Opinión | La escalera mecánica detenida en el edificio de la ONU: el síntoma de un Imperio que se tambalea

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, hace un análisis crítico de la crisis de EE.UU.: deuda, fractura social y pérdida de liderazgo global simbolizados en la escalera mecánica detenida de la ONU por la que Trump y su esposa tuvieron que subir andando.

24 / 09 / 2025 10:06

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Cuando las metáforas se vuelven profecías: el incidente de la ONU que revela el alma de una superpotencia en crisis

23 de septiembre de 2025. Un momento aparentemente trivial sacude los cimientos del mundo: Donald Trump y Melania Trump suben por una escalera mecánica en la sede de las Naciones Unidas cuando, de repente, la máquina se detiene.

El presidente de la nación más poderosa del mundo y la primera dama se ven obligados a subir a pie el resto del camino, mientras su frustración se hace palpable. «Una escalera defectuosa y un teleprompter defectuoso», resume Trump con amargura.

Pero este incidente trasciende lo anecdótico. Es la metáfora perfecta del momento estadounidense: una escalera que prometía un ascenso automático, sin esfuerzo, garantizado por la superioridad tecnológica, se detiene abruptamente, obligando a sus pasajeros a caminar hacia un destino incierto.

No es casualidad que este episodio desate inmediatamente una guerra de acusaciones. La Casa Blanca exige investigaciones y habla de «sabotaje», mientras la ONU atribuye los fallos técnicos a problemas con el propio equipo presidencial y, con una ironía mordaz, a los retrasos en los fondos que Estados Unidos debe al organismo mundial.

Una infraestructura que se colapsa, un sistema que no funciona, culpas cruzadas y una incapacidad sistémica para resolver problemas básicos: bienvenidos a los Estados Unidos de América del siglo XXI.

El motor se apaga: la máquina económica en crisis

La escalera estadounidense no se detuvo por casualidad. Su motor económico —esa poderosa máquina que impulsó al país al liderazgo mundial durante décadas— está sobrecargado y muestra signos de fatiga crítica.

La deuda nacional ha superado los 37 billones de dólares, una cifra que representa más del 124% del PIB, niveles que históricamente solo se habían alcanzado durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero, a diferencia de aquella época de crisis existencial, cuando la deuda se redujo drásticamente en las décadas de prosperidad de la posguerra, las proyecciones actuales muestran una trayectoria ascendente implacable. Para 2055, la relación deuda-PIB podría alcanzar un apocalíptico 156%.

El síntoma más aterrador es que Estados Unidos gasta más de un billón de dólares anuales solo en pagar los intereses de su deuda, una suma que ahora supera el presupuesto total de Defensa.

El país se ha convertido en un adicto a la deuda: debe endeudarse más para pagar los intereses de su endeudamiento pasado. Cada dólar destinado a los bonistas es un dólar que no puede invertirse en las fuentes reales de poder nacional: educación, investigación, infraestructura.

Y la infraestructura, precisamente, revela la segunda gran patología. A pesar de la histórica Ley Bipartidista de Infraestructura de 1,2 billones de dólares, el dinero se diluye en un laberinto de burocracia, sobrecostos y una gobernanza disfuncional.

Los proyectos estadounidenses cuestan múltiplos de lo que costarían en Europa o Asia, y tardan décadas en completarse. La escasez de mano de obra cualificada, los procesos de permisos kafkianos que duran 13 años para una simple carretera y la instrumentalización de las regulaciones ambientales por grupos de interés que paralizan todo desarrollo han convertido la renovación nacional en una misión casi imposible.

Cualquier lector que haya paseado por Nueva York puede hacerse una idea cabal de lo que estamos diciendo.

La fractura social: dos Américas en guerra fría

Pero la escalera no solo se detiene por fallas mecánicas. Se detiene porque sus propios pasajeros están en una guerra interna que amenaza con destruir la estructura desde dentro.

La desigualdad estadounidense ha alcanzado niveles de principios del siglo XX, creando literalmente dos países diferentes. El 10% más rico acapara casi la mitad de todos los ingresos, mientras que el 50% más pobre se reparte apenas el 13%.

La brecha de riqueza racial permanece obscenamente estática: por cada dólar que posee una familia blanca promedio, las familias negras tienen 24 centavos y las hispanas 23. Estas no son estadísticas: son bombas de tiempo social.

Esta desigualdad ha alimentado una polarización política sin precedentes históricos. La política estadounidense ya no es un debate sobre políticas públicas; se ha convertido en una guerra existencial sobre la identidad nacional.

Los ciudadanos no solo desacuerdan políticamente: se odian visceralmente. Un número creciente de demócratas y republicanos ve al partido contrario no como oposición legítima, sino como una amenaza directa para el país.

Las redes sociales han funcionado como acelerador de esta fractura. Sus algoritmos han «aprendido» que el contenido que provoca ira, miedo e indignación maximiza el engagement. La polarización se ha convertido en un modelo de negocio altamente rentable: la indignación es una mercancía que genera audiencias, clics y millones en publicidad.

El resultado es la destrucción del «espacio común de diálogo» necesario para cualquier democracia funcional.

Esta erosión ha provocado un colapso de la confianza en las instituciones. Mientras que en la década de 1960 más del 70% de los estadounidenses confiaba en que el gobierno «hiciera lo correcto» la mayor parte del tiempo, esa cifra se ha desplomado a mínimos históricos. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue solo la manifestación más violenta de una crisis de legitimidad que persiste y se profundiza.

El mundo ya no espera: el ascenso de los rivales

Mientras Estados Unidos se consume en sus crisis internas, el mundo ha seguido girando. Y otros han tomado la iniciativa.

El «momento unipolar» que disfrutó Washington tras la caída del Muro de Berlín ha terminado definitivamente. China ya ha superado a Estados Unidos en PIB medido por paridad de poder adquisitivo, lidera la producción manufacturera global y se ha convertido en el principal socio comercial de la mayoría de países.

Pero, más allá de las cifras, China está demostrando la superioridad de un modelo alternativo: el «capitalismo de Estado» que planifica a largo plazo y ejecuta proyectos masivos sin las parálisis democráticas estadounidenses.

Para muchos países en desarrollo, la pregunta ya no es si el sistema chino es más «democrático», sino si es más eficaz para construir infraestructuras, sacar poblaciones de la pobreza y ofrecer estabilidad.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta china ofrece desarrollo tangible, mientras que Estados Unidos ofrece sermones sobre democracia desde un país que no puede certificar sus propias elecciones sin controversia.

El ascenso de «potencias medias» como India, Brasil, Indonesia y Turquía complica aún más el panorama. Estos países se resisten a alinearse rígidamente con Washington o Pekín, prefiriendo una diplomacia pragmática que maximice su autonomía. El viejo sistema de bloques de la Guerra Fría es obsoleto.

El despertar del gigante interior

Sin embargo, la historia de Estados Unidos es, fundamentalmente, una historia de crisis y reinvención. La nación que venció en la Guerra Civil, que superó la Gran Depresión, que derrotó al fascismo y que ganó la Guerra Fría, no está condenada a la decadencia.

La escalera puede volver a moverse. Pero esto requiere más que reparaciones superficiales. Necesita una renovación integral que aborde simultáneamente las tres crisis interconectadas:

Renovación Fiscal y Económica: Estabilizar la trayectoria de deuda permitiendo que expiren los recortes de impuestos que beneficiaron desproporcionadamente a los más ricos, implementar un impuesto mínimo corporativo real y financiar masivamente la modernización del IRS para reducir la evasión fiscal.

Reformar radicalmente los procesos de permisos para hacer la infraestructura eficiente y competitiva. Invertir estratégicamente en las tecnologías del futuro: inteligencia artificial, computación cuántica, biotecnología.

Sanación Social: Hacer permanente la ampliación del Crédito Tributario por Hijos que demostró su eficacia contra la pobreza infantil. Reformar el sistema electoral para reducir la influencia del dinero en política y fomentar el centrismo a través de mecanismos como el voto por orden de preferencia.

Regular las plataformas digitales exigiendo transparencia algorítmica y promoviendo modelos de negocio que no se basen en la maximización de la indignación.

Nueva Gran Estrategia: Abandonar definitivamente el unilateralismo y reinvertir masivamente en alianzas. Gestionar la rivalidad con China con «competencia estratégica» —disuadir la agresión, contrarrestar prácticas desleales— pero mantener la cooperación en desafíos existenciales como el cambio climático.

Reconocer que el poder estadounidense en el mundo depende directamente de la fortaleza de su sistema interno.

La profecía de la escalera

El incidente del 23 de septiembre no fue solo un fallo mecánico. Fue una profecía hecha símbolo: un sistema que prometía progreso automático se detuvo, obligando a sus líderes a caminar el resto del trayecto a pie.

La pregunta ya no es si la escalera estadounidense se ha detenido. Se ha detenido. La verdadera pregunta es si la nación puede reunir la sabiduría y el coraje para no solo repararla, sino rediseñarla completamente. Para construir un nuevo mecanismo de ascenso más resiliente, más equitativo, más adecuado para los desafíos del siglo XXI.

Estados Unidos está en una encrucijada histórica. Puede elegir seguir culpando a otros por sus escaleras rotas o puede decidir construir escaleras que funcionen. El futuro del mundo puede depender de esa elección.

Porque cuando la escalera de la superpotencia se detiene, no solo se detiene para ella. Se detiene para todos los que esperaban subir con ella hacia un futuro mejor… y, entre ellos, sin duda, se halla Europa.

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