En apenas seis años, España ha pasado de mirar de reojo la salud mental en el trabajo a tenerla en el centro de todas las alarmas. Las cifras hablan solas, y lo hacen en un tono inquietante: entre 2018 y 2024, las bajas laborales por síntomas emocionales han crecido casi un 490%, los diagnósticos de estrés grave un 230%, y los trastornos de ansiedad un 120%.
Un ascenso vertiginoso que confirma una realidad incuestionable: el trabajo se ha convertido, para muchos, en un factor de sufrimiento.
Según el sistema PANOTRATSS, más del 70% de las patologías mentales notificadas corresponden a episodios de ansiedad. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) lo resume sin rodeos en una nota de prensa difundida el pasado mes de octubre: los trastornos mentales ya son la segunda causa de incapacidad temporal en España.
Y el problema no es solo nacional. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año se pierden 12.000 millones de días laborales por depresión y ansiedad, una sangría económica que en los países industrializados puede costar entre el 3% y el 6% del PIB.
La raíz del problema: la organización del trabajo
Los especialistas coinciden en que esta crisis no se explica por causas aisladas, sino por una exposición prolongada a riesgos psicosociales: demandas laborales excesivas, bajo control sobre las tareas, falta de apoyo, inseguridad en el empleo.
Aitana Garí, directora del INSST , lo expresó con una claridad poco habitual en la administración: «La salud mental no es solo la ausencia de enfermedad; es un derecho. Y debe estar en el centro de la gestión preventiva».
El mensaje es inequívoco: mientras no se intervenga sobre las condiciones que generan malestar, las cifras seguirán creciendo.
El trabajo de los peritos requiere examinar a fondo
Desde la práctica pericial y clínica, es frecuente encontrar trabajadores que relatan síntomas que vinculan directamente con su entorno laboral: ansiedad, agotamiento, insomnio, o incluso cuadros depresivos.
La labor pericial, sin embargo, exige algo más que la sola percepción del trabajador: requiere examinar cómo los factores organizativos inciden en su estructura psíquica. Y aquí aparece una variable clave que no siempre se tiene en cuenta: no todas las personas reaccionan igual ante el mismo riesgo.
Los factores psicosociales son potencialmente dañinos, sí, pero su impacto depende también de la vulnerabilidad, la resiliencia y los recursos internos de cada individuo. Por eso, la evaluación debe integrar dos planos inseparables: el contexto laboral y el mundo interno de la persona afectada.
Solo esa doble mirada permite fundamentar de manera rigurosa la relación entre trabajo y daño emocional.
Las instituciones llaman a actuar: cuatro líneas clave
Durante la jornada técnica organizada por el INSST, los expertos señalaron cuatro prioridades para frenar esta crisis:
- Prevenir los riesgos psicosociales desde la propia organización.
- Formar y sensibilizar a directivos y plantillas para detectar señales tempranas.
- Acompañar a quienes ya presentan problemas mediante adaptaciones, programas de retorno y apoyos específicos.
- Crear entornos seguros, con liderazgo responsable, participación real y cumplimiento normativo.
La Estrategia Española de Seguridad y Salud en el Trabajo 2023-2027 ya incluye estas medidas, pero su implantación sigue siendo un desafío pendiente.