Se cumple el III aniversario de una terrorífica acción criminal iniciada en la madrugada de un sabbat de octubre de 2023, ejecutada por varios miles de terroristas, en su mayoría de Hamás y la Yihad Islámica, junto a centenares de civiles que se apuntaron orgullosos a la orgía de sangre que alcanzó a más de 1.300 personas asesinadas, más de 4.500 heridos y un secuestro de 251 rehenes, sin olvidar el daño social de millones de personas en Israel y a nivel mundial.
Ese 7 de octubre, además de día festivo judío por ser sábado, era la fiesta judía mayor de Simjat Torá (Alegría de la Torá), uno de los días más sagrados del calendario judío.
En ese día los kibutzs de Be’eri y Kfar Aza fueron arrasados, se consumó una matanza en el Festival Nova, que congregaba a jóvenes israelíes junto a jóvenes europeos y latinoamericanos, y se masacraron numerosos lugares más.
Esa jornada fue testigo de la mayor y masiva atrocidad ejecutada en un solo día contra el mundo judeo-israelí desde el final de la II Guerra Mundial.
Hamás lo eligió a propósito. Conocía la festividad y era consciente de que encontraría a todo el mundo relajado, a un ejército con mínimos efectivos y desplazado a Cisjordania, donde se produjeron atentados previos.
Diseñó un ataque brutal contra civiles pacíficos de los kibutz (granjas autogestionadas), bien conocidos por gazatíes porque entre los atacantes había terroristas que con anterioridad habían trabajado en ellos. Y lo hicieron coincidir con el 50 aniversario de la Guerra del Yom Kipur (1973), otro ataque por sorpresa en festividad judía.
En esta masacre del 7 de octubre, que denominaron “Operación Inundación Al-Aqsa”, atacaron los kibutzim con familias en sus casas y en sus coches. Asesinaron a núcleos familiares enteros a los que hicieron desaparecer.
Muchos fueron sorprendidos sin uso de sus teléfonos por observancia religiosa. Atacaron el festival pacifista que tendía puentes de convivencia con los palestinos gazatíes.
Su plan de ataque tenía tres vectores combinados: por tierra, con más de 3.500 terroristas motorizados con bulldozers y Toyotas con ametralladoras y explosivos, arrasando en más de 30 puntos de la valla separadora de los territorios; también lo hicieron por mar, con lanchas rápidas, zodiac y unidades de buceo, y por aire, con parapentes motorizados y drones comerciales con granadas, destruyendo más de un centenar de torretas, cámaras y antenas en 10 minutos.
Sorprendieron y acribillaron a las pocas unidades del ejército en un ataque relámpago, sin opción de defensa.
Además, y según los datos de Hamás, 5.000 cohetes fueron lanzados, a las 6 h 30 min, dirigidos a Tel Aviv, Jerusalén, otras poblaciones y a las bases aéreas para saturar el mecanismo defensivo israelí, la “Cúpula de Hierro”, de forma que nadie observase la valla de Gaza donde se estaba produciendo el ataque.
KINOCIDIO YIHADISTA ANTISEMITA
La masacre terrorista fue una acción generalizada que buscaba asesinar lo máximo posible, un crimen de lesa humanidad, reconocido por la ONU con inexplicable retraso.
Fue calificado por forenses y juristas internacionales como KINOCIDIO, denominación que señala su objeto de generar el máximo dolor a través del asesinato de familias enteras, con una crueldad superlativa, quemando bebés de meses y a niños, violando y asesinando mujeres, ancianos, discapacitados, borrando núcleos familiares a propósito.
No era fuego cruzado en un combate entre soldados; consistía en entrar casa por casa y asesinar a padres delante de los hijos y viceversa, y matarlos a todos con la máxima crueldad, además de secuestrar a un amplio grupo de ciudadanos para ser canjeado por terroristas presos en Israel.
En su calculado sadismo lo grabaron y difundieron, además de retransmitirlo por GoPro, con el objetivo de provocar el máximo terror psicológico.
Ellos mismos lo han documentado. Ni los nazis alcanzaron tal nivel de sadismo. Hamás fue congruente con su Carta Fundacional: “matar judíos allí donde se escondan”. No fue “resistencia del pueblo palestino”, como en Occidente difunden los proyihadistas, ni una acción terrorista más, ni otro pogromo de continuidad; fue un crimen de lesa humanidad en su versión más terrorífica que hoy se reclama sea reconocida como kinocidio.
A las 10 horas del 7 de octubre y con los kibutzim bajo los ataques, el portavoz Saleh al-Arouri y el jefe de Hamás en el exterior, Khaled Mashal, lanzaron un comunicado oficial: “Llamamos a la yihad general en todo el mundo islámico y a todos los pueblos árabes. A todo el que tengan un arma, que salga ahora”.
A su vez, Mohammed Deif, jefe militar de Hamás que dos años antes planeó el ataque con el líder Yahya Sinwar, esa misma mañana llamaba: “A nuestros hermanos en la resistencia islámica en el Líbano, Irak, Siria y Yemen… hoy ha comenzado la yihad y la resistencia”.
No fue una yihad defensiva, fue yihad global.
Pocos días después, Khaled Mashal declaró el 13 de octubre como “Viernes de la Yihad” y pidió atacar judíos en todo el mundo, lo que llevó a EE.UU. y a Europa a ponerse en alerta máxima y proteger las sinagogas en todas sus ciudades.
Hezbolá atacó Israel al día siguiente desde el Líbano. Los hutíes, días después, desde Yemen; las milicias, desde otros puntos, días después.
Y en Europa, Francia detuvo una decena de planes de acción terroristas. Para Hamás, conforme a su Carta Fundacional —artículos 7 y 13—, matar judíos es yihad religiosa, no solo nacionalismo palestino, asumiendo, como citaban en el hadiz, que: “el día del juicio no vendrá hasta que los musulmanes maten a los judíos”.
UNA COMUNIDAD INTERNACIONAL INDOLENTE Y BAJO SOSPECHA DE ANTISEMISTISMO
Mientras tanto, la comunidad internacional fue y es narcotizada al banalizar el alcance de tal horror. Al tiempo, organizaciones occidentales implementaron una movilización de distracción radicalmente antisemita y sin precedentes, convocando en centenares de ciudades, el mismo día de la masacre, en favor de la “resistencia palestina”.
En España hay que recordar, en esos mismos días, la convocatoria de manifestaciones a las 24 horas en Barcelona y al día siguiente en Madrid, con presencia explícita de altos cargos gubernativos.
Alta sincronización y vale todo, hasta con el horror. Siempre con los mismos gritos y consignas, y sin haber comenzado la guerra entre Israel y Hamás, dado que esta se produciría bastantes días después porque durante más de una semana el ejército se dedicó a recoger los más de 1.300 cadáveres, a atender miles de heridos y a neutralizar comandos que seguían asesinando.
Mientras tanto y de forma automática, el dispositivo de criminalización de Israel saltaba de las redes a las manifestaciones y progresivamente a mensajes antisemitas en medios de comunicación, en una campaña absolutamente articulada.
Las movilizaciones de apoyo a la masacre terrorista, protagonizadas por el izquierdismo y el islamismo, tenían como lema: “Paremos el genocidio”, gritando al compás en apoyo a las brigadas criminales de Al-Qasam y otras organizaciones que la UE, EE. UU., Reino Unido, Australia, además de Israel, tienen identificadas como terroristas.
No se había iniciado la guerra, pero ya se denunciaba el genocidio y se hacía campaña con la consigna exterminadora de Hamás: “Desde el río hasta el mar”.
A partir de ahí, estigmatización, aislamiento, desinformación y bulos, justificación del terrorismo hacia Israel y los judíos. Y en días se abrirían frentes con ataques de Hezbolá, hutíes, milicias diversas y, finalmente, el propio Irán, que les nuclea, quien, recordemos, no dudó en asesinar a 60.000 civiles en protestas de oposición en una semana de enero de 2026 y en acusar a los pacíficos manifestantes de ser movidos por Israel.
MATANZA CONTRA CIVILES DESARMADOS
En cuestión de horas, Hamás, la Yihad y los gazatíes terroristas efectuaron la matanza, mayoritariamente de civiles desarmados.
Irrumpieron en Israel con un único objetivo: matar a tantos judíos como les fuera posible. Fueron puerta a puerta asesinando a familias en sus camas, quemaron vivos a quienes se escondían, asesinaron a decenas de niños y bebés, decapitaron sin piedad a hombres y mujeres, violaron y quemaron a niñas mientras seguían vivas.
Así lo pidió y difundió Hamás en grabaciones: “matadlos a todos, hasta bebés, borrad su casa”.
En Be’eri, la familia Kedem, padre y madre, sus tres hijos entre 5 y 2 años, fueron quemados vivos abrazados.
La familia Kutz, padre, madre y 3 hijos de 8 meses a 9 años, los asesinaron juntos. En otra casa encontraron el ADN de 3 generaciones en una misma ceniza —abuela, hija y nieta—, abrazadas en la habitación de protección (el mamad); les prendieron fuego para que salieran o murieran asfixiadas.
En Kfar Aza, la familia Idan: el padre y la hija mayor de 18 años serían asesinados, mientras la madre y 3 niños, secuestrados.
En el kibutz Nir Oz, 40 familias fueron secuestradas al completo, desde abuelos de 85 años hasta nietos de 9 meses. Muchos murieron. Solo unos pocos ejemplos.
Entre los datos del kinocidio, según la Seguridad Social israelí: 37 familias fueron eliminadas completamente, nadie quedó vivo; 81 familias solo tuvieron un superviviente; 242 familias sufrieron el asesinato del padre y de la madre, también con secuestros.
El bebé más pequeño asesinado, Naama Abu Ras, tenía 14 horas desde que nació (en Be’eri); y la víctima de mayor edad, Moshe Rider, con 91 años y superviviente del Holocausto (en Holit).
ESPAÑOLES ASESINADOS
También hubo españoles asesinados: Maya Villalobos, joven de 19 años hispano-israelí, de padre sevillano y madre israelí, que hacía el servicio militar obligatorio en Nahal Oz, a 800 metros de Gaza, en un puesto de observación de cámaras de vigilancia cuando la mataron; Iván Illarramendi, de Zarautz (Guipúzcoa), vivía en el kibutz Kissufim, justo en la frontera; lo asesinaron junto a su esposa, Loren Garcovich, chilena, acribillados y quemados; los cuerpos tardaron un mes en identificarse debido al estado en que quedaron.
Las dos víctimas españolas fueron condecoradas por la asociación Dignidad y Justicia con la medalla de oro póstuma. La Coordinadora de Lucha contra el Antisemitismo reivindica al Gobierno un homenaje y reconocimiento acorde a su condición de víctimas del terrorismo, del kinocidio yihadista.
Ni ONU Mujeres ni sus organizaciones satélites se acordaron de las violaciones sexuales y asesinatos feminicidas cometidos por los terroristas; tampoco los organismos de infancia, ni las organizaciones internacionales de derechos humanos y muchos otros.
En España se intentó pasar página a toda velocidad, cediendo el paso a una campaña de antisemitismo global nunca vista. Sin embargo, aún quedamos gentes que hacemos de la memoria eje central de la justicia y no olvidamos intervenir para hacer posible aquello que dijeron los supervivientes de la Shoá.
¡Nunca más!