Cecilia Sopeña, «influencer» y «exactriz porno de autogestión propia», ha comunicado que ha accionado su derecho al olvido para borrar de Internet el contenido erótico que ya no quiere que la represente. Foto: Instagram.

Cecilia Sopeña: De «actriz porno de autogestión propia» a demandar públicamente su derecho al olvido

19 / 08 / 2025 13:16

Cecilia Sopeña, (Cartagena, Murcia, 38 años) quien una vez fue profesora de matemáticas y aficionada al ciclismo amateur, protagoniza hoy uno de los debates más intensos sobre identidad digital, sexualidad y privacidad en la era de las redes sociales.

Sopeña alcanzó notoriedad produciendo, distribuyendo y monetizando vídeos pornográficos de ella misma manteniendo relaciones sexuales con hombres, material que distribuía a través plataformas digitales como OnlyFans; se convirtió en lo que definió como una «actriz porno de autogestión propia».

En OnlyFans, red de contenido para adultos, llegó a reunir más de 50 000 seguidores en su perfil personal. En LoverFans, otra plataforma similar, alcanzó unos 35 000 suscriptores. En las redes sociales tradicionales, como Instagram, llegó a sumar más de 230.000 seguidores y en TikTok, 1,4 millones, lo que la convirtió en una «influencer» reconocida.

La profesora, sin embargo, ha decidido cerrar públicamente esa etapa de su vida en redes de contenido para adultos invocando el derecho al olvido, en una acción legal con la que busca desindexar, eliminar o minimizar toda referencia digital a esa etapa de su vida.

Un modelo de autogestión y ruptura de estigmas

El salto de Sopeña al mundo del contenido adulto en 2022 fue deliberado y desafiante. Ella misma lo definió como un acto de empoderamiento.

Participó en algunas pruebas de resistencia como la Titan Desert —una exigente carrera en el desierto de Marruecos—, lo que generó cierta notoriedad sobre su persona, especialmente cuando lo hizo ya siendo conocida por su contenido en OnlyFans.

Denunció el trato sexualizado que recibía por el simple hecho de practicar ciclismo como mujer. Como respuesta, capitalizó esa exposición bajo sus propios términos y condiciones.

Durante dos años, logró una rentabilidad notable con los vídeos eróticos. Según sus propias declaraciones, habría ganado “un milloncito”, cifra que superaba con creces sus ingresos como docente. Con ello alcanzó una autonomía financiera impensada hasta entonces.

Pero el precio que ha pagado por ese paso ha sido alto.

Acoso, exposición y desgaste

Su decisión de dedicarse a la creación de contenido sexual explícito ha tenido un fuerte impacto en su familia y en su entorno cercano: mientras algunos miembros de su familia mostraron rechazo y desaprobación, lo que generó distancias dolorosas y tensiones personales, en el ámbito deportivo y social comenzó a sufrir miradas, comentarios y cuchicheos que la hicieron sentirse juzgada más por su vida privada que por su talento como ciclista.

Además, a medida que crecía su popularidad, también lo hizo la violencia digital contra su persona. Mensajes denigrantes, difusión de contenido sin consentimiento, rechazo familiar y un clima generalizado de escrutinio constante terminaron por erosionar su tranquilidad.

Consecuencia: Sopeña se retiró de la competición ciclista y se alejó de las plataformas públicas. Lo que había sido un ejercicio de libertad sexual y financiera, se convirtió en una prisión mediática.

Este mes de agosto ha publicado un comunicado que marcó un antes y un después. En él, anuncia que activa formalmente el derecho al olvido, amparada por el artículo 17 del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), con el fin de eliminar de buscadores, redes y bases de datos cualquier material que aluda a su etapa como creadora de contenido erótico.

“He iniciado una nueva etapa en mi vida: una etapa más consciente, más ordenada, más digna y profundamente coherente con quien he llegado a ser”, ha escrito.

Junto a esta afirmación, dejó claro que cualquier uso o difusión de su contenido sin autorización será motivo de denuncia penal.

¿Es posible borrar el pasado digital?

El caso de Sopeña plantea preguntas profundas sobre la vigencia y eficacia del derecho al olvido. En un ecosistema donde los contenidos se replican, archivan y redistribuyen sin control, eliminar rastros es técnicamente complejo y socialmente contradictorio: cuanto más se intenta borrar algo, más atención genera.

Con ello ha generado un efecto Streisand a la española, llamando más la atención sobre su caso.

Expertos en derecho digital han señalado que, si bien el RGPD permite solicitar la eliminación de ciertos resultados de búsqueda, la medida no garantiza que los contenidos desaparezcan de la web.

Además, modelos de inteligencia artificial —como los utilizados por plataformas de búsqueda y redes sociales— pueden seguir reproduciendo patrones entrenados con datos que incluyen esa etapa de su vida.

Violencia digital y redefinición del consentimiento

En su comunicado, Sopeña enfatiza que comentar o compartir su pasado sin respeto es una forma de violencia digital: “Hacer referencia pública a mi pasado, fuera del contexto legal y sin mi consentimiento, es un delito que deja rastro».

Este posicionamiento abre una reflexión necesaria: ¿puede una persona ejercer su sexualidad de forma libre, y al mismo tiempo, tener el derecho a retirarse de la mirada pública sin ser estigmatizada?

¿Dónde comienza y termina el consentimiento en la era del contenido replicable?

Una decisión que trasciende lo personal

La historia de Cecilia Sopeña no solo habla de una mujer que toma control de su imagen y dignidad. También expone la fragilidad de los derechos digitales, el estigma alrededor del trabajo sexual autogestionado y el costo emocional de habitar internet como mujer.

En sus propias palabras, no se trata de negar el pasado, sino de avanzar sin que este se convierta en una condena perpetua: “No me escondo. No me avergüenzo. Solo he elegido un camino diferente. Uno que me hace más libre.”

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