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Tamara Falcó y las 20 «eses» de la comunicación popular

Tamara Falcó y las 20 «eses» de la comunicación popular
Lucía Casanueva, socia fundadora de Proa Comunicación, analiza en su columna el fenómeno Tamara Falcó y la inteligencia que hay detrás. Foto: Pedro J. Pacheco/Wikipedia.
06/10/2022 06:48
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Actualizado: 06/10/2022 09:04
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Las audiencias necesitan una reina siempre en el alero. Cuando apenas habíamos enterrado a Isabel II, ha aparecido Tamara I de España con una historia de berrea muy lejos de Balmoral que se ha convertido en un caso de comunicación de éxito popular.

No es lo mismo comunicar con acierto una idea, una empresa, una institución, un servicio, una marca, o una marca personal. El objeto impone el método.

Pero de la gestión de crisis que ha liderado la marquesa de Griñón con el aplauso de las gradas podemos y debemos sacar conclusiones, porque en la ciencia de la comunicación avanzamos si aprendemos con prudencia de los aciertos de unos, de los errores de otros, y de los condicionantes del contexto.

Dice Loreto Ruiz-Ocaña en «Telva» que detrás de la historia de infidelidad que ha copado los medios y los «trending topics» de las redes sociales -en España y en el extranjero- se puede leer “también un auténtico manual sobre cómo gestionar una crisis de marca. Tamara estudió Comunicación en Estados Unidos, y esta semana se ha ‘doctorado’ con sobresaliente en las prácticas de la vida, las más importantes” (…) ya sea por instinto propio, por inspiración divina, por consejo familiar o por sus años de formación en marketing”.

Evidentemente, Tamara ha demostrado que sabe contar historias y meterse al público en el bolsillo.

No es la primera vez que consigue que parezca que no tiene más interés que ser natural, desentrañar la verdad, y compartir sus conclusiones y valores en un mundo en el que todo está pautado al segundo y encorsetado en un «excel» sin fisuras.

Sagacidad: darse cuenta de las cosas y ver con claridad lo que conllevan.

Sencillez: relato sin disfraz, fragilidad sin maquillaje, fortaleza sin sobreactuación.

Sinceridad: que no es lo mismo que transparencia, porque la transparencia ya se ha convertido en una meta manipulada que pone el foco donde más interesa y tapa las sombras con prestidigitación.

La mentira tiene las patas muy cortas

En este entremés dramático de otoño con perfiles de auto sacramental, Iñigo Onieva da vida al refrán: la mentira tiene las patas muy cortas.

Su exprometida interpreta la vida misma sin doblez ni engaño, con un plus de serenidad que expone un grado de madurez habitualmente en cuestión en un país donde las eses líquidas son la prueba de un delito de pijerío insoportable que merece el paredón de fusilamiento de todas las «niñas» ricas y todos los niños-bien, por orden de los agentes de la frustración.

La sonrisa es un mensaje muy potente. Durante estos días de boda «interruptus», ese gesto permanente en el rostro de Tamara ha comunicado aceptación, asunción, humildad, personalidad, encaje, fortaleza, «fair play», saber estar, entender la dinámica de los medios para exponerse a las duras, y disposición a dar la cara, a pesar de los pesares, con elegancia, sin hacer sangre, con lo fácil que era convertirse, de pronto, en Uma Thurman en las escenas más «gore» de «Kill Bill», para desencanto de los programas vampiros del corazón donde hoy corren los piropos y mañana se colgarán las famas de sus atributos sin rubor y sin alma. 

Sociable: más del pueblo que de los medios. Más de todos que de las élites. Más para todos que para los suyos.

Simpatía. Seguridad. Solidez. Con unos principios y unos valores por bandera sin temor a la cancelación de los libertarios que no respetan nunca la libertad, porque sus principios son exclusivamente materiales.

Ella misma, la autonomía de la coherencia, la expresión de su conciencia. La clave de cualquier liderazgo es la identidad, que es la que inspira y la que influye. Incluso la que puede salpicar de bien la apoteosis de postureo que abriga la comunicación artificial.

De esa seguridad nace esta lógica soltura, aprendida, también, en su biografía de focos y papel cuché. Singularidad. Originalidad. Exclusividad. Mil caras rosas, pero una única Tamara. Saludable. Sensible. Señorial.

Sororidad en tres dimensiones: la herida en su carne y en su espíritu, como argumento de conexión con todas las mujeres del planeta sin distinción de raza, credo, clase social o número de seguidores en Instagram.

Seductora. Soberana. Solvente. Tan libre de deudas que todos sus oponentes no buscados -la otra parte, los envidiosos, la prensa caníbal, los marxistas de ocasión…-, se bautizan con todas las eses antitéticas a la vez y por inmersión: salvajes, sádicas, soberbios, suspicaces, siniestras, sórdidos, sospechosas, sumisos, superficiales…  

Sintética. Sublime

Se entiende perfectamente la hiperventilación de las audiencias con el «caso Tamara». En España y el extranjero. Las reinas que se coronan fuera del guión son más del pueblo que todo el populismo precocinado en ollas que el pueblo no cata.

Entre lo aspiracional -sus cuentos, sus tierras, sus dotes, sus habilidades, sus principios, el cariño del respetable, e incluso su fe- y nuestro otoño occidental cuesta arriba, que alguien nos enseñe sin querer cómo se supera una crisis sin convertirse en paradigma de la autoayuda es una bendición democrática y «low cost«. Comunicación certera en aspersión, divino tesoro.

En esta encrucijada universal del periodismo y de la comunicación, una entrevista de Jesús Quintero a Tamara Falcó sería el colapso de la mediocridad y, probablemente, el despertar de los ideales más nobles que inspiran esta profesión social.

Hay gente que admira al «Loco de la colina» con tuits y necrológicas, pero no se plantea imitar la veracidad de su periodismo. Hay gente que cree que la comunicación es prefabricada sofisticación y menosprecia que toda España esté al pie de Tamara “con la que está cayendo”.

Mi experiencia profesional de muchos años asesorando a clientes de todo tipo es que aprender de las cosas buenas de los demás es el mejor fruto de una comunicación certera.  

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