«Muerte caritativa» a discapacitados: Así eran los programas de eutanasia involuntaria que aplicaban los nazis
Los discapacitados eran considerados por los nazis como seres inferiores, llegando a ser calificados en algunos círculos médicos como “conchas humanas vacías” o “vidas que no merecen la pena ser vividas”.

«Muerte caritativa» a discapacitados: Así eran los programas de eutanasia involuntaria que aplicaban los nazis

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01/11/2021 06:48
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Actualizado: 01/11/2021 02:56
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En 1920, el prestigioso psiquiatra alemán Alfred Hoche y el jurista Karl Binding publicaron el libro «El permiso para destruir la vida indigna«, de enorme éxito en su época, donde defendían la eutanasia activa de algunos pacientes:

“La vida, como mero fenómeno biológico, no merece respeto jurídico de por sí, ya que puede ser atributo de una criatura que no la merezca… Los médicos deberían comprometerse algunas veces con la idea de quitar la vida de ciertos enfermos mentales, que son seres humanos vacíos, en interés de lograr una comunidad mucho mejor”.

Adicionalmente, se aireó la falsa hipótesis de que la muerte de dos millones de hombres alemanes durante la I Guerra Mundial y el incremento de las tasas percibidas de sujetos “degenerados”, consecuencia de la pobreza y del fenómeno de industrialización del país durante la década de 1920, que disparó las tasas de enfermedades infecciosas, podría comprometer el propio futuro del pueblo alemán.

LAS BASES DE LA «HIGIENE RACIAL»

Con estos antecedentes, en la primavera de 1933, Adolf Hitler alcanzó la Presidencia en Alemania y comenzó a poner en marcha, siguiendo sus promesas electorales, políticas racistas en defensa de una “raza superior”, en cuya confección, determinados sectores de la medicina alemana estuvieron presentes.

Para ello contó con la potente maquinaria propagandística nazi, que ejerció una eficaz acción de perversión de la conciencia y de la opinión pública.

Entre las primeras de estas leyes se encontraba la Ley para la Prevención de las Enfermedades Hereditarias de la Descendencia (Gesetz zur Verhütung Erkrankung Nachwuchses), más conocida como Acta de Esterilización, promulgada el 14 de julio de 1933.

Esta normativa permitía, a instancias de un tribunal compuesto por dos médicos y un juez, la esterilización involuntaria de sujetos que eran diagnosticados de debilidad mental congénita, esquizofrenia, “locura circular” (psicosis maníaco-depresiva), epilepsia hereditaria, baile de “San Vito” hereditario (corea de Huntington), ceguera y sordera congénitas, pronunciadas malformaciones corporales de carácter hereditario, alcoholismo crónico grave, etc.

La Asociación Médica Alemana no sólo no se opuso al desarrollo de estas leyes, sino que las alabó abiertamente.

Durante 1934 y 1935 se promulgaron otra serie de leyes, denominadas genéricamente Leyes de Nüremberg (Ley de Protección de la Salud Hereditaria del Pueblo Alemán y Ley de Salud Marital), que incidían en la “depuración de la sangre del pueblo germano”, mediante la prohibición de relaciones sexuales y del matrimonio entre “arios” y judíos, y el sometimiento de las parejas a exámenes médicos premaritales para, presuntamente, prevenir la propagación de “enfermedades racialmente dañinas”.

LA OPERACIÓN T4: MUERTE CARITATIVA

Con la cobertura de las Leyes de Nüremberg y ante la inminencia del inicio de la guerra, que precisaría liberar miles de camas hospitalarias para atender a los soldados heridos, Adolf Hitler firmó, el 1 de septiembre de 1939, precisamente la fecha de inicio de la II Guerra Mundial, un Decreto en el que se especificaba que “a pacientes incurables, después de una valoración crítica del estado de su enfermedad, les fuera permitida una muerte eutanásica”.

Este Decreto constituyó la base del Programa para la Eutanasia, «Gnadentod» (“muerte caritativa”), conocido popularmente como Operación T4 o Acción T4, debido a la localización de su oficina administrativa en el número 4 de la Tiergartenstrasse de Berlín, y supuso el inicio del exterminio en masa de pacientes con “deficiencias” o patologías mentales.

El caudillo nazi firmó la autorización para el programa de eutanasia (Operación T4) en octubre de 1939 aunque está fechada el 1 de septiembre de 1939.

Hay que tener presente, en este sentido, que los enfermos discapacitados concernidos por este programa eran considerados, incluso en textos científicos de la época, como seres inferiores (minderwertig), llegando a ser calificados en algunos círculos médicos como “conchas humanas vacías” (Leere Menschenhülsen) o “vidas que no merecen la pena ser vividas” (Lebesunwertes Leebn).

Para llevar a cabo este proyecto, bajo la dirección operativa de Karl Brandt, médico personal de Hitler, general de División de las SS y comisionado general del Reich para la Sanidad y la Salud, fueron convocados en Berlín todos los directores de los hospitales psiquiátricos de Alemania, donde se les informó sobre los procedimientos relativos al funcionamiento del Programa, que se iniciaba con el envío, por parte del Destacamento de Fuerzas del Reich para Sanatorios y Clínicas de Reposo, de cuestionarios a todas las instituciones psiquiátricas, que debían ser cumplimentados para cada enfermo y devueltos para su estudio por un comité de expertos, integrado por 54 prestigiosos psiquiatras, quienes revisaban y valoraban los cuestionarios remitidos.

Una vez decidida la muerte de un paciente, se le trasladaba a uno de los seis centros regionales de exterminio (Brandenburg, Bernburg, Hartheim, Grafeneck, Sonnenstein y Hadamar) distribuidos por todo el Reich, algunos de ellos integrado dentro de instituciones psiquiátricas, donde eran asesinados rutinariamente mediante diversos métodos, incluyendo la intoxicación con monóxido de carbono, incinerándose rápidamente los cuerpos en hornos crematorios.

Esta práctica sirvió de modelo para la posterior puesta en marcha de la denominada “Solución Final” del caso judío (Endlösung der Judenfrage).

Posteriormente, los médicos responsables de la asistencia de estos pacientes firmaban una carta de condolencia para los familiares (Trostbrief) y falsificaban los certificados de fallecimiento, atribuyendo la muerte a causas naturales, como accidentes cerebro-vasculares o distintos tipos de infecciones.

En total, se estima que la Operación T4 acabó con la vida de más de 200.000 personas, entre los que se contabilizan 5.000 niños (programas de “eutanasia caritativa infantil” o Kinderaktion) diagnosticados de retraso mental y mongolismo, microcefalia, hidrocefalia, espina bífida, deformidades físicas o parálisis.

El proyecto de aniquilación de los discapacitados fue llevado a cabo bajo la dirección del doctor Karl Brandt, médico personal de Hitler, que fue juzgado en Nuremberg después de la guerra. En el centro de la imagen, con auriculares, Brandt, criminal de guerra nazi y médico personal de Hitler, durante los juicios de Núremberg (20 de agosto de 1947). Fue condenado a muerte y ejecutado mediante ahorcamiento. Foto: Wikimedia Commons

LOS PROGRAMAS DE «EUTANASIA DISCRETA O SALVAJE»

Dos años después de su inicio, el 24 de agosto de 1941, la Acción T4 fue suspendida, debido a las protestas populares y a la concentración de esfuerzos en la guerra contra la Unión Soviética, aunque esto no supusiese un cese de los asesinatos, que continuaron de forma furtiva, lejos de la vista de la opinión pública, utilizando habitualmente métodos menos violentos, como dejar morir por inanición a los pacientes.

Estos procedimientos, llevados a cabo en las mismas instituciones sanitarias donde los pacientes estaban ingresados, han sido denominados como “eutanasia discreta” o “salvaje”.

Los pacientes eran asesinados mediante la reducción al mínimo de las raciones alimenticias (Hungerkost), que quedaron prácticamente limitadas a verduras cocidas (dieta E) o cancelando la calefacción de los hospitales en invierno.

En algunos centros, los médicos y enfermeros aceleraban la muerte de los pacientes mediante la administración prolongada de dosis bajas de barbitúricos, con lo que se conseguía una neumonía terminal, mientras en otros centros se efectuaron asesinatos menos discretos, mediante la inyección intravenosa de aire o la inyección letal de varios fármacos, como opiáceos y escopolamina.

Haciendo un cómputo global, los diferentes programas de eutanasia nazi provocaron el asesianto de más de 250.000 enfermos.

En esta segunda fase de “eutanasia discreta”, se ha estimado que pudieron haber sido asesinados otros 110.000 pacientes.

El procedimiento fue detalladamente relatado por una enfermera, de la siguiente forma:

“… fui destinada al asilo de Kaufbeuren con órdenes precisas de practicar la eutanasia a todos los enfermos mentales… Yo reportaba directamente al director del hospital… A los pacientes se les administraba Luminal o Veronal y algunas veces Trional en forma de comprimidos, así como morfina-escopolamina en forma líquida cuando los efectos de los barbitúricos no eran los deseados. La modificación de la dosis de la medicación quedaba bajo mi responsabilidad… Yo, habitualmente, iniciaba el tratamiento con dos comprimidos de Luminal de 0,3 mg diarios e incrementaba esta dosis según el curso de la ‘enfermedad’. El resultado final de la medicación era la inducción de un profundo sueño del que el paciente no despertaba jamás…”.

Ejemplos parecidos fueron reportados como prácticas habituales en otros centros, como el hospital de Meseritz-Obrawalde, donde se llegó a asesinar a 10 000 pacientes.

Vista del cementerio del Instituto Hadamar, donde las víctimas del programa de eugenesia nazi fueron enterradas en fosas comunes. Foto: Holocaust Memorial Museum

El procedimiento seguido en esta institución, según consta en el juicio celebrado en marzo de 1946, en Berlín, contra el personal sanitario de la misma, se iniciaba con la selección de los enfermos candidatos, su ingreso en una habitación de aislamiento y la administración de 10 comprimidos de Veronal o Luminal disueltos en agua.

Sólo cuando el paciente era incapaz de ingerir la medicación, se le aplicaba una inyección de morfina y escopolamina.

Realizando un cómputo global, los diferentes programas de eutanasia involuntaria nazi condujeron al asesinato de más de 250 000 enfermos, en lo que puede ser catalogado como el acto criminal más relevante de la historia de la medicina.

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