Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel la Católica, un hombre que habría encajado más en nuestro tiempo
Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel la Católica, quien le sucedió al trono, habría encajado más en nuestro tiempo por sus apetitos sexuales.

Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel la Católica, un hombre que habría encajado más en nuestro tiempo

El reinado de Enrique IV de Castilla (1454-1474), hermano de Isabel la Católica, fue singular, como singulares fueron los hombres que influyeron en él. De Enrique IV se ha escrito que era un “displásico eunocoide”, o sea, que sufría de impotencia. 

En parte esto era cierto, sufría de impotencia cuando se trataba de mantener relaciones sexuales con una mujer, pero su virilidad estaba fuera de duda cuando el negocio del fornicio era con otro hombre. 

Su primer amante, o al menos el introductor en “el otro mundo” parece que fue -la historia en el caso de Enrique IV hay que leerla entre líneas por lo delicado que resultaba el asunto a los cronistas de la época- su propio ayo, don Juan Pacheco. Al que siguió un tal Gómez de Cáceres, un joven de gran hermosura y afable trato, con el que el rey vivió una intensa relación.

Gómez de Cáceres reafirmó la sexualidad de Enrique IV, un adolescente retraído e introvertido. Sin embargo, con tan solo 15 años se vio obligado a casarse con su prima, la princesa Blanca de Navarra, con el único objetivo de procrear un sucesor.

NO HUBO NOCHE DE BODAS

No hubo, como se pudiera pensar, noche de bodas. Parece ser que no hubo ninguna noche, ni ningún día. Enrique IV no tocó a su esposa durante los trece años que estuvieron unidos.

Así quedó expuesto en el proceso eclesiástico para la anulación del matrimonio solicitado por el rey de Castilla.

Enrique IV y Blanca de Navarra cohabitaron durante tres años “sin que en ese tiempo se hubiera llevado a efecto la conjunción sexual”.

En el documento se reconocía que el rey “había obrado con verdadero amor y voluntad y con toda operación a la cópula carnal”, y se revelaba que el monarca había llegado a tomar bebedizos afrodisiacos traídos especialmente de Italia para animar a su virilidad en su compromiso con la reina.

En la calle “el problema” se vio de diferente forma. Circularon atrevidos cantares y coplas ridiculizando la frustrada cópula del rey y de la reina y destacando la preferencia de Enrique IV por “sus cómplices”. 

Algunos “cómplices” tenían nombre: Alonso Herrera, Beltrán de la Cueva

Otros habían tenido que emigrar, como Miguel de Lucas, para evitar que el rey hiciera con él lo que él hacía con las mujeres, o Francisco Valdés, que fue atrapado cuando huía del monarca, el cual se había encaprichado de él.

Valdés fue encarcelado en una prisión secreta “adonde, posponiendo otros cuidados, iba a visitarle don Enrique para echarle en cara su dureza de corazón y su ingrata esquivez”. 

NADIE OSABA DECIR QUE EL REY ERA «HOMOSEXUAL»

Nadie osaba decir que abiertamente que el rey era “homosexual”, pero la palabra estaba en la mente de todos. La idea no era un plato de buen gusto en unos tiempos tan homofóbicos como aquellos, pero es que las pruebas estaban cargadas de evidencias: Enrique IV, a pesar de combatir a los árabes, había adoptado muchas de sus costumbres.

Tenía, incluso, una guardia mora. Según Gregorio Marañón, “está sin duda relacionada con su inclinación homosexual su famosa afición a los moros de los que, como es sabido, tenía a su lado una abundante guardia, con escándalo de su reino y aún de la cristiandad. Es sabido que en esta fase de la decadencia de los árabes españoles, la homosexualidad alcanzó tanta difusión que llegó a convertirse en una relación casi habitual y compatible con las normales entre sexos distintos”.

Enrique IV vestía, incluso, como los propios árabes e hizo suyas sus posturas, su forma de alimentarse y, de acuerdo, otra vez con Marañón, “otros hábitos funestos propensos a vergonzosa ruina”.

El rey nada tenía que ver con su padre, Juan II, un hombre voluptuoso, muy dado a los placeres carnales en el otro sexo. Ya desde pequeño su carácter se rebeló débil, sumiso y desconfiado.

Prescindió en su corte de los miembros de la oligarquía nobiliaria castellana y buscó sus más estrechos colaboradores entre gentes de origen oscuro (conversos, hidalgos, legistas…), como Lucas de Iranzo o Beltrán de la Cueva, que no por ser de “primera clase” tenían menor sentido del Estado.

Fueron ellos los que forzaron la anulación del matrimonio con Blanca de Navarra y los que presionaron al rey para que eligiera una nueva esposa en la hermana del rey portugués, doña Juana, que tenía entonces 16 años y de la que se decía que era “muy señalada mujer en gracias y hermosuras”.

Tampoco doña Juana consiguió estimular la hipófisis del monarca. De acuerdo con el historiador Palencia, el día de la boda “no presentaba el rey aspecto de fiesta, ni en su frente brillaba la alegría”. 

Enrique IV evitaba lo inevitable y buscaba desaparecer. Sin embargo, la corte castellana se vio sorprendida poco tiempo después cuando la reina anunció que estaba embarazada.

Pocos dudaron que la reina había cometido adulterio porque conocían a su monarca. “Fue gran sospecha en los corazones de las gentes sobre esta hija pues muchos dudaron ser engendrada a lomos del rey”, cuentan las crónicas. 

LA «BELTRANEJA»

¿Quién había sido “el culpable”? Beltrán de la Cueva, privado del rey y amigo “íntimo” de Enrique IV. 

La niña a que dio a luz la reina fue conocida como Juana, “la Beltraneja” y el rey la reconoció como suya, aunque en 1468 sacrificó sus derechos sucesorios en favor de su hermana Isabel, en el pacto de los Toros de Guisando. 

Curiosamente, el matrimonio de Isabel, un año más tarde, con Fernando, el heredero de la corona de Aragón, provocó la respuesta airada de Enrique IV, el cual entendió que el pacto de los Toros de Guisando había sido violado, por lo que proclamó sucesora a su hija Juana. 

A pesar de las dudas sobre la autoría de la paternidad de Beltrán de la Cueva, en la hija del rey, Enrique IV no lo apartó de su lado.

El rey y su súbdito se querían más allá de las diferencias. Nunca se sabrá si lo que supuestamente hizo fue un favor por amor al rey o si realmente hubo una atracción “inevitable” entre la reina y el privado. 

El caso es que Beltrán nunca se apartó de su monarca y participó en las orgías que el rey castellano solía organizar en su finca de caza de Balsaín.

Marañón escribió que Enrique IV gustaba de “facer fornicio” con otros “hombres de mal vivir” en esas cacerías, en las que tenía como porteros a un etíope “tan terrible como estúpido” y a un enano.

Su gusto por lo extravagante y por las “malas compañías”, lejos de atemperarse, fue una constante hasta su muerte, en 1474. 

A pesar de todo fue un rey que encontró la felicidad, a su manera.

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