A las 9:30 de la mañana de mañana, en esa sacrosanta catedral de la Justicia que es la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Cantabria, se sentará en el banquillo una mujer que bien podría haber salido de una novela de don Benito Pérez Galdós pasada por el filtro de un ·WhatsApp con faltas de ortografía. No por ignorancia, ojo, sino por desdén. Porque para lo que iba a hacer, la ortografía era lo de menos.
La Fiscalía, con esa flema funcionarial que tanto admiran los que nunca han metido la mano en la caja, le pide 3 años y medio de cárcel, más 2.430 euros de multa. Por un supuesto delito de estafa.
En concreto, por anunciar en Wallapop y Milanuncios —el zoco posmoderno donde uno puede encontrar desde un sofá manchado de vino hasta un candelabro de la abuela— el alquiler de un piso en Santander que no era suyo.
Ni suyo, ni de nadie con papeles en regla, para ser exactos. Lo ocupaba su hijo, que como buen hijo de su madre, también sabía vivir sin necesidad de notarios ni escrituras.
El método, digno del Lazarillo en versión siglo XXI, era sencillo: colgaba el anuncio del piso, respondía con diligencia a los interesados, hablaba por teléfono con voz melosa —dicen que tenía voz de enfermera de turno de noche, de esas que te hacen confiar antes de clavarte la inyección sin anestesia—, y en algunos casos incluso llegaba a enseñar el piso, como quien enseña un castillo en ruinas con promesa de reforma.
Después, cuando la presa había picado y entregado la reserva —100, 200, hasta 500 euros, según el pardillo—, la mujer se esfumaba. Se desvanecía como una promesa electoral. Ni contestaba llamadas, ni devolvía un céntimo. El clásico «¿y tú quién eres?» convertido en arte digital.
Y es que la estafa, como el tango y el toreo, requiere arte. No cualquiera se lanza a estafar con el desparpajo de esta señora. Requiere temple, descaro y una fe inquebrantable en la estupidez ajena.
Porque para alquilar un piso que no es tuyo y que encima está ocupado por tu hijo —el heredero del chiringuito— hace falta tener los escrúpulos de un trilero en feria de pueblo y la creatividad de un ministro en campaña.
Ahora la Justicia se propone hacerle pagar por su invención. No por el delito, que a fin de cuentas en este país se perdonan cosas peores si saludas bien al pasar, sino por la torpeza.
Los estafados —que no son pocos— se quedaron sin piso, sin dinero y sin respuestas. Quizás aprendieron algo sobre la naturaleza humana, aunque lo dudo. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma madre estafadora.
Y mientras tanto, en algún rincón de Santander, probablemente haya otro piso ocupado, otra cuenta bancaria esperando nuevos ingresos, y otra voz dulzona ensayando su próxima llamada.