Firmas

El último de Annual o como mi abuelo, el doctor Emilio López-Galiacho, sobrevivió a esa masacre

Javier López-Galiacho Perona
El último de Annual o como mi abuelo, el doctor Emilio López-Galiacho, sobrevivió a esa masacre
El teniente de Sanidad Militar, Emilio López Galiacho, en una foto tomada en 1921 en Melilla, semanas antes de que sucediera el desastre de Annual, donde se vio en el centro del huracán, como cuenta su nieto, el doctor y profesor de Derecho, Javier López Galiacho, en su columna. Los que posan con él en esta foto histórica fueron dos periodistas que iban a cubrir la ofensiva proyectada por el general Manuel Fernández Silvestre. Foto: Álbum de la familia López-Galiacho.
31/7/2021 06:46
|
Actualizado: 31/7/2021 06:46
|

El doctor Emilio López-Galiacho Alonso, mi abuelo, falleció rodeado de sus familiares en la ciudad de Albacete, un caluroso 24 de junio de 1987, festividad del patrón de la ciudad y a la edad de 89 años.

Hoy cuenta con una calle en esa ciudad.

Había nacido a orillas del Duero, en Castronuño (Valladolid), en el año del desastre de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y fue algo más que un testigo directo de otro gran desastre como fue en los últimos días de julio de 1921, hace ahora cien años, la evacuación trágica, mejor dicho, la desbandada, del puesto español de Annual y otros cercanos hacia la plaza de Melilla.

De lo que vivió aquellos días hasta su llegada, exhausto, enfermo y abrasado por la sed, cargando heridos hasta la ciudad de Melilla, dio cumplida cuenta ante el Tribunal Supremo en aquel expediente llamado Picasso, al ser encomendado al general Juan del mismo apellido, por cierto, tío del genial pintor malagueño.

Picasso delegó la toma de declaraciones a los testigos, en el juez permanente militar de Melilla, el comandante de infantería Manuel Ramírez Gonzalez, al que le respondió en un interrogatorio de seis intensas preguntas (7 de abril de 1923, AHN, TS, 51 N 15, folios 3813 y 3812v, respectivamente).

El general Juan Picasso, tío materno del famoso pintor Pablo Ruiz Picasso, fue encargado de la investigación sobre el desastre de Annual; sus conclusiones fueron devastadoras. La foto corresponde a la portada del libro «El expediente Picasso: las sombras de Annual», obra de Juan Picasso González, publicado por Almena Ediciones.

Lo que a partir de ahora voy a relatar a los lectores de Confilegal es su declaración jurada ante el Juez militar, que sería declarada secreta y que casi cien años después hemos podido recuperar la familia.

Ya adelanto, lo que coincide con la posición que mantuvieron otros supervivientes de Annual, que durante su vida nos contó muy poco acerca de aquellos acontecimientos.

Sabíamos todos que había estado aquel año de 1921 en Melilla y en Annual, que lo pasó muy mal y que dejó el ejercito por la medicina.

Es más, recuerdo de pequeño en su casa con la curiosidad ratonil de un niño encontrar en sus cajones una pistola corta con la que seguro defendió su vida en Annual y unas fotos de compañeros suyos pinchando en sus sables cabezas cortadas de rifereños en sed de venganza por lo ocurrido en aquellos días de julio y agosto de 1921, veinte días de infamia para España y su ejército.

Emilio López Galiacho llegó a Melilla en 1921, en enero de ese año.

Con tan solo 23 años, ya siendo licenciado en Medicina por la Universidad Central, donde se formó en aquel inhóspito caserón de la calle de Atocha y entabló una buena relación con don Santiago Ramón y Cajal.

Quiso ser actor como su padre, Pepe López Alonso, quien por su fama entonces fue lector privado de Galdós cuando el escritor canario quedó ciego.

Su padre obligó literalmente a mi abuelo y a su hermano a ser médicos para que no entraran en el difícil e imprevisible mundo de la farándula.

UN JOVEN MÉDICO MILITAR EN EL INFIERNO DEL RIF

Con el grado de teniente médico militar, arribó a Melilla y tras pasar por varios hospitales, fue nombrado jefe de montaña de la Compañía Mixta de Sanidad Militar. Lo que implicaba ser el máximo responsable de la llamada caballería de Sanidad.

Es decir de las mulas y sus artolas, aparatos que, en forma parecía a las aguaderas, se colocaban sobre dichos animales, para que pudieran ir sentadas dos personas. Eran una suerte de camillas para evacuación de heridos.

Cuando se desencadenan los acontecimientos trágicos de Annual en aquellos días de julio de 1921, Emilio López Galiacho estaba allí destinado como jefe de las artolas.

Las artolas eran un medio muy común en el Rif para transportar a los heridos.

Con una gran presión en la asistencia de heridos pues se habían concentrado en la enfermería de Annual los graves heridos que habían sobrevivido a los cercanos puestos de Arrabán y, especialmente, de Igueriben, donde habían muerto en su asedio por las tropas rifereñas de Abd el Krim más de 400 españoles.

El teniente Lopez Galiacho, junto a otros compañeros médicos, atendieron las graves heridas, haciendo curas rectificadoras a los muchos heridos, tanto en la tienda hospital como en la propia tienda del general Manuel Fernández Silvestre, máxima autoridad militar, que la había cedido como improvisada enfermería.

La noche del 21 de julio de 1921, el general Silvestre, que se hallaba en Annual tras los graves acontecimientos de aquellos días, acordó, no sin cierta oposición de otros mandos, la evacuación al amanecer del puesto ocupado en ese momento por, ni más ni menos, que 5.000 soldados del ejército español, que habían de conducirse hacia la Plaza, como se conocía a Melilla.

Aquella mañana fue un caos.

Los rebeldes rifeños sembraron el terror entre las tropas españolas, de reemplazo, sin casi entrenamiento ni formación, que huyeron en desbandada, lo que propició la matanza indiscriminada de nuestros soldados.

Empezó a conocerse que se había dado la orden de evacuación. Mi abuelo no recibió orden directa de nadie de abandonar la posición, únicamente el comandante médico Carlos Gómez-Moreno le ordenó que saliera con todas las artolas que acampaban en la parte baja del campamento y que fuera cargando en ella los heridos sobrantes del convoy de camiones que él iba a organizar.

Organizó también un convoy rápido utilizando ambulancias y camionetas en las que mandó introducir a los heridos más graves, que, según la orden militar, eran los de cabeza, pecho y vientre.

Luego, mi abuelo ordenó la entrada de las mulas hasta el centro del campamento, pues estaban acampadas en la parte inferior del mismo.

Fue de tienda en tienda recogiendo heridos que ayudaba a cargar en las artolas, mientras hacía la clasificación de heridos que la premura de tiempo permitía.

Disponía de un solo medio de transporte que, forzosamente, tenía que utilizar para todos los heridos, sin distinción.

Ordenó al sargento de la sección que se pusiese a la cabeza del convoy de artolas y siguiera en dirección a Izzumar por donde la columna marchaba.

Mi abuelo se quedó en el puesto de Annual, organizando la evacuación de los heridos que restaban. Ordenó la salida de las todas las artolas disponibles y no abandonó la posición hasta quedarse sin medios.

LOS OFICIALES HUYERON Y DEJARON A LA TROPA DETRÁS

Lo más sorprendente y grave de aquel momento fue comprobar que no había ningún jefe ni oficial; la mayoría ya habían sido evacuados en vehículos a motor, llamados convoyes rápidos, en dirección a la plaza de Melilla.

Mientras que los jefes y oficiales huían camino de Melilla para salvar su vida, mi abuelo, heroicamente, en cumplimiento de su deber y sin abandonar sus funciones, siguió salvando vidas hasta quedarse sin medios de transporte.

Fue de los últimos en salir de Annual, bajo un fuego intenso del enemigo. Intentó sumarse a la columna que, sin orden y con precipitación, cruzaba el peligrosísimo y dramático desfiladero de Izzumar, conocido como el “tobogán de la muerte”.

Era llamado así porque su diseño, en zigzag, era un blanco fácil para los enloquecidos soldados beréberes al mando de Abd el Krim.

El regreso a Melilla, a través de desfiladeros como el de Izzumar, conocido como el “tobogán de la muerte”, fue para los rifeños como el tiro al blanco, con los soldados de reemplazo españoles haciendo de blanco. Foto: Cuadro de Augusto Ferrer Dalmau, el «pintor de batallas».

Como personal facultativo solo quedó él y, como auxiliar, un sargento herido. En el paso de Izzumar, mi abuelo encontró muchos heridos, algunos con grandes hemorragias.

A pesar del fuego intenso enemigo de los rifeños, tanto a izquierda como a derecha, se detuvo, para asistirles con los escasos medios que disponía, utilizando lo que a mano encontraba, cargando otro herido más en su artola y parando otros mulos que veía pasar para subir a los heridos.

Así continuó, parándose a socorrer a heridos hasta unos cinco kilómetros de la posición de Ben Tieb, en que ya, falto de fuerzas, y por la sed que le abrasaba, se dirigió a una ambulancia automóvil que se hallaba parada a un lado del camino en espera de heridos.

A bordo de esa ambulancia llegó hasta el puesto de Dar-Drius. Comprobó que muy pocas artolas habían conseguido llegar hasta allí. Fue plenamente consciente de la carnicería en que se había convertido la desbandada y la evacuación de los heridos.

En esa posición reunió todas las artolas que allí habían llegado, que eran muy pocas, y cuyos heridos habían sido entregados en la enfermería de la posición.

A última hora de la tarde ya no llegaron más. El panorama era desolador. Las secciones estaban desechas y no contaban con material curativo.

En estas condiciones, se fue a la enfermería de la posición, repleta de heridos que estaban siendo atendidos.

A continuación organizó todos los camiones y ambulancias que encontró en el lugar para trasladar a los heridos al puesto de Tistutín. Sin embargo, el transporte resultó insuficiente dado el alto número de heridos.

Mi abuelo enfermó, extenuado por las fatigas de tantos días, haciendo oídos sordos a las reiteradas indicaciones del capitán médico de la enfermería, don Víctor García Martínez, para que se fuera a la Plaza de Melilla.

No quiso hacerlo.

A última hora de la tarde, ese mismo capitán médico le comunicó la orden del general Felipe Navarro, de que las fuerzas llegadas de Annual, que estuvieran desorganizadas e inservibles debían continuar hacia la Plaza.

Eso iba por él, también.

Poco después, tras reunir al escaso personal que tenía, y a los muchos heridos extenuados, reunió todos los medios de transporte a su disposición e inició la marcha tras las fuerzas de artillería que habían sobrevivido, procedentes de Annual, rumbo a Batel, donde pasó la noche.

Continuó de mañana hasta Tistutín, donde se presentó ante el capitán Teófilo Rebollar, jefe de aquella enfermería.

Detrás de las baterías, cargados de heridos, continuaron el camino, emprendieron después la marcha hacia Melilla, sin encontrar durante el camino obstáculo alguno.

Llegaron a la Plaza a las diez de la noche.

No hay palabras para describir lo que vio, lo que sufrió, mi abuelo en aquellos días desde su salida de Annual hasta poner pie a salvo en Melilla.

Los cadáveres de los soldados españoles se pudrieron durante semanas al sol. Así fueron encontrados cuando las tropas españolas, semanas más tarde, respondieron a la agresión de las huestes del líder rifeño Abd El Krim.

Aquellos días de infamia nos costaron a los españoles más de 10.000 bajas, muchos de nuestros soldados fueron salvajemente asesinados. Sin respetar los más mínimos códigos militares o de honor. Ni tan siquiera la más mínima humanidad por parte de los rifeños de Abd el Krim

Mi abuelo continuó en Melilla sirviendo en Sanidad Militar hasta 1923.

Pero no acabó con Annual su odisea. El 29 de septiembre de 1921, acompañó con su compañía de Sanidad Militar a los generales Duero y Cavalcanti en el aprovisionamiento de la posición de Tizza, que guarnecía el paso oeste a 12 kilómetros de Melilla, al norte del Monte Gurugú, y que fue defendida por unos 10.000 rifeños.

También, por causa de esta acción, tendría que declarar mi abuelo en el expediente Picasso sobre el comportamiento de los jefes y oficiales en esa llegada a Tizza.

ALGUNOS COMPAÑEROS DE SANIDAD MILITAR SE SUICIDARON POR LO VIVIDO

El impacto de lo vivido en Melilla fue tan tremendo que varios compañeros de Sanidad Militar se suicidaron y otros, como él, decidieron dejar el Ejército.

Así, tras la decisión de entregar sus dos estrellas de 6 puntas como teniente, sacó unas oposiciones de médico nacional y fue a dar a la provincia de Albacete. Allí sirvió en varios pueblos, donde conoció a mi abuela. Uno de ellos fue Peñascosa. Allí fue médico de la familia ganadera de Samuel Flores. Después llegó a la capital, donde su trayectoria fue ejemplar al servicio de la medicina.

Gracias a su gran humanidad y a su profesionalidad fue conocido como el “médico de los pobres”. Su implicación con la atención médica de beneficencia fue una cuestión personal.  También con la dirección del hospital provincial de la Diputación de Albacete.

Tuvo gran amistad con el doctor Carlos Jiménez Díaz, quien le propuso que se fuera con él a Madrid. Pero decidió quedarse en Albacete.

En la guerra civil casi fue pasado por armas por el Ejército republicano. Le salvó la UGT, en reconocimiento a su trabajo en favor de los enfermos sin recursos.

Por eso mismo fue también juzgado por el régimen de Francisco Franco, que consideró una tacha en su expediente que hubiera sido apoyado por los socialistas.

¡Los que le salvaron la vida!

Emilio López Galiacho en una foto tomada en los años cuarenta. Posa con su esposa, Jacinta Gallego, y sus hijos, Emilio, en primer término, y Juan, en brazos de su madre, padre del autor de esta columna. Foto: Familia López-Galiacho.

Mi abuelo fue, hasta su muerte, un hombre íntegro. Una persona que daba gran importancia al estudio y al esfuerzo. Amaba el teatro,  la ópera, la Zarzuela y los toros, donde tuvo grandes amigos, dada la profesión como actor de su padre.

Apasionado del balompié, fue pionero del fútbol en Albacete. Formó parte, como defensa, del equipo antecedente del hoy histórico Albacete Balompié.

En sus últimos días no hacía nada más que pedir que sonara el aria de “El adiós a la vida” de la ópera “Tosca”, por su tenor favorito Miguel Fleta.

Ahora, tras estudiar su comportamiento heroico en Annual y Tizza, entiendo su seriedad, su firmeza. Lo poco que era dado a emociones descontroladas. Siempre contenido. El paso por el desfiladero del “tobogán de la muerte” tuvo que curarle para siempre de cualquier atisbo de engolamiento.

Solamente le vi emocionarse una vez. Era el día de las Fuerzas Armadas en la Transición, que se celebró en Melilla.

Se inició el desfile al son del pasodoble la “Banderita”, aquel célebre pasodoble de la revista “Las corsarias” del maestro Francisco Alonso con el que el desembarcó en 1921 en Melilla.

Seguro que revivió aquellos días de la infamia.

Hace unos días, ante su tumba, y en recuerdo de él y de todos los albacetenses fallecidos en el desastre de Annual –casi 170 soldados–, y de aquellos que lograron sobrevivir, como él, celebramos un homenaje el mismo día del centenario de la evacuación.

Javier López-Galiacho, autor de esta columna, junto a su hermano, el periodista Juan Luis Galiacho –a su izquierda–, a continuación el alcalde de Albacete, Emilio Cruz, y el el presidente de la Diputación, Santiago Cabañero y Enrique Cerró, autor de «Albacete y Annual». En el otro lado, el vicealcalde de Albacete, Vicente Casañ, y el subdelegado de Defensa, el coronel del Ejército del Aire, Miguel Ángel de la Torre, y Margarita López-Galiacho, prima de Javier y de Juan Luis, en el homenaje al que fuera teniente de Sanidad Militar en el desastre de Annual, Emilio López Galiacho celebrado el 21 de julio pasado, en el centenario de aquella pesadilla histórica.

Asistieron el coronel Miguel Ángel de la Torre, como representante del Ejército, el alcalde de Albacete, el socialista Emilio Sáez Cruz, el vicealcalde, de Ciudadanos, Vicente Casañ, y el presidente de la Diputación de Albacete, el también socialista Santiago Cabañero, más la presencia entre el público de representantes del Partido Popular y de Vox, pero también con la presencia e intervención de académicos afines a Unidas Podemos.

Todos unidos entendimos qué es lo que estábamos allí homenajeando y recordando ni más ni menos que a esos hombres que en aquellos días se limitaron a cumplir con su deber, no abandonando la responsabilidad encomendada.

Este es el eco que nos llega del pasado al presente, a hoy: aquellos españoles cumplieron con su deber, sin abandonar su posición.

Gracias abuelo por tu ejemplo, ese que guía nuestra vida.

Otras Columnas por Javier López-Galiacho Perona:
Últimas Firmas