Mariano Moreno, exgerente del PSOE, afirmó ante el magistrado instructor que la entrega de dinero en metálico formaba parte de la «cultura organizativa» del partido. Foto: EP.

El flujo en metálico en la caja del PSOE era parte de la «cultura organizativa», según el exgerente, Mariano Moreno

30 / 10 / 2025 05:45

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El exgerente del PSOE, Mariano Moreno, compareció ayer ante el Tribunal Supremo con esa calma estudiada de quien lleva media vida viendo pasar sobres, facturas y ministros por el mismo pasillo de moqueta gastada.

Declaró que los pagos en efectivo que recibían el exministro de Transportes y exsecretario de Organización –número 3 del PSOE– José Luis Ábalos y su inseparable Koldo García —ese personaje mitad chófer, mitad correveidile— no eran sobornos ni prebendas, sino “devoluciones por gastos anticipados”.

Como si el problema del país fuera una cuestión de tickets de hotel y dietas de gasoil.

El magistrado instructor del Suprem, Leopoldo Puente, un hombre al que parece no quedarle paciencia para el teatro político, escuchó aquello y frunció el ceño. “No entiendo la ventaja”, dijo.

Y no era ironía: de verdad no la entendía. ¿Qué sentido tenía sacar dinero del banco, contratar una empresa de seguridad para trasladarlo, y luego repartirlo a mano en sobres con el anagrama del partido?

Un sistema digno del siglo XIX, con el romanticismo sucio de las gestorías en los años del Felipe de pana y la máquina de escribir Olivetti.

Moreno, sin inmutarse, explicó que así se había hecho siempre. “Para dotar la caja del partido”, respondió, con esa frase que suena a misa de difuntos de la transparencia.

El magistrado le devolvió una mirada que podría haber firmado Quevedo: “Una respuesta un poco…”.

Y el exgerente, fiel a la tradición del funcionario veterano que no se da por aludido, se defendió alegando que no eran grandes cantidades. “En 2018 manejábamos diecisiete millones de euros, y en caja solo había cien mil.” Como si el tamaño del pecado lo hiciera menos pecado.

Añadió, con un gesto casi académico, que de esa caja se pagaban “gastos anticipados”, algún que otro proveedor, y “trabajadores voluntarios”. Una definición elástica, de esas que en política sirven para tapar cualquier cosa que huela a metálico sin factura.

Puente insistió, como un maestro de esgrima que no quiere dejar viva la estocada:

—No le veo sentido. ¿Por qué hacerlo en efectivo y no por transferencia?

Moreno se encogió de hombros, veterano en la guerra de los despachos:

—Ya se hacía así cuando llegué. Era parte de la «cultura organizativa».

Ah, la «cultura organizativa». En España esa expresión vale lo mismo para justificar una contabilidad opaca que para seguir guardando el vino en bota. La costumbre, esa diosa nacional que todo lo bendice mientras huela a costumbre vieja.

El exgerente explicó, además, que muchos empleados del partido preferían cobrar en mano. “Estaban deseando llegar a Madrid para recuperar el dinero en efectivo”, dijo. Nada nuevo: el dinero, cuando se toca, parece más real, más honesto, aunque venga de un cajón turbio.

El juez quiso saber si se comprobaban los gastos. Si alguien, alguna vez, miraba con lupa los tickets, los importes, las fechas. Moreno contestó lo mismo que Celia Rodríguez —la secretaria que ya había relatado el tráfico de sobres la semana anterior—: que eso era cosa de “Administración”. Una palabra que, en la boca de un político español, suele equivaler a “nadie sabe nada”.

—Entonces —replicó el magistrado, sin molestarse ya en disimular el cansancio—, si Ábalos reclamaba una cantidad, ¿el control era que lo pedía Ábalos? Eso no es un control.

Y ahí quedó flotando la frase, como un epitafio sobre la tumba de la honradez administrativa.

Porque en realidad, en todo esto, no hay villanos ni héroes. Solo una colección de burócratas cansados, ministros que ya no recuerdan lo que firmaron, asesores que recogen sobres con la rutina del que recoge el pan, y un país entero que asiste al espectáculo con la misma mezcla de resignación y sorna con la que se mira una corrida en la que ya se sabe quién va a salir herido.

Un “flujo de metálico”, lo llamaron. Suena casi poético. En España, los ríos de dinero siempre han corrido turbios, pero con un encanto antiguo, de novela picaresca y contabilidad bendecida por la costumbre.

Celia Rodríguez, la pieza gris del engranaje de Ferraz

Tras el exgerente, declaró Celia Rodríguez, empleada en el PSOE desde 1987. Treinta y tantos años en la trinchera administrativa de Ferraz, viendo pasar generaciones de políticos con la misma sonrisa de comité y el mismo tufillo a café recalentado y moqueta vieja.

Celia Rodríguez lo explicó con la serenidad de quien ya ha visto demasiadas cosas para escandalizarse. “Yo rellenaba los papeles, él firmaba, y luego me decían: baja a Administración, que ya está el dinero».

Bajaba. Revisaban los tickets —o fingían revisarlos—, contaban los billetes y se los entregaban. Luego llegaba Koldo, el exconductor del ministro, hecho a la sombra de la gasolina y el servilismo, o mandaba a un recadero con pinta de saberse todas las puertas por las que se entra sin dejar huella.

—¿El dinero lo recogía cualquiera que mandara Koldo? —preguntó el magistrado instructor del Supremo, Leopoldo Puente, con esa mezcla de ironía y hastío que uno reserva para los casos perdidos.

—Sí —respondió Celia Rodríguez, con la sinceridad de quien no tiene ya ni fuerzas para mentir—. Cualquiera. Él me decía a quién, y yo lo dejaba en recepción.

Sobres con el anagrama del partido. Letras suyas, perfectamente reconocibles en los que la Guardia Civil encontró después en casa de Koldo. No había recibos, ni firmas, ni comprobantes.

Solo “un garabato”, como ella misma dijo. Un garabato y una tradición: la de la picaresca bien organizada, el dinero que cambia de manos envuelto en ideología y en papel membretado.

Celia Rodríguez, la administrativa del PSOE que entregaba los sobres, llegando al Tribunal Supremo. Foto: EP.

El magistrado, que ya debe de haber escuchado todo lo posible en la fauna política española, insistió en los detalles. Celia Rodríguez explicó que no sabía de qué eran los gastos. Viajes, quizá. Cenas. Hoteles. Cosas del partido, vaya. Lo importante era que el dinero no se quedara en su cajón, porque “yo no tengo que tener dinero que no es mío”, dijo, casi con una dignidad doméstica, de esas que aún sobreviven en los pocos funcionarios que creen en la limpieza, aunque trabajen entre el fango.

Los sobres —de eso sí se acordaba bien— servían para no tocar el dinero directamente. “Para no tenerlo ahí suelto”, explicó. Un detalle casi poético: la moral de quien sabe que el pecado no está en la acción, sino en ensuciarse los dedos.

Desde finales de 2021 ya no se paga en efectivo

Cuando el juez le recordó que en una declaración anterior dijo que en el PSOE no se pagaba en metálico, Celia Rodríguez rectificó sin rubor. “Yo dije que a Ábalos se le pagaba por transferencia. No sé desde cuándo.” Qué más da. En este país nadie sabe desde cuándo empezaron las cosas ni cuándo acabaron. Todo es un “más o menos” que suena a confesión colectiva.

Asegura que desde finales de 2021 ya no se paga en efectivo. Que ahora todo es por transferencia.

Luego apareció otro nombre, como siempre ocurre en estas historias donde los protagonistas son legión. Paco Salazar. Exdiputado, exalgo, ex de todo. También recibió dinero, aunque Celia Rodríguez no recuerda cuándo. La memoria es caprichosa cuando conviene. “Sí, a Paco también”, dijo.

Y el fiscal levantó las cejas, más por rutina que por sorpresa.

Al final del interrogatorio, uno de los abogados de la acusación —del PP, para más sarcasmo— le preguntó si había recibido algún curso de cumplimiento normativo, de Compliance.

Ella sonrió con cansancio y contestó que no. Que solo había leído algún folleto. Natural: en este país los cursos de ética se dan cuando ya han cerrado la caja.

En el fondo, Celia Rodríguez no es una villana. Es la pieza gris del engranaje, la que reparte los sobres, rellena los papeles y evita hacer demasiadas preguntas. Una superviviente de despacho que aprendió que el poder, a fin de cuentas, no se roba: se administra.

Y que en Ferraz, como en casi todo en España, lo importante no es la verdad, sino saber a quién hay que avisar cuando el cajón empieza a llenarse demasiado.

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