Arropado por Lalo Azcona, presidente de Estudio de Comunicación, una de las consultoras de comunicación corporativa más influyentes de España y Latinoamérica, y por Valentín Martínez-Otero, presidente del Centro Asturiano en Madrid, Javier Junceda, socio director de Junceda Abogados, profesor universitario y jurista internacional, presentó su último libro titulado «Asturias y los asturianos», editada por RIDEA.
Un libro compuesto que recopila 70 columnas, publicadas en el periódico La Nueva España de Oviedo, divididas en dos partes. La primera –27– dedicada a Asturias, y la segunda –43– a personajes especiales con raíces en Asturias.
Uno de esos protagonistas es, precisamente, Lalo Azcona. Su columna, titulada nuestro embajador en Madrid, hace una semblanza de uno de los asturianos que han marcado una época en el periodismo de la transición y en la comunicación después.
Azcona, como siempre encantador, le reprochó en tono de mucho humor la frase «Dejó Oviedo siendo muy joven para conocer a fondo la noche madrileña porque lo suyo nunca fue la vocación franciscana». «Te juro, Javier, que lo de la noche, nada de nada. Bueno, sí, entraba en Radio Nacional de España a las 4 de la mañana», le dijo al autor esbozando una gran sonrisa y casi a punto de romper a reír.
Junceda, que se estaba divirtiendo con este comienzo, le contestó con humor que su fuente había sido el pintor asturiano, Álvaro Delgado, con el que Junceda tuvo trato familiar y que le relató lo de las tertulias nocturnas de Azcona.
A partir de ahí, Junceda arrancó con fuerza ante un auditorio lleno casi hasta la bandera de amigos –y de su familia y sus hijos.– que agotaron los libros que estaban a la venta.

En un discurso vibrante, salpicado de ironía y afecto, Junceda recordó la vocación viajera de los asturianos, capaces de dejar huella “en cualquier rincón del planeta”, y al mismo tiempo su querencia por regresar siempre al terruño, “como el salmón a los ríos fecundos”.
Con anécdotas que iban desde Perú a Australia, subrayó la capacidad de la diáspora para mantener viva la memoria colectiva de Asturias y difundir su cultura más allá de las montañas y del Cantábrico.
El autor también quiso poner el acento en la imagen que Asturias proyecta en el resto de España: “Lo fundamental de ese liderazgo tal vez surja del carácter del asturiano como persona noble, campechana, directa, emprendedora y con férrea determinación de no dejarse embaucar”, apuntó, para luego recordar que ese temperamento singular ha forjado personalidades históricas de primer nivel.
Pero más allá de la evocación sentimental, Junceda lanzó una reflexión crítica sobre la situación actual del Principado. Alertó de la “deriva decadente” que ha llevado a una pérdida de peso político, demográfico y económico, y reclamó un proyecto estratégico de largo alcance: “Un Plan Asturias 2050 o 2030, si me apuran. Precisamos saber hacia dónde vamos y en ese propósito deberíamos estar convocados todos, desde políticos a ciudadanos”.
Reivindicó, además, el reconocimiento de un “hecho diferencial” que, a su juicio, ha pasado desapercibido durante cuatro décadas: el artículo 130 de la Constitución, que ordena dispensar un tratamiento especial a las zonas de montaña. “Asturias es la región más montañosa de España y nunca hemos sabido esgrimir esta singularidad para exigir una financiación justa”, lamentó.

La segunda parte del libro, como se ha adelantado antes, se detiene en retratos de personalidades asturianas, muchas de ellas poco conocidas, a las que Junceda considera “la plata” de la tierra, ejemplos que deben ser reivindicados.
Nombró, entre otros, a la actriz Mari Paz Pondal, colaboradora de Luis Buñuel y José Luis Garci; al pintor Álvaro Delgado; o al jurista Aurelio Menéndez, fundador del despacho Uría y Menéndez.
“No sé qué estamos esperando para darles el lugar que merecen”, insistió, en un alegato por el reconocimiento de figuras que “aportan brillo a la tribu”.
Concluyó el autor apelando a la autoestima colectiva y a la necesidad de rescatar la memoria histórica para encarar el futuro con ambición: “Asturias siempre ha sido una sociedad pujante y nunca tendría que haber dejado de serlo. Nuestra tierra demanda hechos y no palabras”.