Opinión | Javier Sádaba, el hermano elegido

Ricardo Rodríguez, a la derecha, magistrado y doctor en derecho, autor del homenaje a su amigo, el filósofo Javier Sádaba, que relata en esta columna. Foto: RR.

14 / 02 / 2026 05:40

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El miércoles pasado, 11 de febrero, asistí en el Ateneo de Madrid a un homenaje a Javier Sádaba Garay, uno de los filósofos españoles más importantes del último siglo.

Hay instituciones que son edificios. Y hay edificios que son historia viva. El Ateneo de Madrid pertenece a esta segunda categoría: no se limita a ocupar un espacio en la calle del Prado; ocupa, desde hace casi dos siglos, una parte sustancial del pensamiento español.

Nació en 1835, en plena convulsión liberal, como heredero del Ateneo Español fundado unos años antes y clausurado por el absolutismo.

Era tiempo de pronunciamientos, de constituciones que duraban lo que una primavera y de una España que quería ser moderna sin saber muy bien cómo. El Ateneo fue, desde el principio, laboratorio de ideas; allí se discutía de ciencia, de literatura, de política, de economía.

Allí se pensaba en voz alta.

El Ateneo se entiende también por los nombres que han ocupado su tribuna. En el siglo XIX hablaron allí figuras como Emilio Castelar, orador formidable; Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo Sagasta, protagonistas de la política de la Restauración; o Francisco Giner de los Ríos, sembrando reforma educativa y ética civil.

Ya en el siglo XX, el Salón de Actos escuchó a Miguel de Unamuno, siempre polémico; a Santiago Ramón y Cajal, llevando la ciencia al centro del debate; a José Ortega y Gasset, que convirtió la conferencia en acontecimiento intelectual; y a Manuel Azaña, que además presidió la institución.

No era una lista de invitados ilustres, era un termómetro del país. Quien subía a esa tribuna sabía que no hablaba solo ante un auditorio, sino ante la historia.

Durante la Segunda República, el Ateneo vivió uno de sus momentos de mayor efervescencia. Tras la Guerra Civil llegó el silencio impuesto. Como tantas otras instituciones, sobrevivió en equilibrio inestable, ni completamente domesticado ni plenamente libre. Resistió. Y resistir, en ciertos periodos de nuestra historia, ya era una forma de dignidad.

Con la Transición recuperó aire y voz. Volvieron los debates abiertos, las elecciones internas disputadas, las tensiones -porque el Ateneo, cuando no tiene tensiones, no es el Ateneo-.

Ha conocido crisis económicas, polémicas internas, batallas por su orientación ideológica. Pero ahí sigue. Testarudo. Abierto. Imperfecto. Vivo.

El Ateneo no es un museo. Es una conversación que empezó en el siglo XIX y que todavía no ha terminado. A veces brillante, a veces caótica. Pero necesaria. Porque cuando una sociedad deja de debatir en serio, empieza a gritar. Y el Ateneo -con todas sus luces y sombras- ha sido, y debería seguir siendo, el lugar donde se habla antes de gritar.

Y eso, en estos tiempos, no es poco.

Su biblioteca merece capítulo propio. No es solo un depósito de libros antiguos; es una cartografía del pensamiento español contemporáneo. Fundada prácticamente con la institución, fue creciendo gracias a donaciones privadas, legados de socios ilustres y adquisiciones cuidadas con criterio intelectual, no decorativo. Allí no se acumulaba papel, se acumulaban debates.

Sus fondos -decenas de miles de volúmenes- recogen primeras ediciones, revistas decimonónicas, tratados científicos, obras filosóficas y literarias que acompañaron el nacimiento del constitucionalismo español, el regeneracionismo.

Muchos investigadores han pasado horas bajo su luz, consultando ejemplares que no se encuentran fácilmente en otros catálogos. No es una biblioteca silenciosa por obligación, sino por respeto: cada estantería parece pedir concentración.

Tiene algo de refugio civil. En tiempos de censura, conservar fue resistir. En tiempos de confusión, ordenar fue pensar.

La biblioteca del Ateneo ha sido eso, memoria organizada. Un lugar donde el pasado no se exhibe como reliquia, sino que se consulta como herramienta. Porque los libros allí no están para adornar la historia, sino para seguir escribiéndola.

Biblioteca del Ateneo, donde tuvo lugar el homenaje a Javier Sábada.

El homenaje a Javier Sádaba

Y ahí, en la biblioteca, fue donde se realizó el homenaje a Javier Sádaba. No podía ser otro lugar.

Y ésta es la historia que conté…

Hay filósofos que escriben desde la torre de marfil y otros que bajan a la calle sin perder el rigor. Javier Sádaba pertenece, sin duda, a esta segunda estirpe: la de quienes piensan con los pies en el suelo y la cabeza alerta, siempre dispuestos a debatir, a disentir y, sobre todo, a conversar.

Sádaba tiene algo poco frecuente en su gremio: autoridad intelectual sin solemnidad. Catedrático de Ética, lector infatigable de Wittgenstein, pionero de una bioética laica cuando aún era terreno casi virgen en España, su currículum impresiona… pero nunca abruma.

Porque él mismo se encarga de rebajarlo con una sonrisa irónica, con una frase corta y certera, con ese humor que no adorna el pensamiento, sino que lo afila.

Su filosofía no se recluye en el aula. Se pasea. Se sienta a la mesa. Se sirve en tertulia larga, sin reloj. Habla de eutanasia, de religión, de libertad, de amor o de muerte con la misma naturalidad con la que pide un gintonic.

Y ahí está una de sus claves: pensar no como ejercicio académico, sino como forma de vida. Pensar para vivir mejor, no para pontificar.

Hay en Sádaba una rara mezcla de sabio clásico y flâneur urbano. Da gusto caminar con él por Malasaña -barrio bohemio, casi filosófico- donde fue levantando, libro a libro, artículo a artículo, una obra inmensa sin perder nunca el trato cercano.

La gente le para, charlan, se hacen selfies, especialmente las mujeres. Él disfruta. Y no lo oculta. La vanidad, cuando es ligera, también es humana.

Pero si algo define de verdad a Javier Sádaba no es solo su obra -que es mucha- ni su magisterio -que ha sido decisivo para generaciones de alumnos-, sino su calidad humana.

Cercano, cariñoso, leal. Amigo de los silencios compartidos cuando la vida golpea fuerte. Capaz de reír a carcajadas y, llegado el momento, de abrazar largo y sin palabras. Ha reflexionado como pocos sobre el sufrimiento y la muerte, pero no desde la abstracción, sino desde la experiencia, desde la pérdida, desde la compañía.

Su ética no es severa ni punitiva

Quizá por eso su ética no es severa ni punitiva. Es una ética hospitalaria. Una ética que invita, no que impone. Una ética donde el humor es aliado y la ternura no está reñida con la lucidez. Filosofía de la vida cotidiana, sí, pero sin trivialidad; pensamiento crítico, sí, pero sin arrogancia.

Conocer a Javier Sádaba -leerlo, escucharlo, quererlo- es un privilegio poco común. Porque hay intelectuales brillantes. Hay sabios admirables.

Pero no abundan los hombres buenos que, además, piensan bien. Y él pertenece a esa minoría preciosa que hace que la filosofía, de pronto, parezca algo imprescindible.

Finalizo. Permítanme bajar del todo la voz y dejar a un lado cualquier distancia.

Más allá del filósofo, del maestro y del referente moral, está el amigo. El amigo que escucha sin prisa, que acompaña sin ruido, que entiende el dolor ajeno porque no teoriza sobre él: lo ha vivido. Tu presencia -serena, lúcida, afectuosa- reconcilia con la vida incluso cuando la vida se pone cuesta arriba.

Admirarte es fácil; quererte, inevitable. Porque en ti el pensamiento no ha endurecido el corazón, sino que lo ha hecho más amplio. Porque sigues enseñando sin dar lecciones, y porque tu amistad es, en sí misma, una forma de ética vivida.

Gracias por estar, por ser, por pensar y por querer como quieres. A tu lado, uno aprende, sin darse cuenta, que la inteligencia también puede ser una forma de ternura.

Y déjenme terminar ya desde lo más íntimo, sin filosofía y sin teoría. Gracias, Javier, de verdad. Gracias por tantos y tantos momentos compartidos, por las horas interminables de conversación, por las risas, por los silencios, por las comidas sin prisa y las copas que alargaban la noche.

Gracias por estar en los días luminosos y, sobre todo, en los días oscuros, cuando no hacían falta palabras y bastaba un abrazo para seguir adelante.

Caminar a tu lado -como amigo, como cómplice, como hermano elegido- es uno de los regalos más valiosos que me ha hecho la vida.

Te admiro profundamente, te quiero y me siento inmensamente agradecido por todo lo vivido y por todo lo que aún queda por compartir. Porque hay amistades que no pasan, se quedan. Y la nuestra es, para mí, una de esas.

Hay pensamientos que se olvidan, libros que se cierran y palabras que se las lleva el tiempo; tu amistad, Javier, es de esas pocas cosas que se quedan para siempre.

Y mientras nos quede tiempo, seguiremos compartiéndolo como siempre: pensando, riendo y viviendo, porque el futuro, contigo, nunca será un lugar vacío.

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