Opinión | Una fiscal agobiada

El autor de la columna, Marcos Santiago Cortés, es abogado penalista, escritor y gitano. Su columna es un relato de una fiscal en guardia, entre detenidos variopintos, caos personal y laboral, en un sofocante agosto que se vuelve insoportable.

2 / 09 / 2025 05:35

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Aquel día de agosto tan caluroso, tan extremadamente caluroso, aquella guardia se estaba volviendo insoportable en un pueblo del quinto coño, donde la temperatura subía tanto que hasta las hormigas solo salían de madrugada para currar.

Por una combinación maligna perfecta, más propia de una conspiración de los hados contra la fiscal de guardia que de las casualidades de la vida que superan la ficción, el calabozo del juzgado estaba a rebosar de los más variopintos sujetos: ladrones de guante blanco, de guante casi blanco también, maltratadores que se decían víctimas, drogadictas con patologías mentales (o al contrario) que les pegaban a sus hijos, inmigrantes que temían su vuelta, un montón de detenidos de la misma familia por la presunta comisión de un delito contra la salud pública a nivel de menudeo, ladronas reiterativas e incansables del Primark, quince estafadores de la Seguridad Social en busca desde hacía la tira, etcétera, etc., etc.

Y, para coronarlo todo, un indigente que no se sabía su nacionalidad ni él y que olía fatal, que le daba todo igual (pero todo, todo) y que solo hacía gritar y golpear los barrotes del calabozo con una fuerza descomunal que provocaba un ruido insoportable ante la desesperación de aquellos policías nacionales que, desengañados de la vida profesional, terminaron por elegir trabajar en los calabozos de los juzgados.

La fiscal, a pesar de ser tan simpática por naturaleza, estaba muy agobiada: diligencias previas, urgentes, requisitorias, causas secretas, violencias, trabajo atrasado, una reciente bronca del fiscal jefe por una retirada de acusación previa a la vista oral dejando en evidencia a su compañero que calificó la causa…

Encima, en su hogar tenía una crisis matrimonial tremenda porque ya tenía todas las pruebas de que su marido andaba colado por una bombera que lo tenía loco a pesar de que lo trataba con la punta del pie, pero que, aun así, iba a provocar que su matrimonio se fuera al garete.

¡Con lo pequeñitas que estaban las niñas para encarar la ruptura del hogar!…, en fin.

De pronto, entre tanto agobio, un letrado principiante, por aquello de hacer amigos y que la fiscal no pidiera prisión en el 505 con sus clientes de salud pública de menudeo, entró a su despacho y le dijo: «¡Ay, que ver la que se está liando con el fiscal general del Estado, que se cree que somos tontos y está de cajón que trabaja para el Gobierno!».

Entonces, la fiscal, con la mesa de expedientes hasta el cuello, solo dijo una frase que hizo que el abogado se largara inmediatamente: «Por favor, letrado…, tengo trabajo».

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