El guión estaba escrito.
Diez días.
Ha bastado una semana y media para que la realidad imponga su lógica sobre la retórica. Donald Trump ha iniciado la construcción de la narrativa de la victoria.
Ha dicho a la CBS que la guerra está «very complete, pretty much». Que Irán no tiene marina, ni aviación, ni comunicaciones. Que todo va «very far ahead of schedule».
Los mercados de Wall Street, que habían abierto la jornada desplomándose casi novecientos puntos, viraron bruscamente al alza en los últimos minutos de negociación al calor de estas declaraciones.
El Nasdaq subió un 1,38%, el S&P 500 un 0,83%. No porque la guerra haya terminado sino porque el guión del final ha empezado a escribirse.
Era previsible. Lo escribí hace días en estas mismas páginas: Trump no puede ganar esta guerra.
No puede porque nunca definió qué significaba ganarla.
Lo que sí puede —y lo que siempre ha sabido hacer mejor que nadie— es declarar que la ha ganado.
El problema es que entre la declaración y la realidad media un abismo que esta vez se mide en barriles de petróleo, en cadáveres y en un estrecho cerrado.
LOS MERCADOS DICTAN SENTENCIA
Las bolsas mundiales han perdido seis billones de dólares desde que comenzó la operación.
El Brent ha superado los 119 dólares por barril. El WTI ha rozado los 120 dólares antes de retroceder hacia los 103. La gasolina en Estados Unidos ha subido veintidós centavos en una semana.
Y Trump, con la desfachatez que le caracteriza, ha escrito en Truth Social, su red social, que la subida del petróleo es «a very small price to pay for safety and peace».
Solo los tontos pensarían diferente, ha añadido. Textual.
Los mercados no son tontos. Los mercados han dicho basta.
«La operación contra Irán no ha sido una victoria. Ha sido una exhibición de fuerza bruta sin objetivo estratégico coherente, ejecutada en violación del derecho internacional, con consecuencias económicas devastadoras y un resultado político contraproducente. Todo lo que Trump destruyó puede reconstruirse. Lo que no puede reconstruirse es la credibilidad perdida».
La volatilidad medida por el VIX ha superado los 30 puntos por primera vez desde abril del año pasado. Los fondos de cobertura apuestan contra la continuidad del conflicto.
Y una parte sustancial del «establishment» estadounidense —desde analistas de JPMorgan hasta estrategas de Rapidan Energy, pasando por el propio Brookings Institution— ha advertido con claridad meridiana de que la situación es insostenible.
Robin Brooks, de Brookings, lo ha resumido con una lucidez que contrasta con la fanfarronería presidencial: basta con que Irán cuele un par de drones para hundir un petrolero y pasar de un incidente serio a un «shock» petrolero de dimensiones históricas.
Cuando Wall Street te obliga a declarar la victoria en los últimos minutos de cotización para revertir un desplome de novecientos puntos, no estás ganando. Estás negociando tu propia retirada.
ORMUZ: LA REALIDAD QUE NO SE PUEDE BOMBARDEAR
El Estrecho de Ormuz sigue efectivamente cerrado. El tráfico marítimo ha caído un 90% respecto a las semanas previas al conflicto.
Según datos de Starboard Maritime Intelligence, se ha pasado de más de 153 tránsitos diarios a prácticamente cero.
Solo un petrolero significativo —el Shenlong, operado por la griega Dynacom y cargado con un millón de barriles de crudo saudí— ha logrado atravesar el estrecho en los últimos días, y lo ha hecho con el transpondedor apagado, a oscuras, como quien cruza un campo de minas de puntillas.
Irán ha atacado petroleros, ha cerrado el paso a las marinas occidentales, ha permitido selectivamente el tránsito de buques chinos y ha declarado que solo los barcos de «naciones amigas» podrán transitar.
China negocia en paralelo con Teherán un corredor seguro para sus petroleros. Un quinto del suministro mundial de petróleo está secuestrado en el Golfo Pérsico.
Kuwait, Catar y Baréin —sin alternativas a Ormuz para exportar— han declarado fuerza mayor.
«Se pretendía decapitar al régimen. Se ha conseguido rejuvenecerlo, radicalizarlo y darle un mártir fundacional. Un éxito estratégico de manual. De manual de lo que no hay que hacer».
Irak ha reducido su producción en un millón y medio de barriles diarios al quedarse sin capacidad de almacenamiento.
Y mientras tanto, Trump ofrece escoltas navales que ningún armador acepta, un programa de reaseguros de veinte mil millones de dólares que no convence a nadie y la promesa de que el petróleo volverá a fluir «pronto».
El secretario de Energía, Chris Wright, ha celebrado que un solo petrolero haya atravesado el estrecho como si fuera una hazaña militar.
Un petrolero. De los sesenta que cruzan cada día en tiempos normales.
No se puede bombardear un estrecho hasta que se abra. No se puede insultar la inteligencia de los mercados energéticos globales y esperar que respondan con gratitud.
Ormuz es el termómetro inapelable de esta guerra, y marca fiebre alta.
EL HIJO: MÁS JOVEN, MÁS RADICAL, MÁS TIEMPO
La tesis que venimos sosteniendo se ha cumplido con una precisión incómoda.
Trump quiso descabezar el régimen iraní. Mató a Jamenei padre. Y el resultado ha sido la entronización de Mojtaba Jamenei, un hombre de 56 años, ultraconservador, estrechamente vinculado a la Guardia Revolucionaria, formado en la represión del movimiento verde de 2009, considerado más radical que su propio padre por el Atlantic Council y por todos los analistas serios que han estudiado su trayectoria.
Mojtaba no es sólo más joven. Es un hombre al que esta guerra le ha matado a su madre, a su esposa y a un cuñado.
Como ha señalado un analista citado por TIME, si antes existía la más mínima posibilidad de que el nuevo líder supremo emprendiera reformas al estilo de Mohamed bin Salmán, la operación estadounidense la ha eliminado para siempre.
El nuevo líder está lleno, según esta fuente, de «un deseo inextinguible de venganza, y la Guardia Revolucionaria lo sabe».
«Los gobiernos occidentales saben lo que los mercados ya intuyen. Que Trump necesita salir. Que la narrativa de la victoria está en marcha. Que lo que viene no es una escalada, sino una coreografía de retirada disfrazada de triunfo».
Trump llamó a Mojtaba «lightweight» y «unacceptable». Dijo que debía obtener su aprobación personal para gobernar.
Israel amenazó con matarlo. La respuesta iraní fue elegirlo por mayoría decisiva de la Asamblea de Expertos, en un acto de desafío calculado.
Un miembro de la Asamblea lo explicó sin ambages: el candidato fue elegido precisamente porque cumplía el criterio del difunto Jamenei de que el líder de Irán «debe ser odiado por el enemigo».
Se pretendía decapitar al régimen. Se ha conseguido rejuvenecerlo, radicalizarlo y darle un mártir fundacional. Un éxito estratégico de manual. De manual de lo que no hay que hacer.
EL G7 Y LAS RESERVAS: LA COHERENCIA DEL FIN ANUNCIADO
El G7 se ha reunido este lunes para discutir la liberación coordinada de reservas estratégicas de petróleo. Francia, que ostenta la presidencia, ha puesto la opción sobre la mesa.
Estados Unidos ha propuesto liberar entre 300 y 400 millones de barriles. El director de la AIE, Fatih Birol, ha informado de que los países miembros disponen de más de 1.200 millones de barriles en reservas públicas.
Y sin embargo, no se ha tomado ninguna decisión.
El ministro de Finanzas francés, Roland Lescure, lo ha dicho con una frase que es toda una declaración de intenciones: «No estamos aún en ese punto».
«Mientras el presidente se autocalifica con notas que no existen, ya ha pasado a hablar de Cuba. Le ha dicho a la CNN, sin que nadie le preguntara, que Cuba ‘va a caer pronto’. Un presidente que no ha terminado una guerra y ya anuncia la siguiente no inspira confianza. Inspira alarma».
No es un dato menor. Es enormemente revelador. Si el G7 no libera reservas, es porque espera que el conflicto termine antes de que sea necesario hacerlo.
Es decir: los gobiernos occidentales saben lo que los mercados ya intuyen. Que Trump necesita salir. Que la narrativa de la victoria está en marcha. Que lo que viene no es una escalada, sino una coreografía de retirada disfrazada de triunfo.
La aritmética de las reservas es, además, elocuente. Cien millones de barriles —una liberación masiva por cualquier estándar histórico— equivalen a menos de cinco días del volumen interrumpido. No resuelven el problema.
Compran tiempo. Y si compras tiempo en lugar de actuar, es porque crees que el tiempo jugará a tu favor. Es decir: que esto se acaba.
EL COSTE DE LA CHARLOTADA
Hagamos inventario. En diez días de guerra: el petróleo por encima de 100 dólares, seis billones evaporados de los mercados globales, el Estrecho de Ormuz cerrado, siete militares estadounidenses muertos, once drones Reaper perdidos, un coste estimado de al menos 890 millones de dólares diarios para el contribuyente norteamericano, ataques iraníes sobre Baréin, Emiratos, Arabia Saudí, Chipre, Azerbaiyán y Turquía, desalinizadoras golpeadas, refinerías ardiendo, tráfico marítimo global perturbado, y como resultado neto: un líder más joven, más radical y más motivado al frente de la República Islámica.
«La lección aprendida por todos los aspirantes nucleares del planeta: desármate y acabarás como Gadafi; ármate hasta los dientes y serás Corea del Norte, intocable».
A cambio, Trump se ha puntuado a sí mismo con un 12 sobre 10. «Maybe 15», ha precisado.
Mientras el presidente se autocalifica con notas que no existen, ya ha pasado a hablar de Cuba. Le ha dicho a la CNN, sin que nadie le preguntara, que Cuba «va a caer pronto». Un presidente que no ha terminado una guerra y ya anuncia la siguiente no inspira confianza. Inspira alarma.
Esto no es una estrategia. Es una sucesión de impulsos envueltos en testosterona retórica. Un auténtico dispendio. Un auténtico despropósito. Y ahora, el teatro.
EPÍLOGO: EL TEATRO DE LA VICTORIA
Trump declarará la victoria. Probablemente antes de que termine el mes. Dirá que ha destruido la capacidad militar iraní, que ha eliminado la amenaza nuclear, que ha demostrado la fuerza de América.
Venderá las ruinas de Natanz y las imágenes de Teherán bombardeada como trofeos.
Fox News montará paquetes audiovisuales épicos. Se autoadjudicará un triunfo histórico.
Y habrá quienes se lo crean. Siempre los hay.
Pero la realidad seguirá ahí, terca e indiferente a los tuits. Un régimen iraní intacto institucionalmente, con un líder más joven y más radical. Un Estrecho de Ormuz que tardará semanas o meses en recuperar la normalidad.
Unos precios energéticos que castigarán a la economía mundial mucho después de que Trump haya pasado a otro asunto. Unas relaciones transatlánticas dañadas.
Un precedente de acción militar unilateral que hace del derecho internacional papel mojado. Y la lección aprendida por todos los aspirantes nucleares del planeta: desármate y acabarás como Gadafi; ármate hasta los dientes y serás Corea del Norte, intocable.
La operación contra Irán no ha sido una victoria. Ha sido una exhibición de fuerza bruta sin objetivo estratégico coherente, ejecutada en violación del derecho internacional, con consecuencias económicas devastadoras y un resultado político contraproducente. Todo lo que Trump destruyó puede reconstruirse. Lo que no puede reconstruirse es la credibilidad perdida.
Pero eso da igual. Porque en el universo trumpiano, la credibilidad no se construye con hechos. Se construye con relatos. Y el relato ya está en marcha.
Lo único que queda por saber es cuánto tiempo tardará la realidad en pasar la factura. Y quién la pagará. Porque no será él.