La psiquiatra infantil y de la adolescencia Ana Gálvez, especialista del Centro de Día Terapéutico para Adolescentes y Jóvenes con Adicciones del Instituto Madrid Salud / Proyecto Hombre, lanzó este fin de semana una advertencia clara: el consumo de cannabis entre adolescentes se ha convertido en una de las mayores amenazas para la salud mental juvenil.
Durante su ponencia sobre «El impacto del consumo de sustancias en la salud de adolescentes y jóvenes», en el marco de las XIX Jornadas de Documentos Jurídicos y Psiquiátricos, que cada año se celebra en Sevilla, Gálvez describió el cannabis como una droga que ha cambiado profundamente en las últimas décadas: “El cannabis que se fumaba en los años 80 no tiene nada que ver con el que se fuma ahora: hoy alcanza concentraciones del 30% de THC. Ya no puede considerarse una droga blanda”, subrayó.
El THC (abreviatura de tetrahidrocannabinol) es el principal compuesto psicoactivo del cannabis, es decir, el responsable de la mayoría de los efectos que comúnmente se asocian con estar “colocado” o “fumado”.
Un consumo precoz y cada vez más normalizado
La especialista alertó de que los primeros contactos con el cannabis se están produciendo en edades alarmantemente tempranas: “Hay consumos muy precoces, entre los diez y los doce años”, afirmó.
Según explicó, esta exposición temprana multiplica el riesgo de desarrollar adicciones o trastornos mentales graves: “Cuanto antes se inicia el consumo, más rápida es la instauración de la adicción”.
El problema, añadió, no solo está en la sustancia, sino en su normalización social y cultural. “Muchos adolescentes creen que el cannabis es natural, terapéutico o incluso espiritual. Me cuesta convencerles de que no es adictivo ni inocuo”, confesó.
Daños en el cerebro adolescente
La adolescencia es una etapa crítica del desarrollo cerebral, y el consumo de cannabis puede alterar procesos fundamentales.
Gálvez explicó que el cerebro adolescente está en plena “poda sináptica”, un proceso en el que se eliminan conexiones neuronales innecesarias para hacer el cerebro más eficiente. “El cannabis interfiere en esa maduración cerebral y en la conectividad entre regiones. Afecta la atención, la memoria y aumenta la impulsividad”, detalló.
La doctora mostró imágenes de estudios neurológicos que evidencian alteraciones en el volumen y la conectividad del cerebro de los adolescentes consumidores. “Hay diferencias entre consumidores menores de 15 años y quienes no consumen, y algunas de esas diferencias persisten hasta la vida adulta”, advirtió.
Un riesgo silencioso para la salud mental
Gálvez fue contundente al describir la relación entre cannabis y salud mental: “En el centro de día donde trabajo, prácticamente el 100% de los pacientes tienen patología dual, y el 85% consumía cannabis”.
Según explicó, esta droga duplica el riesgo de padecer depresión o ansiedad, y “el cannabis de alta potencia quintuplica el riesgo de desarrollar un trastorno psicótico”.
Aunque reconoció que la vulnerabilidad genética influye, insistió en que el consumo frecuente o prolongado puede desencadenar o agravar síntomas mentales: “Ser joven, varón y consumidor de cannabis de alta potencia son factores de riesgo claros para desarrollar un trastorno psicótico”.
Las nuevas formas de consumo: vapeo y gominolas
El peligro del cannabis no se limita a su forma tradicional. Gálvez alertó sobre las nuevas vías de consumo, especialmente atractivas para los más jóvenes: “El vapeo se ha promocionado mucho en redes sociales, orientado a adolescentes. Permite consumir grandes cantidades de nicotina o THC sin irritación, lo que favorece la adicción”.
También denunció la comercialización de comestibles con cannabinoides sintéticos, como gominolas o dulces: “Esto puede provocar intoxicaciones accidentales, sobre todo en niños pequeños, porque parecen inocentes”.
Internet: el gran amplificador del riesgo
La doctora subrayó el papel de Internet y las redes sociales en la difusión de la cultura del cannabis: “Internet tiene un papel central en la creación de la cultura de consumo. Está lleno de desinformación y de mensajes que trivializan sus riesgos”.
Para combatirlo, defendió la educación temprana y la alfabetización mediática como estrategias clave: “Los adolescentes creen casi todo lo que leen en la red. Hay que enseñarles a tener un pensamiento crítico desde pequeños”.
“Retrasar el primer consumo es ya una victoria”
En su mensaje final, Gálvez insistió en que la prevención y la intervención precoz son las herramientas más eficaces: “Retrasar la exposición a las sustancias, si no se puede evitar, reduce el riesgo de desarrollar un trastorno adictivo”.
Y lanzó un llamamiento a las familias y educadores: “El consumo de cannabis no es un experimento inofensivo. Es un riesgo real para la salud mental y cerebral de nuestros jóvenes. Hablar de ello sin tabúes y ofrecer ayuda a tiempo puede marcar la diferencia”.