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Ante los refugiados no levantemos muros, tendamos la mano

Este jueves se ha conmemorado el Dia Mundial del RefugiadoLos refugiados y los extranjeros se han convertido en el chivo expiatorio de las políticas ultranacionalistas de corte xenófobo, según Baltasar Garzón.
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Este jueves se ha conmemorado el Dia Mundial del Refugiado. Son sesenta y ocho millones quinientas mil las personas que viven desplazadas en todo el mundo, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

Un número contundente que proporciona una dimensión cuantitativa a todas aquellas imágenes que nos llegan cada día a través del telediario y que representan filas de cientos de refugiados, sin nombre ni historia, recorriendo las tierras y costas de nuestros países.

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Son números e imágenes que a menudo deshumanizamos, mientras se nos inculca un sentimiento de inquietud hacia una inmigración incontrolada, frente a la amenaza latente al propio bienestar personal y a la seguridad nacional, que se traduce en un blindaje de fronteras y una retórica de invasión que fomenta una creciente xenofobia.

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Un discurso que, entre otras cosas, olvida que es así como se ha poblado y configurado el mundo a lo largo de  la historia, desde que el «Homo sapiens» puso dos pies sobre la tierra y levantó la cabeza para poder mirar más allá de las copas de los árboles, pasando por las guerras helénicas, la diáspora hebrea, la colonización y la trata de esclavos, o la guerra civil española, la cortina de hierro, la invasión del Tíbet, la ocupación de Palestina o las dictaduras de América Latina.

Los conflictos políticos y los movimientos migratorios masivos siempre han sido parte de la humanidad, como lo ha sido la tendencia a proteger a quienes huyen para salvar su vida, su integridad personal o su libertad.

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Durante toda la trayectoria de la humanidad, especialmente desde la antigua Grecia como después en la Edad Media, han existido zonas «sagradas» en las cuales los perseguidos no podían ser detenidos, encarcelados o expulsados.

Así, en todo el planeta y a lo largo de siglos, las sociedades han dado acogida a extranjeros atemorizados y extenuados, víctimas de persecución y violencia.

Pero fue solamente a partir de los nefastos efectos de los conflictos bélicos mundiales que la comunidad internacional estableció un marco internacional de protección a través de la adopción de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, complementado posteriormente por su Protocolo de 1967.

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Sin embargo, casi setenta años después, estas mismas normas creadas para proteger a quienes huyen de la muerte, la tortura y la cárcel por motivos políticos, raciales, étnicos o religiosos, están siendo interpretadas y aplicadas de forma restrictiva, cuando no totalmente vulneradas.

Huyen de la persecución, la guerra y la miseria, y cada vez más de la escasez de agua potable, de las inundaciones, las sequías, o la pérdida de cosechas y el hambre provocadas por el cambio climático que ha comenzado a reducir y seguirá reduciendo las zonas habitables del planeta.

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Ante el dilema de morir sin más o morir cruzando la frontera, albergan una luz de esperanza de continuar viviendo para quizás en otro lugar, lejos del que fuera su hogar, volver a construir con mucha dificultad la vida digna que todos los seres humanos nos merecemos y que ellos han perdido o que nunca tuvieron.

De nada sirve hacer más grande al muro, reforzar la valla o coronarla con concertinas.

Llegan y seguirán  porque quien lo ha perdido todo ya no tiene nada que perder.

Son niños, niñas, jóvenes, adultos y ancianos los que emprenden peligrosas rutas en búsqueda de una vida digna, sometiéndose a un trágico calvario de dramas personales y colectivos que, en muchas ocasiones, se mezcla con el tráfico y la trata de personas con fines de explotación laboral o sexual.

Se abusa del desfavorecido, se obtiene lucro de aquel que está dispuesto a todo para seguir con vida.

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Cuando el Mar Mediterráneo o un camión frigorífero no acaba con ellos, la nueva vida que tanto anhelaron y por la que tanto sacrificaron, parece no compensar en absoluto el  rechazo ni las miradas de indiferencia e incluso de odio por el sólo hecho de haber llegado y ser diferentes.

La retórica de la invasión olvida que en el corazón de esta crisis hay personas que  son extranjeras, y son seres humanos con la misma dignidad y derechos fundamentales que los que tuvieron el privilegio de nacer allí.

Los refugiados y los extranjeros se han convertido en el chivo expiatorio de las políticas ultranacionalistas de corte xenófobo, contrariarías a las normas y principios de acogida que alguna vez la comunidad internacional estableció con el firme y decidido propósito de no volver a cometer los horrores del pasado.

¡Qué rápido olvidamos!, ¡qué fugaces nuestros buenos deseos!, ¡qué poco nos cuesta incumplir lo solemnemente acordado! Antes de que sea demasiado tarde, por nuestra propia dignidad y la de ellos, en vez de seguir levantando muros tendamos la mano.