La enfermera de Kabiezes, aquella que fingía vacunar niños como quien reparte estampitas en la procesión, puede salir del banquillo de los acusados con un diagnóstico que bien podría figurar en un manual de excusas universales: “trastorno delirante con eximente completa”.
Así lo dictamina la Fiscalía, que en un arrebato de compasión judicial propone no barrotes, sino 7 años de psiquiatra y una jubilación anticipada de todo lo que huela a jeringuilla.
En el tribunal de la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Vizcaya, en Bilbao, donde este viernes se cerró la función, no faltaba el aire enrarecido propio de los juicios que parecen más tragicomedia que justicia.
Entre 2021 y 2022, la enfermera administró —o mejor dicho, simuló administrar— vacunas a más de 400 menores. Una suerte de «performance» sanitaria que haría palidecer a cualquier dramaturgo barroco: aguja en mano, gesto profesional, pero nada de líquido.
El teatro de lo absurdo, versión pediátrica.
Los forenses, doctores en psiquiatría y diplomáticos en el arte de suavizar barbaridades, confirmaron el cuadro: la mujer estaba convencida de su propia lógica, tan firme como la fe de un iluminado medieval que juraba ver santos en las paredes.
Resultado: anulación total de capacidades cognitivas. O, dicho en cristiano, que no sabía ni lo que hacía… aunque lo hacía con la pericia de una veterana.
El fiscal, que al principio pedía cárcel, cambió de guion: absolución. Que la señora no necesita barrotes, sino pastillas y terapia.
Osakidetza, el Colegio de Enfermería y la defensa han aplaudido la petición planteada ante el tribunal, felices de lavar la ropa sucia en agua bendita.
Pero la acusación particular, ese medio centenar de familias que confiaron en que sus hijos recibirían algo más que aire en vena, no traga. Siguen pidiendo prisión, aunque rebajada: 7 años y medio, lo justo para que la justicia no parezca una farsa completa.
En el fondo, la escena tiene algo muy humano, demasiado humano: una institución que prefiere pasar página, una fiscalía que redibuja su relato, familias que gritan en el desierto, y una mujer atrapada en su propio laberinto mental.
Todos defendiendo su papel, todos convencidos de ser los cuerdos de la sala.