Uno de los grandes desafíos que enfrenta la industria del entretenimiento es el plagio musical, especialmente dentro de un contexto en que las herramientas creativas de última generación facilitan el acceso a la producción musical a personas sin conocimientos teóricos ni instrumentales.
La digitalización y la democratización que han experimentado estos medios de producción han permitido que cualquier persona, sin necesidad de estudios formales en composición o interpretación, sin conocimiento en teoría, ni en las reglas básicas de repentización, pueda crear y distribuir música con una facilidad sin precedentes.
Si a esto añadimos la llegada masiva de plataformas de Inteligencia Artificial que generan, por medio de sencillos prompts, canciones en cualquier estilo e idioma, la situación se vuelve aún más compleja. Estas herramientas, basadas en modelos de aprendizaje automático, procesan grandes bases de datos musicales y son capaces de recombinar estructuras, armonías y patrones melódicos preexistentes sin tener una verdadera comprensión de la originalidad o la autoría.
En este escenario, trazar la frontera entre la inspiración y la copia involuntaria es cuando menos complicado, lo que incrementa el riesgo de generar obras que puedan entrar en conflicto con derechos de autor vigentes.
Todo esto, unido a unas redes sociales que distribuyen a velocidad vertiginosa videos y audios que al instante se vuelven virales, configura el caldo de cultivo ideal para que surjan conflictos de propiedad intelectual.
Ética y deontología aparte, nos enfrentamos a un panorama legal donde el eslabón más débil es el autor, que queda en situación de indefensión ante la rapidez de comunicación de las redes y la lentitud de los métodos de resolución de conflictos tradicionales, lo que dificulta la protección efectiva de su obra y genera una sensación de vulnerabilidad frente a la apropiación indebida de su creación.
TIPOS DE PLAGIO
Dentro del amplio campo del plagio musical distinguimos dos tipos básicos: el accidental y el premeditado.
Plagio premeditado: Surge del interés del compositor, productor o incluso artista por conseguir una obra semejante a otra que ha tenido éxito o a la que desea parecerse por motivos estéticos.
Lo más común es copiar elementos característicos de una obra que ha tenido éxito comercial para, al incorporarlos en una nueva creación, aumentar sus posibilidades de impacto en el mercado.
Se pretende conseguir así el ansiado éxito comercial que se materializa en una gran cantidad de streamings y descargas, con sus correspondientes regalías. Es un tipo de plagio que puede hacerse motu proprio o por encargo.
Plagio accidental: Puede darse por dos motivos:
• Fruto del azar, por coincidencia con la estructura melódica, armónica o rítmica de una obra, algo más frecuente en obras de factura estándar y escaso grado de complejidad o desarrollo.
• Como consecuencia de la memoria olvidada, un fenómeno conocido en psicología como criptoamnesia. Se trata de un recuerdo que el creador toma como una idea propia, sin ser consciente de que la música original ya existía y había sido escuchada previamente.
¿QUÉ ES LA CRIPTOAMNESIA?
El vocablo criptoamnesia fue acuñado por el psicólogo suizo Théodore Flournoy (1854-1920) a finales del siglo XIX para describir un fenómeno en el que una persona recupera información almacenada en su memoria sin reconocer su procedencia, asumiendo erróneamente que se trata de una creación propia.
La criptoamnesia nos sitúa en un terreno lleno de incertidumbres y dilemas dentro del ámbito de la propiedad intelectual. Este fenómeno plantea interrogantes fundamentales sobre la autoría, la originalidad y la intencionalidad en la creación artística, ya que difumina la línea entre el recuerdo involuntario y la verdadera innovación.
El término tiene su origen en el griego kryptós (κρυπτός), que significa “oculto” o “secreto”, y en el latín amnesia, que alude a la pérdida de memoria.
En otras palabras, el creador recurre a recuerdos olvidados que permanecen latentes en su mente y los trae al presente sin ser consciente de su origen. Este proceso ocurre en el preciso instante de la creación, cuando surge la chispa de la inspiración y el pensamiento fluye de manera intuitiva.
La mente del artista, al operar en este estado, no genera ideas completamente aisladas o surgidas de la nada, sino que establece conexiones entre conceptos preexistentes, combinando fragmentos de experiencias, influencias y referencias previas. E
s en este ensamblaje inconsciente de elementos donde la criptoamnesia juega un papel crucial, permitiendo que lo aprendido en el pasado resurja disfrazado de novedad.
En estos casos, lo que habitualmente llamamos inspiración, duende o feeling no es más que la manifestación de un recuerdo enmascarado en forma de nueva creación, con los problemas legales que esto conlleva.
¿QUÉ CONSIDERAMOS CREACIÓN?
En realidad, un autor a la hora de componer nunca crea partiendo de la nada, el vértigo del vacío creativo es una entelequia imposible de conseguir. En el caso remoto que alguien creara algo ajeno a su pasado, lo normal sería que el fruto de su trabajo fuera incomprendido por sus contemporáneos al no compartir ningún vínculo estético con ese lenguaje artístico.
Un autor no es solo heredero de su tradición, sino también cómplice de su pasado y de sus influencias. Cómplice del sistema temperado que define la afinación occidental, de los procesos armónicos de J. S. Bach, de la sensibilidad melódica de Satie, y, cómo no, de las atmósferas sintetizadas y envolventes de Vangelis, entre otras muchas influencias.
La creación artística no surge del vacío; es el resultado de una amalgama de recuerdos, experiencias, sensaciones, incontables horas de práctica, ensayos instrumentales y audiciones, todo ello sedimentado con el poso cultural único de cada creador.
Sobre esa base, cada artista añade su chispa de originalidad, su interpretación personal del mundo sonoro, transformando lo aprendido en algo nuevo. Así, toda obra es simultáneamente una reminiscencia del pasado y una declaración del presente, un diálogo entre tradición e innovación creativa.
CRIPTOAMNESIA EN LA LEGISLACIÓN
No es habitual encontrar referencias a la criptoamnesia en una sentencia judicial, ya que no existe un peritaje ni una investigación que pueda determinar con certeza su presencia en un caso de plagio. La mente humana es un territorio vasto e insondable, y ni siquiera una declaración jurada del propio autor admitiendo haber incurrido en criptoamnesia podría constituir una prueba concluyente.
Por ello, la sentencia que condenó al exmiembro de Los Beatles, George Harrison, por plagio subconsciente, representa una excepción notable.
En esta histórica resolución, el juez determinó que Harrison había utilizado, sin intención deliberada, la música del tema He’s So Fine del grupo vocal The Chiffons al componer su éxito My Sweet Lord.
El juez sentenció que el plagio no fue intencionado, sino producto de un proceso subconsciente, sentando un precedente en la jurisprudencia sobre la influencia involuntaria de la memoria en la creación artística.
La consecuencia fue que Harrison fue declarado culpable y tuvo que compensar económicamente a los legítimos creadores, pero con un matiz importante: su credibilidad y honor como compositor quedaron a salvo, al haber sido víctima de la criptoamnesia.
Aunque no se encuentran en sentencias, hay casos de criptoamnesia que han salido a la luz con el paso del tiempo. Un ejemplo es el del cantante escocés Rod Stewart, que en su autobiografía de 2012 admitió haber incurrido en lo que él mismo definió como “plagio inconsciente, simple y llanamente” en su éxito Da Ya Think I’m Sexy?.
El afectado en este caso fue el músico brasileño Jorge Ben Jor, cuya canción Taj Mahal sirvió, sin que Stewart lo advirtiera en su momento, como base melódica para su propio tema.
El juicio fue favorable a Ben Jor, quien demostró la similitud entre ambas composiciones. Stewart, por su parte, ofreció una explicación plausible: había viajado a Brasil en los meses previos a la composición de su canción, acompañado de los músicos Elton John y Freddie Mercury, y durante su estancia escuchó repetidamente Taj Mahal, que en ese momento era un gran éxito en Brasil.
Sin ser consciente de ello, aquella melodía quedó grabada en su memoria y, al regresar a Europa para trabajar en su nuevo álbum, la rescató de manera involuntaria al buscar una línea melódica.
LOS CATÁLOGOS DE LAS MULTINACIONALES
Otro aspecto clave en la problemática del plagio por criptoamnesia es el papel que juegan los grandes catálogos de la industria musical.
En 2023, tres corporaciones—Universal Music Group (UMG), Sony Music Entertainment y Warner Music Group (WMG)— concentraron aproximadamente el 70% de los ingresos musicales mundiales, consolidando su dominio sobre el mercado de la música grabada.[1]
Estas multinacionales no solo controlan la distribución de la música, sino que poseen extensos catálogos de obras que crecen exponencialmente cada año mediante adquisiciones de derechos y fusiones con otras compañías.
Es prácticamente imposible saber cuántos activos musicales manejan en sus catálogos, la magnitud es de tal dimensión que solo tenemos una idea aproximada y genérica de sus bases de datos.
Como referencia, en la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) se registraron en 2023 casi dos millones de obras nuevas, lo que da una idea del volumen de contenido que se incorpora anualmente a la base de datos mundial de la industria.
Este crecimiento exponencial plantea una cuestión de gran calado en el debate sobre la criptoamnesia. Gracias a la tecnología actual, cualquier obra musical puede ser comparada automáticamente con millones de canciones comerciales preexistentes, aumentando significativamente la posibilidad de que se detecten similitudes fortuitas en estructuras melódicas y armónicas.
La acumulación histórica de material musical ha generado un entorno en el que la originalidad absoluta es cada vez más difícil de alcanzar, y donde la interconexión de ideas previas puede ser interpretada erróneamente como plagio.
En este contexto, el desafío no es solo determinar si un compositor ha cometido plagio de manera consciente o involuntaria, sino también definir hasta qué punto una similitud estructural puede ser atribuida al vasto repositorio musical preexistente. Componer hoy algo realmente novedoso es una labor titánica ante la gran cantidad de comparaciones que pueden hacerse con la base de datos universal.
La cuestión central radica en establecer mecanismos que permitan diferenciar entre el plagio intencional, la coincidencia estructural y la influencia inconsciente, aspectos que se vuelven cada vez más difíciles de delimitar en un mercado saturado de referencias musicales.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y CRIPTOAMNESIA
En la era de la inteligencia artificial, el concepto de criptoamnesia adquiere nuevas dimensiones. Los modelos de IA entrenados con millones de datos musicales pueden generar piezas que, sin intención consciente, amalgaman fragmentos de obras preexistentes modificadas o alteradas en puntos clave de su estructura formal, melódica y armónica.
Se basan en la extracción y recombinación de patrones musicales habituales que funcionan en la tradición, y que lleva en su ADN la memoria de todas las obras sobre las que se ha basado.
Esto plantea interrogantes sobre la responsabilidad legal y ética de los desarrolladores de estos sistemas, así como de los usuarios que emplean estas herramientas para la creación musical.
Dado que la IA no posee memoria en el sentido humano del término, no podemos considerar que una obra generada por una plataforma incurre en criptoamnesia, pero sí que puede incurrir en plagio.
Un plagio intencional o no dependiendo del nivel de programación en la recombinación de patrones existentes y de las variaciones de las redes neuronales. Este escenario deriva en un problema aún más complejo: ¿hasta qué punto puede una IA generar contenido verdaderamente original si su funcionamiento depende del análisis de material preexistente?
Esta pregunta se responde de forma sencilla: debería generar contenido de la misma manera que lo hace un ser humano. Recombinando y añadiendo un extra de creatividad a la hora de abordar una nueva obra.
En el fondo, el proceso de aprendizaje de la IA no es tan distinto del que sigue un ser humano, ya que ambos absorben información preexistente para asimilar estructuras, formas y estilos musicales.
Sin embargo, lo que varía es la manera en que este conocimiento se adquiere y se procesa. Mientras que el ser humano lo interioriza a lo largo del tiempo mediante una exposición prolongada a su entorno, a su educación formal y a su interacción social, la IA lo hace a través del entrenamiento de su modelo mediante grandes bases de datos.
APRENDIZAJE EMOCIONAL VS ALGORÍTMICO
Nos enfrentamos a un panorama donde la línea que separa la creatividad humana de la generación automatizada se difumina cada vez más. Sin embargo, la criptoamnesia es un proceso exclusivamente humano, enraizado en la memoria y la experiencia subjetiva.
El plagio, por su parte, implica una motivación personal, una intención deliberada de apropiación que no puede atribuirse a una inteligencia artificial carente de voluntad o propósito.
Pero es posible que la IA genere plagio si la recombinación de patrones se asemeja demasiado a una de las obras con las que ha sido entrenada. Son los programadores de estas IA y/o sus usuarios quienes asumen la responsabilidad al diseñar los modelos que interpolan patrones dentro de una red neuronal, sin una verdadera comprensión del significado cultural o expresivo de las combinaciones resultantes.
La falta de regulación clara en este ámbito deja un vacío normativo que podría favorecer tanto la innovación como la explotación indebida de creaciones preexistentes, desdibujando aún más los límites entre la inspiración legítima y la mera reproducción algorítmica.
La diferencia clave radica en que el aprendizaje humano está sujeto a interpretaciones subjetivas, emociones y procesos creativos individuales, mientras que la IA simplemente identifica patrones y los replica sin un criterio propio ni una verdadera comprensión de contexto o significado.
Lo que para el humano es la respuesta a un movimiento social, un recuerdo emotivo, o un desafío técnico, para la IA son interpolaciones entre patrones, un simple espacio vectorial latente en una red neuronal.
Esto significa que, dependiendo del tipo de sistema educativo en el caso del ser humano, y del tipo de entrenamiento y referencias utilizadas en el caso de la IA, los resultados generativos serán diametralmente opuestos. En última instancia, esta diferencia es lo que sigue marcando la distancia entre la creatividad humana, con su carga emocional y expresiva, y la producción algorítmica, basada en la optimización de datos y probabilidades estadísticas.
CREATIVIDAD A DOS VELOCIDADES: HUMANA Y ARTIFICIAL
La velocidad a la que operan los modelos de inteligencia artificial desborda la capacidad humana de producción musical. En cuestión de segundos, una IA puede generar miles de piezas, superando exponencialmente el ritmo de trabajo de un compositor humano.
Esto nos enfrenta a un posible sistema de creación musical a dos velocidades, donde la producción automatizada compite con la creatividad humana no solo en volumen, sino también en alcance y distribución.
El riesgo es doble: por un lado, el desplazamiento del creador humano en ciertas áreas de la industria musical y, por otro, la posible mercantilización masiva de obras generadas de forma algorítmica sin una identidad artística definida.
El creador humano no puede competir con la rapidez y el precio de producción de una IA. Un compositor que trabaja para una serie de televisión necesita al menos dos semanas de trabajo por capítulo para componer, ensayar, grabar, mezclar y masterizar esa música.
Una IA hace lo mismo en cuestión de segundos y, además, sin añadir gastos de autoría, músicos, estudio de grabación, técnico de sonido ni masterización. Sin pasar por cotizaciones a la Seguridad Social ni bajas médicas ni retrasos o errores.
Y tampoco, sin cuestionar —y de esta forma enriquecer— lo que le pide el creador de la serie como huella sonora que matice su imagen. Es decir, sin añadir su grano de arena como creador.
Sobre el papel, nos enfrentamos a un panorama donde la línea que separa la creatividad humana de la generación automatizada se difumina cada vez más.
Las herramientas de IA no solo facilitan la producción musical como hemos advertido, sino que también plantean interrogantes fundamentales sobre la originalidad, la atribución de autoría y la responsabilidad legal de las obras generadas. La falta de regulación clara en este ámbito deja un vacío normativo que podría favorecer tanto la falsa innovación como la explotación indebida de creaciones preexistentes.
¿EL FRUTO DE UNA IA PUEDE SER ARTE?
Más allá de la cuestión del plagio, se abre otro debate fundamental: el valor artístico de la música generada por IA. En otras palabras ¿Puede una composición sin contexto emocional o sin una narrativa personal tener peso en el mundo del arte?
La respuesta es sí. De hecho, ya existen obras generadas por IA que gozan de buena acogida artística.
Pero la pregunta correcta sería ¿Debe considerarse una obra de inteligencia artificial al mismo nivel que una obra creada por un ser humano? En este caso la respuesta es un no rotundo.
No sería justo valorar una obra generada por IA al mismo nivel que una obra creada por un ser humano. De toda la cadena creativa, el autor es el eslabón más débil y debe atribuirse unos privilegios ontológicos y éticos que garanticen su primacía sobre la máquina, por ser el único capaz de generar una evolución estética desde el rigor histórico a la hora de tomar decisiones de calado artístico.
El arte implica necesariamente una dimensión expresiva y contextual, nacida de la subjetividad, las intenciones conscientes y las experiencias personales del creador. Al carecer de una auténtica narrativa personal y una intención genuina, la inteligencia artificial produce únicamente ejercicios algorítmicos desprovistos de la profundidad emocional que dota a la obra artística de significado.
Aunque la inteligencia artificial sea capaz de replicar estilos y técnicas con precisión, e incluso de generar emoción en su resultado, la ausencia de una conciencia y de una motivación interna hace que sus productos queden limitados a una categoría estética superficial, carente del valor ontológico inherente al arte humano.
Sin embargo, la gran pregunta sigue en el aire: si la inteligencia artificial puede replicar patrones musicales de manera más rápida y eficiente que un ser humano, ¿cuál será el valor diferencial del compositor en el futuro?
¿Dónde queda la criptoamnesia y el plagio en el mundo algorítmico? Tal vez la respuesta radique en aquello que la IA no puede replicar: la experiencia humana, la emoción y la imprevisibilidad del genio creativo.
Debemos tener en cuenta que las dos grandes diferencias entre máquina y humano son, por un lado, la capacidad creativa voluntaria e imparable, que conlleva al acto volitivo de la creación y, por otro lado, el privilegio exclusivamente humano de equivocarse.
El error es la magnificación de nuestra capacidad humana. Del error han surgido grandes obras artísticas y científicas: es un campo de pruebas que se regenera una y otra vez para aprovechar del fallo los matices necesarios que llevan a lo artísticamente sublime.
Al final, la música no es solo una combinación de sonidos estructurados, sino la sublimación de lo que nos hace humanos. Y en ese terreno, la inteligencia artificial aún tiene un considerable camino que recorrer. En esa senda queda mucho que legislar para delimitar con precisión la frontera entre la creación humana y la generación artificial.
Por tanto, es necesario plantear marcos normativos que garanticen que el flujo económico en forma de regalías favorezca a los autores humanos que crean con su esfuerzo, así como a los autores que alimentaron con su catálogo los sistemas generativos. Evitando así, que las grandes corporaciones —enmascaradas tras sus sistemas de generación artificial—, se aprovechen de un vacío legal para colonizar la huella sonora de nuestro tiempo.
[1] Music & Copyright. (April 23, 2024). Digital revenue market share of the largest record companies worldwide from 2011 to 2023 [Graph]. In Statista. Retrieved March 16, 2025, from https://www.statista.com/statistics/301005/record-companies-digital-revenue-market-share/