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A los abogados españoles en la Edad Media se los denominaba «boceros»

La abogada Sylvia Córdoba en la Edad Media habría sido "bocera"; la mujer, sin embargo, no llegó a la abogacía hasta 1921. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

En el principio de los tiempos de la abogacía en España a los abogados se les denominaba boceros. Pero boceros con b de Barcelona, porque con “boces o con palabras” ejercían su oficio.

Es evidente que el vocablo, en el siglo XIII, no había evolucionado todavía de la be a la uve.

Eran los tiempos del Rey Alfonso X el Sabio.

La época de la elaboración y promulgación del Código de las Siete Partidas, que unificó la ley para todos los españoles.

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Una época en la que la ciencia de las leyes era considerada la más provechosa de todas las ciencias.

A los “boceros”, aquellos abogados primitivos, se les atribuyó, por orden del rey, la capacidad de intervenir ante los tribunales, y citamos textualmente, “para igualar la condición de los litigantes, haciendo que éstos no pierdan sus derechos por mengua de no saber razonar”.

A pesar de la vertiente oral del Derecho, prevaleció, como era natural, su vertiente escrita, la letra.

El proceso, por lo tanto, pasó a identificarse con su parte escrita.

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De hecho, desde el Código de Hammurabi, 19 siglos antes de Cristo, las leyes habían venido siendo escritas en todo tipo de medios, ya fuera piedra, tablas, pergaminos o papel, con el fin de fijar su conocimiento y crear la seguridad jurídica necesaria que toda sociedad precisa.

Y de «boceros» pasaron a ser conocidos como «letrados».

Según la historia, el vocablo “letrado” era sinónimo de “sabio”, “docto” o “instruido” en cualquier cosa.

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Así apareció en los comienzos del castellano.

Pero ese significado se fue perdiendo poco a poco para aplicarse sólo a los juristas.

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De la misma forma que la palabra magistrado, de la que ya hemos hablado aquí, se aplicaba a aquellas personas del Estado que ejercían la autoridad y al final se ha quedado para definir sólo a los jueces.

La palabra «bocero» fue sustituida por la de «letrado», produciéndose lo que los semánticos denominan “tropo” o cambio de significado.

Así, “letrado” pasó de ser “hombre sabio, docto o instruido” a “hombre sabio, docto o instruido en Derecho” o “jurista, y después “abogado”.

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Algunos especialistas han argumentado que fueron los abogados los que se apropiaron indebidamente del vocablo para sí, pero la realidad es que fue el vulgo, el pueblo, el que se lo atribuyó a los abogados, convirtiendo ambas palabras en sinónimos la una de la otra.

Y es que, como decía Don Quijote, es el común de la gente la que tiene poder sobre la lengua y la enriquece.