Han pasado cuatro años.
Cuatro años desde aquella madrugada de mayo en la que el tiempo se detuvo y la vida dejó de ser la misma.
Cuatro años desde que escribí aquellas palabras desgarradas, casi inconscientes, nacidas desde un dolor que entonces me parecía imposible de soportar.
Cuatro años desde aquel “Vuela, vuela alto” que no era una despedida, porque uno nunca se despide realmente de un hijo.
Y, sin embargo, aquí estoy.
No sé muy bien cómo. Supongo que viviendo. O sobreviviendo. Que no siempre es lo mismo.
Recuerdo perfectamente aquellos primeros meses. El vacío absoluto. La sensación física de asfixia. El silencio de la casa convertido en un enemigo. Las noches eternas fumando en la terraza, mirando la oscuridad y esperando no sé qué.
Quizá una señal.
Quizá una explicación.
Quizá simplemente despertar y descubrir que todo había sido una pesadilla horrible.
Después llegaron aquellas “Lágrimas en el cielo”. El mar, las caminatas interminables, las boyas lejanas que perseguía nadando como si detrás de cada una pudiera encontrarte. Eric Clapton cantaba al hijo perdido y yo comprendía, por primera vez, que hay canciones que no se escuchan: te atraviesan.
Cuatro años después sigo hablando contigo.
Todavía, algunas noches, al entrar en casa, sigo esperando oírte.
No todos los días. O quizá sí. A veces en voz alta. A veces mentalmente. A veces simplemente cuando conduzco, cuando escucho una canción que habrías puesto tú —seguramente alguna de esas horribles que luego terminaban gustándome— o cuando veo a un chico de tu edad riéndose con sus amigos y, por un instante, durante apenas un segundo, mi cabeza te busca entre ellos.
Lo más extraño del dolor no es su intensidad. Es su capacidad para transformarse.
Al principio es un incendio devastador que lo arrasa todo.
Luego se convierte en una herida abierta.
Después en una cicatriz permanente.
Y finalmente en un compañero silencioso que ya nunca te abandona.
Aprendes a convivir con él. Incluso a dialogar con él. Pero nunca desaparece.
Nunca.
Hay quien piensa que el tiempo cura. No. El tiempo no cura nada. Lo que hace es enseñarte a caminar roto sin caerte todos los días.
Y aun así, fíjate, también han ocurrido cosas hermosas en estos cuatro años.
He vuelto a viajar. He vuelto al mar. He vuelto a leer compulsivamente. He vuelto a escribir. También columnas en Confilegal. He conocido lugares que te habrían fascinado. He visto amaneceres que habría querido que vieras conmigo.
Y, aunque parezca imposible, también he vuelto a reír. De verdad. A carcajadas incluso.
Al principio me sentía culpable por ello.
Como si reír fuese traicionarte.
Como si la felicidad fuese incompatible con tu ausencia.
Pero no. He comprendido algo importante: el amor no desaparece con la muerte. Cambia de forma. Se instala dentro de uno mismo. Y desde ahí acompaña.
Tú sigues conmigo.
En mis gestos.
En ciertas expresiones que repito sin darme cuenta y que eran tuyas.
En mi forma de mirar el mar.
En esa necesidad absurda de seguir caminando deprisa por las noches.
En la disciplina que me enseñaste sin proponértelo.
A veces pienso qué hombre serías hoy con veintisiete años.
Y esa pregunta sigue siendo insoportable.
Porque los padres no lloramos solo lo que perdimos. También lloramos todo lo que ya nunca ocurrirá.
Las conversaciones pendientes.
Los viajes aplazados.
Las llamadas que ya no llegarán.
Los nietos imaginados.
Las Navidades futuras.
La vida entera que quedó suspendida en el aire.
Pero también he aprendido otra cosa: el amor verdadero no entiende de tiempo. Ni de ausencia. Ni de muerte.
Por eso, cuatro años después, sigo hablándote como entonces.
Richi, corazón, sigues siendo lo más bonito que me ha pasado en la vida.
Y aunque el dolor jamás desaparezca del todo, ya no quiero arrancármelo. Porque el dolor es también la prueba de cuánto te quise. Y de cuánto te sigo queriendo.
Así que sí, mi niño.
Sigue volando alto.
Muy alto.
Y, de vez en cuando, si puedes, no dejes de mirar hacia abajo.
Aquí sigue tu padre.
Intentando vivir.
Intentando estar a la altura de tu recuerdo.