Bienaventurados los amables

¿Tenemos el gen del engaño?

17 / 07 / 2016 07:54

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Hace unas semanas, la revista “Personality and Individual Differences” publicó un interesante estudio sobre la relación entre la amabilidad y el atractivo de las personas. Para lograr su objetivo, el equipo de investigación liderado por el doctor Yan Zhang de la Universidad de Huazhong (China) reclutó a ciento veinte voluntarios que fueron separados de manera aleatoria en tres grupos.

El experimento consistía en exhibirles sesenta fotos de mujeres chinas desconocidas que posaban con facciones neutras y, por tanto, no transmitían ningún sentimiento. Después de observarlas, tenían que valorar su atractivo y ponerles nota.

Dos semanas después, los participantes realizaron el mismo ejercicio.

Sin embargo, en esta ocasión, el primer grupo recibió, junto a las fotos, información sobre rasgos positivos de la personalidad de cada una de las mujeres (bondad, amabilidad, honestidad).

El segundo, por el contrario, recibió las fotos con adjetivos negativos (mezquindad, pesadez).

El tercer grupo se limitó a examinar las fotos de las mujeres con caras neutras.

Los resultados del estudio fueron sorprendentes.

En la primera ronda los tres grupos llegaron a la misma conclusión sobre el atractivo de las mujeres.

En cambio, en la segunda ronda, el grupo que recibió las imágenes con los adjetivos positivos, consideró que las mujeres eran más atractivas.

Y, por el contrario, los que recibieron las fotografías con descriptores negativos, concluyeron que el grado de atractivo había bajado.

Aunque la muestra del estudio era muy reducida, los investigadores concluyeron que existe una relación directa entre la amabilidad de una persona y su atractivo.

La amabilidad es una pieza fundamental de las relaciones humanas.

Cuando cedemos el paso a un peatón, ayudamos a alguien a encontrar algo en el supermercado o saludamos a un conocido mostrando aprecio, estamos desencadenando una reacción de satisfacción, bienestar y felicidad.

Según el psicólogo estadounidense Gary Chapman, ser amable con los demás está lleno de ventajas.

Nos reporta una sensación de paz y de euforia que se obtiene cuando se hace algo pensando en el interés exclusivo de otra persona. Hace retroceder los sentimientos de depresión, hostilidad y aislamiento.

Mejora nuestro sistema inmunitario al mantener a raya los niveles de cortisol.

De esta manera, padeceremos menos estrés y alejaremos el riesgo de cardiopatías.

Un estudio efectuado por la Universidad de Stanford (Estados Unidos) reveló que las emociones negativas –como, por ejemplo, la ira- reducían la eficacia del bombeo del corazón en pacientes que han sufrido un infarto.

Otro estudio publicado en el año 2003 demostró que las personas que tienen un estilo emocional positivo tienen menor riesgo de desarrollar el catarro que previamente se les había inoculado por los investigadores.

En definitiva, la amabilidad aumenta el sentimiento de valía personal, el optimismo y la satisfacción general en la vida. A estas ventajas, además, tenemos que añadir otra: ¡nos hace más atractivos!

Si se tratara de un medicamento, estoy seguro de que acudiríamos rápidamente a la farmacia más cercana. ¿Se imagina que un médico le receta una pastilla que le ofrece mejor salud, una buena dosis de optimismo y mayores posibilidades de ligar?

Sin embargo, a pesar de las ventajas indudables que presenta la amabilidad, en ocasiones nos resulta muy difícil ponerla en práctica.

¿Cuántas veces hemos tratado con alguien que parecía estar perdonándonos la vida?

¿Cuántas malas contestaciones nos hemos llevado cuando hemos preguntado simplemente quién era el último de la fila?

¿Por qué no encontramos siempre en el otro una sonrisa en los labios y unas palabras agradables?

No podemos concebir la amabilidad como una virtud al alcance de unos pocos, sino como una obligación hacia los demás.

Quizá sea el momento de recordar las palabras de Platón: “Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla”.

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