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Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (I)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (I)
Josep Gálvez cuenta en esta columna una anécdota del "barrister" novato, Edward Abinger, ante el juez William Joseph Chitty, en la foto.
14/6/2022 06:50
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Actualizado: 14/6/2022 12:44
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Que los ingleses sienten orgullo patrio por su derecho no es ninguna novedad. De ahí que determinados ‘barristers’ y jueces que han destacado en esta jurisdicción desfilan con un peso específico para cada generación, como si de futbolistas se tratara.

Pues sí, en este particular imaginario colectivo del derecho inglés se citan las mentes jurídicas más brillantes de cada época, ya sea Lord Denning, el gran Marshall Hall o más actualmente cerebros de la talla del temido George Carman, el “Beyoncé” del derecho, Lady Hale o el increíble William Clegg QC, entre muchísimos otros.

Por cierto, si quieren pasar un rato entretenidos, vean a este último hablando de asesinatos en una divertidísma charla en Google Talks.

Como decía, son mitos de los tribunales que marcan un antes y un después del ‘common law’ gracias a sus casos, a sus reflexiones expuestas a través de brillantes intervenciones en sala o de lúcidas sentencias, donde el derecho -ese “sentido común vestido de comunión” según dice Lord Sumption– se ejerce magistralmente para la posteridad.

A pesar de sus estereotipadas y extensas biografías, a menudo planteadas como hagiografías del laudado ‘QC’ de turno, en algunas ocasiones estos libros consiguen hacer transpiran al ser humano tras la estatua de yeso, del personaje, lejos de la reverencia.

Es decir,  jueces y ‘barristers’ sin  peluca”, con sus grandes virtudes pero también con sus defectos.

Pero curiosamente todos ellos suelen coincidir un momento muy particular en sus biografías.

Y es el llamado “momento de la verdad”.

Uno de los momentos más difíciles para un «barrister» es la primera vez que sale a torear en sala. Nunca se olvida.

EL MOMENTO DE LA VERDAD PARA TODO ‘BARRISTER’

Ese momento es, sin duda es el célebre ‘First Time Up’, es decir, cuando un ‘barrister’ tiene que alzarse por primera vez ante el tribunal.

Por el contrario a otros sistemas, el proceso inglés, exige al ‘barrister’ a estar siempre de pie durante sus intervenciones en sala.

Dicho de otra manera: la etiqueta en los tribunales ingleses exige que, cuando el ‘barrister’ abre la boca se debe estar siempre en pie.

De ahí que pocas cosas puedan compararse cuando uno debe erguirse ante un tribunal inglés, tal como cuenta Geoffrey Dorling Roberts en su autobiografía “Without my Wig” (“Sin mi peluca”).

Aunque Dorling Roberts era un tiarrón extrovertido y durísimo jugador de rugby en la selección inglesa, había emprendido la carrera en el ‘Bar’ de Inglaterra y Gales, teniendo que enfrentarse a su ‘primera vez en pie’ ante el tribunal.

Para tan importante ocasión, se rodeó de sus padres, su hermana y una cohorte de amigos, todos atentos desde el público a ese momento tan crucial cuando el ‘barrister’ debe ponerse en pie y efectuar sus alegaciones, así como responder con rapidez a cualquier pregunta -o peor aún, una sugerencia– del juez.

Todos estaban allí bien atentos para ‘escuchar a Geoffrey hacer su primer caso’.

Pero para ese grandullón el escenario era bien diferente: eran “todos cooperadores necesarios para provocarme un ataque de nervios que me privó de la capacidad del habla. Tenía la lengua completamente trabada y solamente pude producir ruidos de animales, sin ningún sentido”.

Según cuenta, la vergüenza y el mal rató que sufrió solamente puede ser imaginados que no descritos con palabras. Pero encontró consuelo en un libro de otro grande del derecho inglés.

Concretamente en la famosa “Autobiografía” de Sir Patrick Hastings QC, en la que cuenta “su primera vez”.

Hay que señalar que, antes de ingresar en el ‘bar’ de Inglaterra, Hastings había sido soldado durante dos años en la Guerra de Sudáfrica, por lo que no era precisamente alguien sensible o fácilmente impresionable.

Pero cuando le tocó ponerse en pie ante el tribunal, la cosa era muy diferente:

– Mi lengua estaba extrañamente seca. Incluso mis palabras iniciales, que me había aprendido de memoria, me habían abandonado. Quería salir corriendo -pitando- pero mis piernas se negaban a moverse.

Pues ahora póngase ustedes en la situación, peluca de crin de caballo incluida.

Y es ahí, durante las audiencias ante los tribunales ingleses, donde se producen las famosa anécdotas judiciales que merecen ser recordadas.

Hoy nos detendremos en una anécdota de Edward Abinger, quien aguantó en pie como un valiente.

Las pelucas («wigs») están hechas con crin de caballo. Son preceptivas de los «barristers», los abogados especializados en actuar ante los jueces en vistas públicas; en estos casos en los tribunales de Inglaterra y Gales. Los escoceses tienen su propio sistema de justicia.

¡NO TE SIENTES, AGUANTA DE PIE!

En su fantástica biografía «Forty years at the Bar» (“Cuarenta años en el Bar”), Edward Abinger cuenta que tuvo que intervenir en uno de sus primeros casos ante un tribunal como ‘junior barrister’.

En la parte contraria se encontraba Charles Swinfen Eady, quien después sería Lord Swinfen, ‘Master of the Rolls’, es decir, es el presidente de la División Civil del Tribunal de Apelación de Inglaterra y Gales.

En concreto, Abinger había planteado una incidente sobre una orden de ejecución por desacato al tribunal (‘Motion for a Writ of Attachament for Contempt of Court’).

Esto, en términos más entendibles, suponía que nuestro protagonista debía disuadir al juez de que ejecutara la orden, ya que conllevaba la entrada en prisión de su clienta, la señora Large.

Como Abinger era junior, junto a él (o físicamente frente a él) se encontraba en los bancos nada menos que, Frank Lockwood, QC para echarle una mano durante la sesión.

No hay fotos de Edward Abinger pero sí del «barrister» que le empujó a hacer frente al juez Chitty. Se trataba de Frank Lockwood, QC, sobre estas líneas. Foto: Wikipedia.

Es decir, un viejo abogado de los tribunales con más experiencia en batallas que un centurión veterano de la Guerra de las Galias.

Según contaba el chaval, su defensa solamente contaba con una declaración jurada (‘affidavit’) por un médico indicando que la Sra. Large sufría de un aneurisma de aorta y que la conmoción de un arresto podía provocarle una muerte súbita.

Total que, en pie, el joven abogado leyó ante el juez Mr Justice Chitty el contenido del informe.

En respuesta, el ‘barrister’ contrario, Swinfen Eady, alegó que el documento era un documento elaborado por algún médico amigo de la Sra. Large para librarse de la cárcel y que no tenía ningún fundamento real.

Puesto en pie otra vez, el joven Abinger se opuso a dicha alegación, indicando al Juez Chitty que “una persona no debía ser condenada a morir por un simple incumplimiento de una orden, que es en lo que desembocaría la ejecución de la orden judicial”.

El diálogo que siguió en la sala del Tribuna, según las transcripciones, fue el siguiente:

Juez Chitty: ¿Está usted dándome lecciones de Derecho penal?

Edward Abinger: No, Señoría. Solamente estoy tratando de disuadir a Su Señoría de ejecutar esa orden.

Juez Chitty: Muy bien. ¡Ahora ya puede sentarse!

Entonces es cuando proverbialmente entró en escena Frank Lockwood, QC quien se echó atrás y giró la cabeza levemente para susurrar al joven abogado que se encontraba a sus espaldas:

No te sientes, vuelve a leer la declaración jurada.

Haciendo caso al bragado ‘barrister’, Abinger siguió en pie y dijo en alto:

Edward Abinger: Me temo que Su Señoría no ha apreciado la importancia de la declaración y volveré a leerla de nuevo.

Leyendo el dictamen médico una vez más, Abinger hizo especial énfasos en la expresión “la conmoción del arresto podría matarla” tras lo cual Mr Justice Chitty le preguntó: «¿Ha acabado usted?».

Edward Abinger: Sí, Señoría.

Juez Chitty: Bien entonces. La orden de prisión se ejecutará.

De nuevo Lockwood QC intervino usurrando al joven ‘barrister’:

Aguanta con el juez; lee el documento otra vez.

Cuenta la anécdota que nuevamente en pie, Abinger dijo al Juez Chitty:

– Señoría, tengo un deber solemne de defender a mi cliente y mucho me temo que no lo habré ejercercitado debidamente si Su Señoría ordena que se ejecute la orden. Por lo que deberé leer la declaración jurada una vez más.

Juez Chitty: Si no se sienta usted, le mandaré a la prisión de Holloway.

Lockwood se echó atrás por tercera vez y murmuró a su joven compañero:

– No te asustes, no te mandará a Holloway. Sigue aguantando.

Y siguiendo su consejo, Abinger siguió recto como un palo, por lo que el Juez Chitty le advirtió:

Si no se sienta usted Señor Abinger, mandaré a por alguacil.

Al ver que no se sentaba, el Juez hizo llamar a un alguacil y cuando entró, el joven ‘barrister’ seguía en pie ante el tribunal, por lo que se dirigió a él con especial enfado y voz amenazante:

Y ahora, si no se sienta usted ordenaré al alguacil que se lo lleve detenido

Lockwood QC se echó atrás y nuevamente susurró a su joven compañero con voz muy, muy tranquila:

No hará que te detengan.

Según cuenta Abinger en su libro, no es que se sentara, es que las rodillas ya no aguantaron más la presión y se desplomó en la bancada.

Entonces Mr Justice Chitty ordenó al alguacil que se marchara y, pidió al ujier que le trajera la “Law list”, es decir, el listado de ‘barristers’ ejercientes.

En aquél momento advirtió que Edward Abinger no llevaba ni dos años como ‘barrister.’

Con un tono mucho más dialogante, el juez se dirigió al joven Abinger y le dijo:

– Como veo que usted ha sido recientemente llamado al Bar de Inglaterra y Gales, le voy a dar un consejo: si quiere ganar su caso, no haga cabrear al juez. No tengo ninguna duda que usted creía estar cumpliendo su deber, pero debió usted obedecer mi orden.

A continuación, el juez decidió suspender la decisión sobre el fondo del asunto y accedió a que la señora Large fuera examinada por un médico forense.

A la semana siguiente, la sesión se reanudó y el abogado contrario, Swinfen Eady manifestó en sala:

– Ante la prueba médica aportada que tengo ante mí, creo que sería demasiado gravoso para la salud de la señora Large que esta fuera encarcelada.

Así, Abinger pudo ganar su caso y, como reconoció este ‘barrister’ en su biografía:

Ese gran juez, en vez de indignarse por mi imprudencia, después de todo me trató siempre con la mayor de las amabilidades y cortesía hasta que finalmente falleció”.

En fin, sea esta carta de hoy un reconocimiento para todos los jueces amables y comprensivos.

Porque haberlos, haylos.

Hasta la semana que viene.

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