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Guadalupe Sánchez Baena, autora del libro «Populismo punitivo»: «Los populismos identitarios nacionalistas y de género se retroalimentan»

La autora del libro es abogada ejerciente, dirige su propio bufete de abogados, GM Legal Experts, y es una conocida activista en las redes sociales, a través de su perfil en 'Twitter' @Proserpinasb, por su defensa de la presunción de inocencia, las garantías procesales y la independencia judicial.
| | Actualizado: 06/10/2020 14:22

Guadalupe Sánchez Baena acaba de publicar el libro ‘Populismo punitivo’ (Editorial Deusto), en el que analiza los peligros de aupar la voluntad popular por encima de leyes e instituciones.

La autora aborda en esta entrevista para Confilegal el populismo identitario nacionalista y el de género que, según afirma, «se retroalimentan uno al otro».

Destaca, además, que «la política ha contribuido también a generar unas alarmas sociales artificiales».

Licenciada en derecho por la Universidad de Alicante (1995-2000) y abogada ejerciente, Sánchez Baena dirige su propio bufete de abogados GM Legal Experts, y es una conocida activista en las redes sociales, a través de su perfil en ‘Twitter’ @Proserpinasb, por su defensa de la presunción de inocencia, las garantías procesales y la independencia judicial.

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¿Cuál es el populismo más peligroso?

El populismo es transversal y todos los movimientos populistas comparten métodos y herramientas, tanto en el plano discursivo como ejecutivo. Así que podríamos concluir que también comparten peligrosidad.

En el plano discursivo, todos los populismos comparten la crítica sistemática a las élites, la cual no se realiza desde postulados constructivos, sino revolucionarios. O, como ellos prefieren denominarlos, cambio de régimen.

También comparten la moralización del espacio público, del discurso político.

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En el plano de la ejecutividad, todos los populismos confluyen en erigirse en portavoces de la voluntad popular, de la gente, pues entienden que es el pueblo el que les confiere legitimidad para apropiarse de las prerrogativas estatales y colonizar las instituciones.

Es algo que se aprecia con meridiana claridad en los populismos de corte identitario, tanto en la ya conocida vertiente nacional como en la más novedosa “de género”. Ambos compiten en el mismo plano discursivo y confluyen en la resurrección de figuras como el derecho penal de autor y en el cuestionamiento sistemático de derechos humanos y libertades fundamentales, como la presunción de inocencia.

¿Y en España?

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En España son especialmente visibles estas coincidencias y confluencias entre las distintas vertientes populistas, y se aprecia cómo la una es coartada de la otra.

Por lo tanto, y contestando a su pregunta, ambas corrientes populistas –la nacional y la de género- comparten peligrosidad.

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¿Cree que se tiende a menospreciar estos movimientos identitarios?

Sí, precisamente porque se diseñan desde una estrategia polarizadora que traslada a la ciudadanía la necesidad de tomar partido por uno u otro, de optar entre el bien o el mal.

Pero es una falsa dicotomía.

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La primera pregunta es un buen ejemplo de esto que digo. Como ya he comentado antes, en el fondo el identitarismo de género es la coartada perfecta del identitarismo nacionalista para autojustificarse, y viceversa.

Se retroalimentan.

La exaltación de la emoción frente a la razón viene de antiguo y como usted dice siempre ha dado buen resultado. ¿Cree que asistimos a un renacimiento de este resorte?

Desgraciadamente, así es. Como bien explica Haidt, el ser humano es una mezcla de emoción y razón. Todos los razonamientos surgen en torno a una suerte de intuición primigenia, a la que buscamos dotar de razones.

Nuestra sociedad está enferma de paternalismo y eso es un caldo de cultivo perfecto para los populistas, a cuyos discursos acuden los ciudadanos para dar forma a esas intuiciones iniciales.

En este sentido, ha sido fundamental que desde la política tradicional se haya renunciado, en pos de un falso consenso, a dar determinados debates o admitir determinadas problemáticas (eso que algunos llaman corrección política).

Ha sido el abono perfecto para el resurgimiento de estos populismos identitarios y moralistas.

«La agitación social no tiene correspondencia en los datos. España es uno de los países más seguros del mundo para ser mujer»

¿Cuál cree que es el resultado de convertir el ejercicio del poder en un espectáculo, como estamos viendo todos los días?

El primero y el más importante, la degradación institucional. El éxito de las sociedades occidentales modernas radica en que se consiguió generar en la ciudadanía confianza en las instituciones del Estado, en que éstas, desde la independencia y la neutralidad, actúan como salvaguarda o contrapeso de sus derechos y libertades frente a la arbitrariedad del poder.

Transformar las instituciones en actores políticos activos destruye de un plumazo esta confianza y habilita al populista para colonizarlas e instrumentalizarlas sin encontrar resistencia popular.

¿Cuáles cree usted que son las alarmas sociales artificiosas actuales?

Las que persiguen la criminalización de colectivos usando como catalizador un hecho luctuoso completo.

Tal y como explico en el libro, en la actualidad destacan dos.

Por un lado, las que giran en torno a la inseguridad en la que vivimos sumidas las mujeres y las agresiones o delitos de carácter sexual de las que somos víctimas por parte de los hombres, ya sean españoles o extranjeros.

La agitación social no tiene correspondencia en los datos. España es uno de los países más seguros del mundo para ser mujer.

Por otro, las que giran en torno a los menores extranjeros no acompañados, los llamados ‘menas’. En este caso, además, consiguen desviar el foco sobre los menores y no sobre el auténtico problema, que son estos centros y sus carencias: la falta de dotación presupuestaria y de personal especializado e implicado.

¿Cómo se crean realidades donde no existen?

La política populista necesita que creamos que los problemas no están en ella, sino fuera, y así puede ofrecerse como solución y justificar su necesidad y sus métodos.

Así que buscan un caso que les sirva de catalizador, que les permita aunar a la gente en torno a discursos que crean colectivos de víctimas y de victimarios.

La política tradicional no ha sabido reaccionar ante esto, y de hecho algunos de estos partidos tradicionales han asumido a pies juntillas estos discursos populistas.

Por ejemplo, el discurso feminista del PSOE es indistinguible del de Podemos.

¿Somos los ciudadanos tan crédulos?

No creo que sea tanto una cuestión de credulidad, como de acuciante paternalismo. La ciudadanía ha asumido progresivamente que la esfera pública se configure en torno a la concepción del Estado como un padre autoritario y protector, del que emanan nuestras libertades.

Y que, llegado el caso, también decide cuáles pueden recortarse o eliminarse en pos de la seguridad.

Este modelo es el caldo de cultivo perfecto para que el populismo triunfe.

¿Qué es el victimismo colectivo?

Es la extrapolación de la condición de víctima y de victimario de un delito concreto, cometido en el ámbito de las relaciones particulares, a todo un grupo cuyos miembros comparten un rasgo o cualidad identitaria concreta, normalmente de carácter indisponible, como el sexo o la nacionalidad.

“Nos están matando a todas” o “no existe democracia en una sociedad en la que el 50% de la población ejerce violencia sobre el otro 50”, que pronunció la actual Presidenta del Senado, Pilar Llop, son buenos ejemplos.

¿El feminismo identitario persigue un privilegio, no la igualdad de género?

Tras la ideología identitaria subyace la necesidad de transformar una cualidad del ser humano en un elemento de privilegio legal.

Tradicionalmente, el identitarismo se ha asociado con el nacionalismo, en el que se privilegia a los ciudadanos que comparten determinados rasgos étnicos, raciales o nacionales frente al resto, que no se estiman merecedores de la misma protección legal.

En los últimos años, ha surgido en torno al sexo un nuevo tipo de identitarismo, el de género, que reniega de la igualdad ante la ley por considerarla una creación del patriarcado para ocultar una suerte de pacto sexual, según el cual las mujeres no somos dueñas de nuestros cuerpos.

La identificación de la igualdad ante la ley con el patriarcado les confiere habilitación para cuestionar el Estado liberal y democrático de Derecho, para realizar una enmienda a la totalidad al sistema.

Yo creo que el feminismo es igualdad ante la ley, por eso rechazo calificar a estos nuevos movimientos como feministas y prefiero calificarlos como identitaristas de género.

«La identificación de la igualdad ante la ley con el patriarcado les confiere habilitación para cuestionar el Estado liberal y democrático de Derecho, para realizar una enmienda a la totalidad al sistema»

¿La disyuntiva es el pensamiento único o la disidencia? ¿Conmigo o contra mí?

Sí. El identitarismo de género es excluyente y adjetivador.

Frente al feminismo tradicional de base liberal, que tiene vocación universal por cuanto que se configura en torno a un derecho humano fundamental como la igualdad ante la ley, el identitarismo de género pretende convertir al feminismo en un gueto altamente ideologizado, en el que no caben los matices y, por tanto, no cabemos todas las mujeres.

¿Lo que usted dice es que el Tribunal Supremo en el caso de la sentencia de ‘la manada’ se sometió a la presión identitaria?

Más que cuestionar las resoluciones judiciales recaídas en este caso, mi crítica se centra en la tergiversación de las sentencias, tanto la del Supremo como las de las instancias inferiores, por parte de líderes políticos con responsables públicas e incluso institucionales.

Fue vergonzoso.

Hasta el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, repitió el eslogan de “hermana yo sí te creo” cuando era evidente que la víctima fue creída en todas las instancias.

Los miembros de ‘la manada’ fueron condenados en todas ellas y la sentencia de la Audiencia Provincial de Pamplona reflejaba expresamente que el tribunal creía en la versión de la víctima.

Este caso es un ejemplo perfecto de cómo la clase política es capaz de transformar una cuestión meramente jurídica, la distinción entre agresión y abuso sexual, en una herramienta política que les sirva de catalizador para enervar un sentimiento de inseguridad colectivo que no se sostiene en datos.

El político que contribuye a la creación de la alarma social se erige también en salvador, usando la voluntad popular como coartada.

Frente a estos discursos identitaristas con alta carga emocional, ¿estamos perdiendo la visión y el pensamiento crítico?

Como ya he dicho antes, tendemos hacia modelos estatales cada vez más paternalistas, en las que la ciudadanía parece dispuesta a dejar que sea el Estado el que provea sobre sus libertades en aras de una mayor seguridad.

Las causas de esta tendencia son múltiples, aunque una de las más importantes es la claudicación de la política tradicional ante quienes han convertido la política en una competición de popularidad, renunciado a la explicación en favor del eslogan.

El populismo no se está combatiendo, simplemente están intentando competir con sus mismas armas. Y esa es una batalla en la que el populista va a resultar siempre vencedor.

«En los últimos años ha surgido, en torno al sexo, un nuevo tipo de identitarismo, el de género, que reniega de la igualdad ante la ley por considerarla una creación del patriarcado para ocultar una suerte de pacto sexual», según la entrevista.

¿Hasta qué punto contribuye el circo mediático al sentimiento colectivo de inseguridad frente al inmigrante?

Los medios son colaboradores necesarios del auge de los discursos identitarios, bien sea por acción o por omisión.

Todos parecen haber olvidado que la presunción de inocencia no sólo tiene una vertiente judicial, sino también social.

Ante las declaraciones de los líderes políticos de cualquier signo que quiebran la presunción, los medios han optado por tomar partido en función de las simpatías políticas de turno, en lugar de recordar, a unos y a otros, que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario y se dicte sentencia firme condenatoria.

Es una obviedad, pero por desgracia está en desuso.

El caso de las chicas norteamericanas que acusaron a tres jóvenes afganos de haberlas agredido sexualmente en nochevieja es un buen ejemplo de cómo unos y otros cedieron ante sus pulsiones: desde el feminismo identitarista para criminalizar al colectivo de los varones y desde el identitarismo de corte nacionalista para criminalizar al colectivo inmigrante.

Ahora, la investigación policial ha revelado que ellas podrían haber denunciado para cobrar el seguro de viaje.

Comparar a Vox con las feministas identitarias como hace usted, es de valientes. ¿Qué grupo le da más miedo?

Aunque nos intentan convencer que uno existe para combatir al otro, en necesidad están compitiendo.

Vox es la coartada perfecta que necesitan las feministas identitarias para legitimarse, y viceversa.

Es más, compiten con los mismos métodos y herramientas conceptuales y jurídicas: el derecho penal de autor.

Lo que pretendo con mi libro es que el lector sea capaz de identificar estos discursos, vengan de quién vengan, y sea consciente de los peligros que entrañan.

No se trata de escoger entre uno u otro, porque eso es entrar en su juego cuando no hay necesidad.

Aunque el hecho de que el identitarismo feminista ocupe ministerios y se encuentre en pleno proceso de expansión institucional y haciendo uso de prerrogativas legislativas les confiere, en el momento actual, un plus de peligrosidad.