Opinión | El nombre que no figura: Trump pide votar como si estuviera en la papeleta; Wilson hizo lo mismo en 1918, en plena guerra, y perdió ambas cámaras

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington y consultor y analista internacional, examina cómo la guerra de Irán, el encarecimiento de la gasolina y el desgaste político de Donald Trump pueden convertir las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre en un plebiscito sobre su presidencia, con el control de ambas cámaras del Congreso en juego. Imagen: Confilegal.

9 / 10 / 2026 05:38

«Es un precio muy barato por lo que hemos hecho. Recuérdenlo. Es un poco más. Francamente, aunque fuera mucho más» — Donald Trump, sobre el precio de la gasolina, mitin en Gastonia (Carolina del Norte), 16 de septiembre de 2026.

El 2 de octubre, en un mitin en Mobile (Alabama), Donald Trump hizo algo que pocos estrategas electorales le habrían aconsejado: le puso fecha al final de su guerra. La de Irán, que ha entrado ya en su octavo mes, «va a terminar muy pronto, y probablemente justo después de las elecciones de mitad de mandato».

Añadió que, en cuanto termine, el petróleo se desplomará. No fue un desliz aislado. El 9 de septiembre, camino de la convención republicana de Dallas, ya había admitido que la gasolina tardaría en bajar «un poco más que las elecciones», y había atribuido la demora a un cálculo de Teherán: resistir hasta noviembre para hacerle daño.

Conviene retener la secuencia, porque explica estas elecciones mejor que cualquier encuesta. El alivio tiene fecha, y es la del día siguiente. La factura también la tiene, y es la de cada semana. Entre una y otra está el 3 de noviembre, con el voto anticipado abierto ya en varios estados.

En aquella convención, la primera que el Partido Republicano celebra en un año sin elección presidencial, Trump pidió a los suyos algo insólito: que votasen «como si yo estuviera en la papeleta».

Su nombre no figura en ninguna. Pero ha decidido que la elección gire en torno a él, y eso transforma una contienda dispersa en 435 distritos y 35 escaños de senador en algo más simple y más peligroso para quien la convoca: un plebiscito.

La tesis de estas líneas es que el resultado dependerá de si el dique que los cartógrafos republicanos levantaron en los parlamentos estatales resiste una ola que el votante nota cada semana en la gasolinera. Y de que el presidente ha colocado la promesa de alivio exactamente al otro lado de ese dique.

Una elección que no elige presidente pero lo juzga

Las elecciones de mitad de mandato son el único momento en que el sistema norteamericano permite al electorado opinar sobre el presidente sin poder cambiarlo.

Precisamente por eso funcionan como un referéndum, y la regla que las gobierna tiene una regularidad casi normativa: el partido que ocupa la Casa Blanca pierde escaños.

Las excepciones recientes son pocas y comparten una condición. En 1998, Bill Clinton tenía una aprobación alta y una economía en expansión; en 2002, George W. Bush gobernaba un país que había cerrado filas tras el 11 de septiembre.

Ninguna de las dos circunstancias concurre ahora. La aprobación de Trump terminó septiembre por debajo del 40 por ciento, en el punto más bajo de su segundo mandato, y la guerra que podría haberle servido de bandera es impopular.

El precedente que de verdad ilumina este otoño es más antiguo.

El 25 de octubre de 1918, con el país en guerra y el armisticio a la vista, Woodrow Wilson publicó un llamamiento a los electores: si aprobaban su liderazgo, les rogaba que lo expresaran «de manera inequívoca» devolviendo una mayoría demócrata a las dos cámaras.

Quería un Congreso afín para negociar la paz. El 5 de noviembre, los votantes le entregaron un Congreso republicano en ambas.

Seis días después se firmó el armisticio. Y el Senado elegido aquel noviembre fue el que rechazó el Tratado de Versalles. La paz llegó a la semana siguiente de las urnas y no salvó al presidente; peor aún, la mayoría que su plebiscito regaló al adversario fue la que le arruinó la paz.

Trump no ignora el riesgo; lo asume por cálculo, y lo ha explicado con franqueza: cuando él está en la papeleta, los suyos acuden; cuando no está, se quedan en casa.

edirles que finjan que está es una apuesta razonable para movilizar a una base que le sigue siendo abrumadoramente fiel. El problema de convertir una elección en plebiscito es que la convocatoria no se cursa solo a los partidarios.

Llega también a quienes desaprueban la gestión, que son más, y que en las elecciones de mitad de mandato suelen ser los más motivados.

El surtidor

Las encuestas coinciden, con rara unanimidad, en el orden de prioridades: el coste de la vida va primero, por delante de la inmigración, la sanidad o la propia guerra.

No es una novedad, pero sí lo es su dirección. En 2024 la carestía llevó a Trump a la Casa Blanca; en 2026 se ha vuelto contra él, porque ya no queda un predecesor al que imputarla de forma creíble.

Y de todos los precios, el de la gasolina tiene una propiedad política singular: es el indicador económico que el votante consulta varias veces por semana, en un cartel luminoso, sin intermediarios ni interpretación.

La guerra ha convertido la política exterior en ese cartel. Con el estrecho de Ormuz cerrado, el galón ha rozado los 4 dólares y medio a finales de septiembre, cuando el secretario del Tesoro había anticipado en julio que volvería a rondar los 3 para el Día del Trabajo.

El gasóleo, que mueve tractores, cosechadoras y camiones, ha marcado máximos históricos en plena cosecha. Ahí está la explicación de que en el mapa del Senado aparezcan ahora estados agrícolas que casi nadie contaba como disputados: Kansas, Iowa, Nebraska.

Allí la guerra no se discute en términos de proliferación nuclear, sino de lo que cuesta llenar el depósito de una cosechadora.

Los candidatos republicanos lo han entendido antes que la Casa Blanca. Ashley Hinson, que aspira al Senado por Iowa, y Mike Rogers, que lo hace por Míchigan, reclamaron a finales de septiembre un final rápido de la guerra.

En Florida, María Elvira Salazar, que revalidó su distrito por 20 puntos hace dos años, emitió un anuncio reprochando al Gobierno de su propio partido que la política migratoria «ha ido demasiado lejos».

Cuando los aliados empiezan a marcar distancias en televisión es que sus encuestas internas dicen lo mismo que las públicas.

Frente a todo esto, el presidente eligió en Gastonia la frase que encabeza esta columna. Puede defenderse en el plano estratégico, y él lo hace: impedir un Irán nuclear justificaría el sacrificio.

Pero en el plano electoral es la definición exacta de lo que un gobernante no debe decir a siete semanas de unas elecciones. Le comunica al votante que el precio que paga no es un accidente, sino una decisión; que quien la tomó la considera barata; y que la habría tomado igualmente si costara mucho más.

La economía de guerra puede pedirse a una nación. Lo que no se le puede pedir es que la agradezca en la gasolinera.

El dique del cartógrafo

Si la elección dependiera solo del ambiente nacional, el desenlace en la Cámara de Representantes estaría escrito.

No depende solo de eso, porque entre el votante y el escaño se interpone el mapa. Como escribí en mayo a propósito de la sentencia Callais, Estados Unidos ha vivido una oleada de redistribuciones a mitad de década sin precedentes desde el siglo XIX.

Texas abrió la carrera a instancias de la Casa Blanca; Misuri, Carolina del Norte, Ohio y, tras Callais, varios estados del Sur la siguieron; California respondió con su propia reforma. El saldo, según la mayoría de los análisis, ronda la decena de distritos más favorables a los republicanos.

El efecto más importante, sin embargo, no es ese saldo, sino la contracción del campo de batalla. Décadas de trazado partidista, agravadas en este ciclo, han dejado la mayoría de la Cámara en manos de apenas una veintena de distritos verdaderamente disputados.

Eso funciona como un dique: amortigua las mareas ordinarias. Pero los diques se calculan para una cota. Un trazado pensado para retener distritos ganados por cinco o seis puntos en un año normal pierde su utilidad cuando el ambiente nacional se desplaza ocho o diez, porque entonces muchos escaños «seguros» dejan de serlo a la vez.

Es la paradoja del trazado agresivo: al repartir a los propios votantes con la máxima eficiencia, deja menos margen en cada distrito, y lo que era ventaja en la marea baja se convierte en vulnerabilidad en la alta.

Por eso los modelos que combinan encuestas, mapas y resultados recientes dan ya a los demócratas como claros favoritos para recuperar la Cámara. Con una mayoría republicana mínima, la cuestión no es tanto quién ganará como por cuánto.

Y el margen importa: no es lo mismo una Cámara ganada por tres escaños que por treinta. La primera obliga a negociar cada votación; la segunda permite investigar, bloquear y fijar la agenda sin depender de nadie.

El Senado, donde las olas llegan de una en una

En el Senado la aritmética es más exigente y el mapa no lo ha dibujado nadie: son los estados, con sus fronteras de siempre.

Los republicanos tienen 53 escaños y el desempate corresponde al vicepresidente Vance, de modo que los demócratas necesitan ganar cuatro netos.

Eso les obliga a algo infrecuente: vencer en lugares donde Trump ganó con holgura hace dos años —Texas, Ohio, Kansas, Iowa, Alaska— sin perder ninguno de los escaños propios en disputa, como Míchigan, New Hampshire o Minnesota.

Las encuestas sitúan a sus candidatos por delante o en empate en la mayoría de esas plazas, y los pronósticos convierten el Senado en una moneda al aire con ligera inclinación demócrata.

Pero aquí la ola llega de una en una, y cada playa tiene su propia geografía. El mejor ejemplo es Maine. Susan Collins es la única senadora republicana de un estado que votó demócrata en las últimas presidenciales, y en un año como este debería ser la presa más fácil del mapa. No lo es.

Las encuestas la sitúan en empate técnico con Troy Jackson, que sustituyó en julio a un candidato demócrata hundido por escándalos personales, y lo consigue arañando en torno a uno de cada cinco votos entre quienes desaprueban a Trump.

En 2020 ya desmintió a la práctica totalidad de los sondeos. Maine recuerda que el Senado sigue siendo, en parte, una elección de personas.

Es en este terreno donde la defensa republicana resulta creíble, y conviene exponerla en sus mejores términos.

Primero, la marca demócrata sigue en números negativos: el electorado castiga al presidente, pero no por ello premia a la oposición.

Segundo, las primarias de este año han entregado varias nominaciones al ala izquierda del partido —Abdul El-Sayed en Míchigan es el ejemplo que más explotan sus rivales—, y eso permite a los republicanos asociar al conjunto de la candidatura con los Socialistas Democráticos de América, una organización que la mayoría del electorado ve con desagrado.

Es la más ambiciosa de sus bazas: transformar el referéndum en una elección entre dos opciones, en la que el votante descontento con Trump tema más a la alternativa.

Tercero, el dinero: desde septiembre, los grupos republicanos han superado en decenas de millones de dólares el gasto publicitario demócrata en los estados decisivos.

Y cuarto, las encuestas estatales ya se equivocaron en 2016 y en 2020, y en ambos casos subestimaron a los republicanos.

Ninguno de estos argumentos es menor. Pero comparten un límite: son herramientas para ganar una elección reñida, no para frenar una adversa.

La consigna del sentido común frente al radicalismo funciona cuando el votante duda sobre el presidente; cuando ya ha decidido, el miedo a la alternativa pesa menos que el bolsillo.

Y el dinero compra presencia en las pantallas, no precios en los surtidores. Hay un indicio revelador de cómo lo leen los propios republicanos: su aparato senatorial ha desplazado fondos de Carolina del Norte, donde el demócrata Roy Cooper aventaja con holgura a su rival, a Kansas, que hasta mediados de septiembre figuraba como inclinado a su favor.

Cuando un partido traslada recursos de un estado bisagra a uno que debería ser seguro, no está atacando; está apuntalando.

Lo que puede cambiar en cuatro semanas

Queda un mes, y no todo lo que puede ocurrir en él pesa lo mismo. Cuatro variables decidirán si la tendencia se consolida o se corrige.

La primera es la guerra. Hay un acontecimiento capaz de alterar el cuadro de fondo: un final real del conflicto, con Ormuz reabierto, antes del 3 de noviembre.

No un anuncio, que ya se ha hecho varias veces, sino un cambio que el mercado traslade a los surtidores a tiempo. Poco apunta en esa dirección: a finales de septiembre, Trump rechazó una propuesta iraní para reabrir el estrecho en siete días.

Lo contrario, una escalada, tampoco le favorecería tanto como sugiere la intuición. El cierre de filas en torno a la bandera suele producirse al comienzo de las guerras, no en su octavo mes.

En 2006, con Irak convertido en un atolladero, los electores entregaron las dos cámaras a la oposición. Una guerra larga moviliza menos en torno al presidente que contra su coste.

La segunda son los precios. La Casa Blanca conserva algún margen: el G7 ha acordado liberar reservas de crudo y la gasolina ha cedido ligeramente en los últimos días de septiembre. Pero la memoria del votante no funciona como un índice; recuerda el máximo, no la décima de descenso.

Y el gasóleo, que es lo que pesa en los estados agrícolas, depende también de los ataques ucranianos contra las refinerías rusas, que Washington no controla.

La tercera es el propio calendario, y es la que menos se comenta. Con el voto anticipado abierto, cada día de octubre una parte mayor del electorado ha votado ya, y cualquier sorpresa tardía alcanzará a menos votantes cuanto más tarde se produzca.

Lo apunté a propósito de Cuba a finales de septiembre: la tentación de un golpe de efecto existe, y la Administración ha seguido apretando a La Habana con nuevas restricciones financieras y de viaje. Las sorpresas de octubre se inventaron cuando todo el mundo votaba el mismo martes.

La cuarta, y quizá la decisiva, es la participación, que es donde Trump ha puesto el grueso de sus fichas. Si su base acude como si él estuviera en la papeleta, el dique de los cartógrafos puede aguantar en la Cámara mejor de lo previsto y el Senado puede seguir en manos republicanas. Si no acude, o si acude con la misma intensidad el voto que se moviliza contra él, el mapa difícilmente bastará para compensarlo.

Un vencimiento al arbitrio de una sola parte

Lo que está en juego el 3 de noviembre no es una cifra de escaños, sino el margen de maniobra de un presidente en guerra.

Una Cámara demócrata recuperaría el poder del presupuesto, que es la palanca más eficaz que la Constitución concede al Congreso sobre una guerra que nunca declaró, y la capacidad de investigar.

También la de acusar al presidente, como el propio Trump advierte en sus mítines, aunque la condena exigiría dos tercios del Senado, una mayoría que ningún partido está en condiciones de reunir. La próxima batalla presupuestaria, fijada para el 11 de diciembre, la librará todavía el Congreso saliente, pero sabiendo ya quién mandará desde enero. Si el Senado cambia también de manos, los dos últimos años del mandato se convertirán en una negociación permanente.

Wilson pidió un voto de confianza para negociar la paz, y la paz llegó seis días después de que se lo negaran. Trump pide el mismo voto, pero ha anunciado él mismo que la paz llegará después, y con ello coloca al votante ante un trato singular: pagar ahora a cambio de un alivio cuyo vencimiento fija unilateralmente quien lo promete.

Nuestro Código Civil lo resolvió en 1889 con una sola línea: la validez y el cumplimiento de los contratos no pueden dejarse al arbitrio de uno de los contratantes. El elector norteamericano no ha leído el artículo 1256, pero aplica su lógica con un instinto que rara vez le falla.

El presidente ha fijado la fecha del alivio en el día siguiente. El elector sólo dispone de una, y es la anterior.

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