Cuando uno pisa el metro de Londres, aprende rápidamente una frase muy célebre: “Mind the gap”.
Son sólo tres palabras, secas como una galleta para acompañar el té, pero que valen por un curso entero de seguridad vial.
Este mensajito nació a finales de los sesenta como grabación machacona para que el personal no metiera el pie donde la vía se come el andén y desde entonces se ha convertido en una banda sonora nacional.
Curiosamente, detrás hay un puñado de voces que van desde ingenieros, operadores hasta locutores.
Entre ellos, Oswald Laurence, cuyo reconocible “Mind the gap” regresó a la estación de Embankment por petición de su viuda para seguir escuchándole cada día.
Lo esencial, sin embargo, no ha cambiado: concisión, mensaje claro y nada de florituras.
Avisar y punto.
Eso, precisamente, es lo que el juez inglés espera de los ‘witness statements’: que sirvan para no caerse en el hueco entre el tren de los recuerdos y el andén de los documentos.
Y con este aviso, continuamos la historia que abrimos en la primera entrega donde la ‘High Court’ de Inglaterra y Gales, fiel a su “Mind the gap”, nos enseña cómo escuchar a los testigos sin despeñarnos.
DE VUELTA AL ASUNTO TIMOTHY FULSTOW & ROBERT WOODS V JEREMY FRANCIS
Acordémonos de dónde veníamos.
La semana pasada abrimos con Monchito, Rockefeller y Archie Andrews para explicar la ventriloquía jurídica: ese vicio de hacer que el testigo hable con la voz del abogado.
También dejamos plantado el escenario del pleito donde dos amigos que ponen una pasta para invertir en un proyecto de viviendas, un promotor que escribe dos correos para tenerlo todo listo para cuando llegue el dinero, y una reunión en un pub donde, según unos, se cerró el trato y, según el otro, sólo se tonteó.
Así que los amigos demandaron al promotor por incumplimiento de sus obligaciones contractuales.
Y el asunto subió a la ‘High Court’ con varios días de audiencias y una sentencia “entregada” el 14 de agosto de 2024 con todo el boato y la pompa británica.
Hasta aquí, el recordatorio mínimo para no perder el hilo.
Lo más interesante es que, nada más arrancar el juicio, la defensa pidió pasar por la guillotina varios ‘witness statements’ de los demandantes.
Según dijeron, las declaraciones incumplían la ‘Practice Direction’ 57AC, la cartilla que deben seguir los testigos en los tribunales ingleses de ‘Business and Property’.
El juez decidió que no los eliminaba del expediente, ya que habría dejado a los actores sin red y alargado el procedimiento, pero sí anunció que habría consecuencias.
Y las consecuencias fueron que el peso probatorio mínimo no se alcanza si no se cumplen las reglas procesales en los ‘witness statements’.
Por eso, al valorar el peso de las declaraciones, la tijera no fue formal, pero sí sustantiva.
Recordemos que los ‘witness statements’ en los procesos anglosajones son unas declaraciones del testigo por escrito y antes del juicio, escritas en primera persona, sobre lo que vio, hizo o entendió.
Y además deben estar firmadas con un ‘statement of truth’.
Es decir, que lo que se cuenta es verdad, bajo pena de ser empitonado por mentir en un juicio, algo que se persigue muy mucho por estos lares.
Por su parte, la gramática procesal canta con voz propia, por lo que no es posible aprovechar los ‘witness statements’ para arrimar el ascua a su sardina.
De tal manera, no se admiten alegatos ni sermones ni cuentos chinos.
Todo clarito y, además, con una lista concreta de los documentos consultados para refrescar la memoria.
Y por si no fuera suficiente, se acompaña con un certificado del ‘solicitor’ de que se han cumplido las reglas procesales.
Lo que conlleva que el cuello del profesional no se arriesga, por muy altos que sean los honorarios.
Evidentemente, en la audiencia el escrito se da por más que conocido y se pasa al interrogatorio, donde el ‘barrister’ contrario toreará al testigo como si de Morante de la Puebla se tratara.
Con ese marco, el catálogo de tropiezos en este caso fue de manual sobre lo que no hay que hacer.
Hubo declaraciones sin certificado del ‘solicitor’, sin lista de documentos y, cuando la hubo, era el clásico “lo hemos mirado todo”, justo lo que las reglas procesales prohíben porque no ayuda al juez.
Además, había pasajes que recitaban correos literalmente y en otros se opinaba o incluso se discutía la prueba ajena.
Y para rematar, aparecía texto calcado entre testigos, pecado procesal y mortal de necesidad.
Como rareza del caso, los demandantes renunciaron al privilegio sobre mucha correspondencia con sus ‘solicitors’, así que el tribunal vio la trastienda de cómo se amasaron los ‘witness statements’.
El resultado fue que se confirmó la ventriloquía y el peso de la testifical pasó a tener un valor cercano a menos cuatro.
Pero ojo, que esto no es un capricho del juez de turno, ¿eh?
Esto es lo que se viene interpretando en el derecho inglés desde antaño y que explica por qué hay que confiar más en documentos contemporáneos y en la plausibilidad que en memorias maleables y olvidadizas cuando les perjudica.
EL RESULTADO DEL CASO
Así que, con las declaraciones puestas en cuarentena, el juicio se decidió sobre la documentación obrante y la propia economía de la operación.
De tal manera que, sobre la famosa reunión en el pub, el juez se creyó al demandado.
No hubo “sí quiero” sino un tanteo con varios proyectos posibles y las condiciones por cerrar bajo la expectativa de que los “socios” aportaran financiación de verdad a corto plazo.
De hecho, se hablaba del orden de cientos de miles sólo para el depósito inicial.
Es lo que dicen los correos y notas coetáneas, que no eran ofertas completas y definitivas sino unos pasos dentro de una negociación en curso, con muchos cabos sueltos aún.
La balanza de verosimilitud y documentos se impuso a la memoria caprichosa.
Y con esto nos vamos al marcador, sin fuegos artificiales.
El tribunal desestimó de cuajo la demanda de los dos amigos.
En esta sentencia no hay pronunciamiento sobre costas porque lo habitual en la ‘Business and Property Courts’ es reservarlas para la fase de “consequentials” tras la publicación.
Y todo esto, ¿qué nos deja a los españoles?
Pues cuatro cosas muy inglesas y muy útiles.
La primera es que el ‘witness statement’ es la voz del testigo antes del juicio.
Por tanto, debe sonar a esa persona, no a un abogado.
No cabe ni comentar la prueba ni opinar, ni mucho menos aprovechar para meter codazos.
Si se lo saltan, el juez simplemente no le hará ni puñetero caso.
La segunda es que el juez inglés mira menos a lo que se “recuerda” y más a lo que consta y cuadra con la economía propia del asunto.
Si la película no casa con los papeles y el sentido común, no habrá buen final.
La tercera es que el tiempo de sala es para interrogar al contrario, no para escuchar novelas soporíferas.
Por eso, el ‘witness statement’ no se lee; se usa en el ‘cross-examination’ para poner al testigo frente a sus propias palabras.
Esa es la razón práctica de las reglas procesales inglesas: erradicar la ventriloquía.
Y por último, que las declaraciones sirven para que el testigo no se caiga por el andén: hechos propios, documentos concretos y sin contar trolas.
Eso, y no otra cosa, es el derecho inglés: concisión, método, respeto por el tiempo y paciencia judicial.
Así que ya saben: “Mind the gap”.
Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.