¿De dónde viene la 'mala fama' del jurista?

¿De dónde viene la ‘mala fama’ del jurista?

4 / 09 / 2016 07:58

Actualizado el 04 / 09 / 2016 08:09

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Toda profesión tiene algo especial, aunque algunas, por su repercusión social tienen algo más, me refiero al magisterio, la medicina y el derecho, esto es, el maestro, el médico y el jurista.

Mientras el maestro es un transmisor de la cultura recibida y vela por la educación de las generaciones nuevas, o el médico cuida de nuestra salud. El jurista es un profesional o estudioso del derecho, que ejerce una función social de primer orden.

Puesto que su trabajo es discernir sobre lago tan complejo como las relaciones humanas y, especialmente, en situaciones conflictivas que afectan al honor, al patrimonio, a la familia y a la libertad de una persona.

No obstante, algunas de las actuaciones de estos juristas públicos suelen ponerse en entredicho la profesión de jurista, creándole mala fama.

Algo que también hemos podido constatar a través del cine en películas como Veredicto Final, protagonizada por un fantástico Paul Newman, en el papel de abogado fracasado, alcohólico y sin trabajo que repartía sus tarjetas entre los asistentes al entierro de un desconocido muerto por atropello.

Y que acaba siendo apaleado por los hijos de la víctima. Escenas como esta, de las que existen otros muchos ejemplos, muestran la pésima imagen que los letrados tienen entre la población general.

La labor del jurista, desde tiempo inmemorial, ha sido vista con desconfianza, suspicacia y recelos por la sociedad.

Estos recelos han provocado que los abogados hayan tenido a lo largo de la historia una muy mala fama como se puede apreciar en sentencias de grandes figuras de la historia como Napoleón que propuso lanzar al río a todos los abogados o el escritor William Shakespeare quien puso en boca de su Enrique VI, la siguiente frase: “la primera cosa que haremos será matar a todos los abogados”.

Toda una declaración de intenciones.

Sin embargo, no conviene olvidar que todas las generalizaciones son malas y, sobre todo, injustas.

Existen muchos buenos abogados y juristas, la inmensa mayoría.

Aunque como en cualquier otra profesión también hay manzanas podridas, pero son las menos.

Generalizar siempre es injusto.

Por eso, debemos romper una lanza por todos aquellos juristas, que con su quehacer diario nos hacen la vida más fácil, resolviendo aquellos problemas que nos enfrentan con nuestros vecinos, amigos y familiares.

De hecho, si un Estado de Derecho que se rige por la Ley, como el nuestro, no tuviera abogados sería como un jardín sin jardinero que lo cuide.

Impensable, ¿verdad?

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