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¿A quién le importa la verdad?

Fernando Pinto es magistrado, titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº 3 de Mahón (Menorca), doctor en Derecho y académico c. de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.
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El 26 de abril de 1986 explotó el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil. A partir de ese momento, el gobierno soviético inició una campaña de desinformación para transmitir a los ciudadanos que se trataba de un accidente sin importancia y que no existía riesgo para la salud de las personas.

Valeri Legásov, un prestigioso científico soviético, se integró en la comisión gubernamental de la URSS para esclarecer las causas del accidente y adoptar las medidas necesarias para minimizar sus efectos.

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Cuando Legásov compareció en agosto de 1986 ante la Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena, no pudo transmitir con sinceridad el resultado de su investigación y que apuntaba a un fallo en el diseño de la central nuclear.

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A pesar de sus valiosas aportaciones que salvaron millones de vidas, tras la celebración del juicio contra los responsables de la central nuclear, el gobierno soviético le defenestró y fue condenado al olvido.

La falta de reconocimiento de su labor, unido a una fuerte depresión, le impulsaron a quitarse la vida cuando se cumplía el segundo aniversario del desastre nuclear.

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Este año se ha estrenado una serie en el canal HBO sobre el desastre nuclear que analiza con notable maestría cuestiones tan relevantes como la mentira, la desinformación, el poder autoritario, los burócratas y el heroísmo ciudadano.

En el último capítulo de la serie, se escucha la voz de Legásov reflexionando sobre el poder de la mentira: “Ser científico es ser ingenuo. Estamos tan centrados en descubrir la verdad que no consideramos la poca gente que quiere que la descubramos. Pero siempre está ahí, la veamos o no, elijamos verla o no. A la verdad le da igual lo que queramos. Le da igual nuestro gobierno, nuestra ideología, nuestra religión. Esperará eternamente. Y éste es, al final, el regalo de Chernóbil. Antes temía el precio de la verdad. Ahora solo me pregunto: ¿cuál es el precio de las mentiras?”.

Una de las preocupaciones constantes del ser humano a lo largo de la Historia ha sido, sin duda, la búsqueda de la verdad.

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Filósofos y científicos han elaborado teorías para explicar de qué manera podemos superar la opinión y llegar al conocimiento verdadero.

Por desgracia, esa búsqueda de la verdad no ha estado exenta de riesgos.

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Muchas personas han ardido en la hoguera defendiendo ideas que, siglos más tarde, se han demostrado verdaderas.

Otros han sufrido prisión, tormento, exilio.

Han sido relegados a un rincón en la penumbra donde nadie pudiera aprender sus enseñanzas.

Cuando el poder se veía amenazado por la verdad, se activaban los mecanismos para silenciarla y que nadie pudiera cuestionar el pensamiento dominante.

LAS MENTIRAS SE CREEN MÁS QUE LA PROPIA VERDAD 

En los últimos años, esta tendencia a silenciar la verdad ha adquirido una nueva dimensión con las redes sociales.

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En vez de defenestrar al científico, pensador o filósofo, se ha creado un nuevo sistema global que minimiza sus aportaciones a través de la difusión de mentiras.

En la época de la post-verdad, los datos objetivos han perdido importancia en la formación de la opinión pública.

La nueva forma de comunicación consiste en apelar a las emociones, las creencias o deseos del público para provocar determinados estados de opinión.

En este nuevo escenario, las “fake news” constituyen un instrumento de desinformación de especial trascendencia hasta el punto de que resulta prácticamente imposible reconocer la verdad en el universo informativo.

Un grupo de investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) examinaron la repercusión en Twitter de noticias cuya veracidad o falsedad se había corroborado previamente por un organismo de verificación independiente.

Tras analizar más de cien mil noticias “tuiteadas” por tres millones de personas, constataron que las noticias falsas se compartían un 70% más que las verdaderas.

La difusión de las “fake news” alcanzaba a entre 1.000 y 100.000 personas en contraste con las informaciones verdaderas que rara vez superaban la barrera del millar de usuarios.

Combatir la desinformación –y, por tanto, apostar por la verdad- constituye un reto de primera magnitud para la democracia.

Una sociedad plural necesita recibir información fiable y contrastada que le permita, de una forma serena, formarse un juicio de opinión. Cuando la libertad de información se utiliza para propagar la mentira, se está destruyendo uno de los pilares de la convivencia.

Aunque la verdad duela, sea incómoda y nos haga reflexionar, es un objetivo irrenunciable pues ¿quién quiere construir su vida sobre una mentira?

Quizá sea el momento de recordar las palabras del psicoterapeuta Alfred Adler: “Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”.