amargamente, que está en el margen de esa función.

Pero esa frustración no es psicológica, sino estructural y se divide en un circo de tres pistas.

La primera es la del uso y disfrute.

Porque Georgina sigue viviendo, pero que muy bien.

Casas suntuosas, viajes por todo el planeta, seguridad privada con pinganillo en oreja, cuentas que se pagan sin preguntas.

Desde fuera, cualquiera diría que lo tiene todo.

El ‘trust’ cumple con ella como beneficiaria, pero el problema no está ahí.

El segundo plano es la administración del ‘trust’.

Aquí entran los famosos ‘trustees’, los ‘solicitors’ y gestores patrimoniales británicos que manejan el cotarro.

No improvisan ni opinan, sino que ejecutan.

Por cierto que la serie es especialmente fina al mostrarlos como figuras casi anodinas, educadas, incluso aburridas.

Y, sin embargo, todo pasa por ellos.

Georgina puede estar presente, pero no dirige nada.

Porque el tercer plano, que es el verdaderamente decisivo, es el del  control de todo el chiringuito.

El control reside en el documento que Constantine dejó escrito, constitutivo de esa estructura patrimonial.

El documento en el que el fundador, (el ‘settlor’) fija las reglas de juego

Por eso, cada vez que Georgina intenta saltar de un plano a otro, el sistema la devuelve a su sitio con una cortesía letal.

Hay escenas muy concretas en las que esta separación se vuelve insoportable.

Por ejemplo, cuando la viuda detecta riesgos evidentes en operaciones empresariales que se están preparando.

Y es que, aunque pueda discutir el diagnóstico, lo que no puede hacer es parar la máquina.

Porque parar la máquina no es una prerrogativa del beneficiario.

Es una facultad que el fundador decidió reservar o delegar de otra manera.

La serie también juega con una idea poco comprendida fuera del mundo anglosajón: el acceso a la información.

Georgina descubre que puede recibir rendimientos, pero no explicaciones completas, y que esa asimetría no es una anomalía, sino una consecuencia lógica del diseño.

Porque saber demasiado sobre ciertos patrimonios es tan peligroso como decidir demasiado.

Lo interesante es que el ‘trust’ no aparece como algo rígido por accidente.

Bien al contrario, es deliberadamente insensible al drama.

De hecho, se parece más al viejo HAL 9000 de “2001: Una Odisea en el Espacio”.

Porque el espectador aprende algo esencial al mismo tiempo que Georgina.

Que el fundador ya había decidido qué papel jugaría cada uno.

Y el sistema, educadamente, se limita a defenderse una y otra vez.

Ahí está la crudeza y la utilidad de la serie, dejando claro que cuando los tres planos están bien separados, la familia puede discutir todo lo que quiera.

Esa estructura, mientras tanto, sigue su propio camino.

CUANDO EL SILENCIO MANDA MÁS QUE LA FAMILIA

Llegados a este punto, Riviera deja una sensación incómoda, precisamente la que la hace interesante.

No hay revelación final que lo arregle todo ni catarsis que devuelva el control a quien lo reclama con más motivos emocionales.

Lo que hay es algo mucho más británico y, por eso mismo, más perturbador para el lector continental.

El sistema funciona exactamente como fue concebido, incluso cuando hace daño.

La serie sugiere, sin necesidad de subrayarlo, que el verdadero acto de poder no es lo que hacen los vivos, sino lo que dejó previsto el fundador cuando aún podía pensar con calma.

Porque Constantine Clios no dejó su estructura para proteger a su viuda, ni para facilitar consensos familiares, ni siquiera para evitar conflictos.

Lo diseñó para que el patrimonio siguiera un rumbo propio, ajeno a impulsos, sospechas o urgencias.

Y eso precisamente es lo que ocurre.

Que el conflicto, la disputa, el pleitón no siempre son un fallo del sistema sino el precio de su eficacia.

Un ‘trust’ no fracasa porque genere tensión, sino que triunfa precisamente porque no se deja arrastrar por ella.

Mientras los personajes discuten, dudan o se desesperan, el ‘trust’ permanece imperturbable, cumpliendo su función con una elegancia casi cruel.

Por último, hay un detalle narrativo que no quisiera pasar por alto.

Y es que en “Riviera”, cuanto más lujo rodea a la protagonista, más evidente se vuelve su falta de poder real.

Porque la abundancia no es sinónimo de control.

Y esa disociación, tan poco intuitiva para muchos, es uno de los mensajes más finos de la serie.

Se puede vivir muy bien y, al mismo tiempo, no mandar absolutamente nada.

Por eso “Riviera”, aunque no lo señale expresamente, encaja tan bien en esta serie sobre ‘trusts’.

Porque no moraliza ni adoctrina, sino que muestra hasta qué punto el derecho puede ser más determinante que una cuenta corriente cuando se trata de grandes patrimonios.

Al apagar la televisión, queda una idea clara: el verdadero heredero no es la viuda, ni los hijos, ni los socios, sino el ‘trust’, la estructura patrimonial.

Y frente a eso, poco puede hacerse salvo aceptar que el poder más absoluto es el que no necesita levantar la voz.

Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.

Josep Gálvez es «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español. Está especializado en litigios comerciales complejos y arbitrajes internacionales. Interviene ante los tribunales de Inglaterra y Gales, así como en España, y actúa también como ‘counsel’ y árbitro en disputas internacionales en las principales instituciones de arbitraje.

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