Opinión | Artemis, el poder que se proyecta y el Imperio que se desmonta

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, reflexiona sobre lo que supone la misión Artemis II y la amenaza de Trump contra la civilización persa. En un mismo día condensan la grandeza y la decadencia de Estados Unidos: la auctoritas que se construyó en décadas y se destruye a golpe de tuit de Donald Trump, sobre estas líneas junto con los cuatro astronautas de la Artemis II.

8 / 04 / 2026 05:45

«El poder blando no regresa a voluntad y no puede restaurarse mediante amenazas, guerras o monumentos» Joseph Nye, «Foreign Affairs», 2025.

El 6 de abril de 2026, cuatro seres humanos sobrevolaron la cara oculta de la Luna a bordo de la nave Orion, bautizada Integrity.

Durante 40 minutos, la tripulación del Artemis II perdió todo contacto con la Tierra.

Ni voz, ni datos, ni láser. Solo el silencio cósmico y la gravedad lunar.

Cuando la señal se restableció, lo que el mundo vio fue un amanecer terrestre filmado desde el otro lado de la Luna: la imagen más hermosa que la especie humana ha producido desde que el Apolo 17 regresó en diciembre de 1972.

Ese mismo día, mientras la Orion iniciaba su regreso a casa, Donald Trump publicaba en Truth Social una frase que hiela la sangre: «A whole civilization will die tonight, never to be brought back again». Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás.

Se refería a Irán. A la civilización persa.

A 3.000 años de historia ininterrumpida.

Deténgase el lector un instante en la simultaneidad, porque es ahí donde reside el diagnóstico de nuestro tiempo.

El mismo país que proyecta al mundo la imagen sublime de cuatro astronautas contemplando un amanecer terrestre desde la Luna, amenaza ese mismo día con borrar del mapa una de las cunas de la civilización humana.

De un lado, lo más luminoso que América ha sido capaz de producir. Del otro, lo más oscuro que ha pronunciado un líder occidental desde 1945.

Y entre ambos extremos, un pueblo —el pueblo estadounidense— que merece algo infinitamente mejor que esto.

Potestas y auctoritas: la vieja sabiduría que Trump no conoce

Para entender la magnitud de lo que se está perdiendo, conviene recurrir a una distinción que los juristas romanos formularon hace más de dos milenios y que la ciencia política moderna ha tardado siglos en redescubrir.

La potestas era el poder formal, la capacidad coercitiva, la fuerza bruta del Estado para imponer su voluntad.

La auctoritas, en cambio, era algo más sutil y más decisivo: el prestigio, la autoridad moral, la capacidad de generar obediencia no por miedo sino por reconocimiento de una superioridad que se percibía como legítima.

El Senado romano no mandaba legiones: tenía auctoritas. Los magistrados ejecutaban: tenían potestas.

Pero Roma no conquistó el Mediterráneo solo con la espada corta del legionario. Lo conquistó porque los pueblos sometidos acababan queriendo ser romanos.

Sus acueductos, su derecho, su lengua, su ingeniería y su capacidad para integrar a las élites locales en un proyecto civilizatorio compartido generaban adhesión voluntaria.

Eso era auctoritas. Y Roma empezó a morir el día en que la perdió.

Joseph Nye, el politólogo de Harvard fallecido en 2025, reformuló esta intuición romana con un concepto que ha marcado medio siglo de relaciones internacionales: el soft power, el poder blando. 4

El poder duro puede obligar. El poder blando atrae. La hegemonía estadounidense de la segunda mitad del siglo XX fue la combinación virtuosa de ambos: la bomba atómica y la Sexta Flota, sí, pero también Hollywood, las universidades de la Ivy League, el Plan Marshall, la NASA, el jazz, los blue jeans y la promesa —muchas veces incumplida, pero persistente— de que la democracia liberal era el mejor sistema que la humanidad había inventado.

Generaciones enteras de europeos, latinoamericanos, asiáticos y africanos crecieron admirando a América no por sus portaaviones, sino por lo que representaba.

Eso era auctoritas en estado puro, o en términos de ciencia política, capacidad de proyectar poder. Y Artemis II, como veremos, es su última expresión viva.

La mejor América posible: lo que Artemis II le dice al mundo

Si uno quisiera diseñar en un laboratorio la demostración perfecta de poder blando, difícilmente mejoraría lo que Artemis II ha ofrecido al mundo esta semana.

Analicémosla pieza por pieza, porque cada una de ellas ilustra una dimensión distinta de la auctoritas que Estados Unidos supo construir.

«Un país que envía astronautas a la Luna mientras amenaza con destruir civilizaciones, mutila su ciencia, intimida a sus aliados y desguaza su ayuda humanitaria no está proyectando grandeza: está ejecutando un suicidio estratégico en directo y en tiempo real, ante los ojos del mundo entero».

Primera pieza: la excelencia tecnológica

El cohete SLS y la cápsula Orion han llevado a cuatro personas más lejos de la Tierra de lo que ningún ser humano ha estado jamás, superando el récord del Apolo 13 al alcanzar 252.756 millas (406.785 kilómetros).

No turismo espacial para multimillonarios: exploración científica pura, con treinta objetivos de observación lunar, estudio de la corona solar durante un eclipse en el espacio profundo y pruebas de sistemas de soporte vital para futuras misiones de larga duración.

Eso es lo que hace un país que mira hacia adelante.

Segunda pieza: la inclusión como mensaje geopolítico

Victor Glover no es un símbolo: es un piloto de combate con más de tres mil horas de vuelo, veinticuatro misiones de combate y tres másteres.

Pero que el primer hombre negro que viaja a la Luna sea un hijo de Pomona, California, educado en universidades públicas, veterano de la Marina y hombre de fe que llevó una Biblia a la Estación Espacial Internacional, dice algo extraordinario sobre un modelo de sociedad. Cuando le preguntaron qué significaba ser el primero, Glover respondió: «Esto no es historia negra ni historia de mujeres. Es historia de la humanidad».

Esa frase, pronunciada a 250.000 millas de la Tierra, vale más que mil campañas de diplomacia pública. Ese es el discurso de la meritocracia inclusiva: exactamente lo que el mundo admiraba de América.

Tercera pieza: la colaboración internacional

Jeremy Hansen, piloto de caza canadiense, es el primer ciudadano no estadounidense en una misión lunar. Canadá contribuye con tecnología robótica y el brazo Canadarm.

El Módulo de Servicio de la Orion fue construido por la Agencia Espacial Europea. Artemis II no es un proyecto imperial: es un proyecto de alianzas. Y las alianzas, como sabía Roma, son la columna vertebral de la auctoritas.

Excelencia, inclusión, cooperación. Tres pilares que tardaron décadas en construirse. Y que se están demoliendo a una velocidad que asombra.

«Una civilización entera morirá esta noche»: las palabras más oscuras desde 1945

Porque mientras Victor Glover contemplaba nuestro planeta como un oasis azul en la inmensidad del cosmos, el presidente de ese mismo país escribía en una red social que una civilización entera iba a morir esa noche. 4

Conviene detenerse en esas palabras, porque en boca de quien tiene el poder de ejecutarlas, las palabras no son retórica: son política.

Y estas palabras concretas son, sin exageración, las más graves que ha pronunciado un líder occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La civilización persa no es un concepto abstracto.

Es Persépolis. Es la poesía de Hafez y de Rumi. Es la medicina de Avicena. Es la declaración de derechos humanos de Ciro el Grande, grabada en un cilindro de arcilla hace veintiséis siglos, que se exhibe en el Museo Británico como testimonio de que la idea de dignidad humana universal no nació en Filadelfia en 1776 sino en Pasargada en el 539 antes de Cristo.

Es una civilización que producía álgebra y astronomía mientras los pueblos germánicos carecían de escritura. Amenazar con destruirla no es una posición negociadora. Es una obscenidad histórica. Es el lenguaje del exterminio, el vocabulario que la humanidad aprendió a temer en el siglo XX y que creímos —ingenuamente, lo sabemos ahora— haber desterrado para siempre con la Carta de las Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra y el Estatuto de Roma.

Llamemos a las cosas por su nombre jurídico: la destrucción deliberada de infraestructura civil esencial para la supervivencia de una población —centrales eléctricas, puentes, redes ferroviarias, plantas de desalinización— está expresamente prohibida por el artículo 54 del Protocolo I Adicional a los Convenios de Ginebra. Kenneth Roth, exdirector de Human Rights Watch, lo formuló sin ambages: «Trump está amenazando abiertamente con un castigo colectivo, dirigido no contra el ejército iraní sino contra el pueblo iraní».

El senador Schumer calificó a Trump de «persona extremadamente enferma». Pero lo verdaderamente insoportable no es que Trump diga estas cosas.

Lo insoportable es que tiene la capacidad material de ejecutarlas.

La potestas desnuda, sin el freno de la auctoritas, sin la contención que impone el respeto a las normas que uno mismo ha contribuido a crear, es exactamente esto: la amenaza de arrasar civilizaciones milenarias desde un teclado, a las tres de la madrugada, con la misma ligereza con la que se publica un tuit.

Quien escribe estas líneas siente la obligación de expresar algo que trasciende el análisis geopolítico: dolor. Dolor por el pueblo estadounidense, por un pueblo con el que he compartido unos buenos años de mi vida.

Por esos 330 millones de personas que en su inmensa mayoría no merecen que el mundo los identifique con las palabras de este hombre.

El pueblo que produjo a Abraham Lincoln, a Martin Luther King, a Katherine Johnson, a Neil Armstrong. El pueblo que construyó las universidades más admiradas del planeta, que inventó Internet, que derrotó al fascismo y al comunismo soviético, que envió telescopios a los confines del universo y robots a Marte.

Ese pueblo merece algo infinitamente mejor que un presidente que amenaza con borrar civilizaciones. Lo que Trump está destruyendo no es solo la imagen de América ante el mundo: es la dignidad de su propio país.

El desguace sistemático de la auctoritas

La amenaza contra la civilización persa no surge en el vacío.

Es la culminación —hasta ahora— de un proceso sistemático de demolición que lleva más de un año en marcha y que afecta a todos y cada uno de los pilares sobre los que se construyó el prestigio estadounidense.

Ese mismo fin de semana del sobrevuelo lunar, la Casa Blanca publicaba su propuesta presupuestaria para 2027: un recorte del 23% a la NASA y del 47% a su ciencia, con más de 40 misiones canceladas. Casey Dreier, de la Planetary Society, lo llamó un «evento de extinción para la ciencia».

Es la segunda vez consecutiva que Trump lo intenta; el año pasado, el Congreso lo rechazó con apoyo bipartidista.

Pero la mera insistencia revela una mentalidad que no concibe la ciencia como fuente de prestigio sino como gasto prescindible.

Y si la NASA es el símbolo más visible, el desmantelamiento se extiende mucho más allá. USAID, la agencia de ayuda exterior que Elon Musk calificó de «organización criminal» antes de triturarla con su DOGE, ejecutaba el programa PEPFAR, al que se atribuye haber salvado más de 25 millones de vidas en África.

La retirada del Acuerdo de París, la salida de la OMS, el silenciamiento de Voice of America, los aranceles a Canadá, México y la Unión Europea, la amenaza militar contra Dinamarca por Groenlandia, la presión sobre Panamá: cada decisión, un ladrillo menos. Y los datos ya reflejan el derrumbe.

El Global Soft Power Index de enero de 2026 registró para Estados Unidos la mayor caída entre 193 países evaluados: 4,6 puntos menos, hasta quedar a menos de punto y medio de China.

En reputación, cayó al puesto 26. En la encuesta de Pew en 34 países, el 69% declaró no confiar en Trump.

En diez naciones aliadas, la confianza en Xi Jinping superó a la confianza en Trump: 24% frente a 22%. Cuando tus aliados confían más en el líder de tu rival que en ti, lo que se ha roto no es la imagen: es la cosa misma.

La Luna como espejo: lo que vemos cuando miramos hacia arriba

Victor Glover, desde la Orion, contempló la Tierra suspendida en la oscuridad y dijo algo que debería grabarse en piedra a la entrada de la Casa Blanca: «Este oasis, este lugar hermoso donde existimos juntos».

Juntos.

Esa palabra contiene más sabiduría geopolítica que todas las órdenes ejecutivas firmadas en los últimos quince meses. La grandeza no consiste en dominar sino en elevar.

En destruir civilizaciones, desde luego, no.

Artemis II regresará a la Tierra el 10 de abril. Amerizará en el Pacífico frente a San Diego y la tripulación será recogida por el USS John P. Murtha.

Habrá discursos, habrá banderas, habrá aplausos. Y la misma Administración que se apropiará de la hazaña habrá intentado, esa misma semana, mutilar la ciencia de la agencia que la hizo posible y amenazado con arrasar tres milenios de civilización persa.

Porque para Trump la Luna no es un proyecto civilizatorio: es una foto. E Irán no es una civilización: es un obstáculo.

Yo no le pido la Luna a nadie. Solo le pido al lector que observe la fractura y entienda lo que revela.

Un país que envía astronautas a la Luna mientras amenaza con destruir civilizaciones, mutila su ciencia, intimida a sus aliados y desguaza su ayuda humanitaria no está proyectando grandeza: está ejecutando un suicidio estratégico en directo y en tiempo real, ante los ojos del mundo entero.

Y lo más doloroso de todo es que el pueblo estadounidense —un pueblo grande, generoso, extraordinariamente creativo— al que admiro y respeto profundamente no merece nada de esto. La potestas sin auctoritas tiene un nombre en la historia: se llama decadencia. Y la decadencia, como las misiones espaciales, sigue una trayectoria balística. Una vez lanzada, no se corrige a mitad de camino.

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