La Academia Norteamericana de la Lengua Española acaba de dedicar una interesante sesión a los avances sobre literatura digital e Inteligencia Digital (IA), en la que se analizó el impacto que estas tecnologías pueden tener sobre el empleo.
En al ámbito Europeo, un 25 por ciento de su parque empresarial ya implementa la IA en sus procesos laborales.
En Estados Unidos nos llevan alguna distancia, aunque se mueven en cifras parecidas.
Y en España rondamos por ahora umbrales un poco menores, pero con igual tendencia al alza.
La IA que se utiliza en estos temas, en ambas orillas del Atlántico, se proyecta hoy sobre cuatro asuntos: los procesos de selección; la mejora en la gestión y evaluación de la productividad; el control del trabajador en su desempeño; y, en fin, la sustitución de la mano de obra por sistemas informatizados en aquellas tareas más mecánicas o rutinarias.
En los tres primeros ámbitos, y a pesar de que las leyes impongan a las empresas deberes específicos de información a sus empleados sobre los aspectos principales de su relación laboral condicionados por algoritmos, no está resultando sin embargo infrecuente en la práctica un grado de opacidad creciente, aparte de otros efectos no menos preocupantes.
En el concreto caso del reclutamiento de trabajadores, se han llegado a advertir, aquí y en Estados Unidos, sesgos algorítmicos tendentes a segregar a grupos de aspirantes en los filtros de búsqueda de empleo, contraviniendo los marcos legales sobre igualdad.
Lo propio sucede al programar el funcionamiento interno de las empresas, discriminando entre encargos que se hacen a empleados por su dedicación a tiempo completo o parcial, con paralelo reflejo en sus retribuciones o despidos.
Acerca de la vigilancia del trabajador en su cometido cotidiano, se suscitan asimismo controversias con sus derechos a la libertad, intimidad o privacidad, o la posibilidad de que la IA indague sin permiso en sus redes sociales (el famoso social scoring), algo igualmente proscrito por las disposiciones europeas y que tanto juego está dando en regímenes totalitarios como el chino, calificado con razón como una “dictadura digital perfecta”.
SUSTITUCIÓN DE MANO DE OBRA HUMANA POR ROBOTS
En fin, la sustitución de la mano de obra humana por robots para realizar tareas repetitivas está ya suscitando también en ciertos países debates en relación con la posibilidad de grabarla fiscalmente o por vía de seguridad social, para desincentivar su puesta en marcha.
Este complejo y plural escenario invita a considerar que el empleo se encaminará más pronto que tarde hacia su progresiva transformación, demandando adecuados niveles de formación digital por el trabajador, salvo que quiera perder su puesto.
A lo anterior cabe añadir el riesgo que comienza a detectarse como consecuencia del propio rendimiento de estos sistemas, del que nos informa Hermosa Espeso, en el que sus sesgos no siempre son capaces de ser dominados de antemano por sus titulares, al operar en ocasiones de manera autónoma, adoptando decisiones laborales cuestionables con independencia de las fijadas por el propio empleador, al que debiera en cualquier caso imputársele esas eventuales responsabilidades, como en Estados Unidos llevan años haciendo.
Y cuestión no menos importante es, en suma, la derivada del tratamiento de datos en entornos laborales íntegramente digitales, en los que urge reforzar las exigencias jurídicas en materia de transparencia.
«Que nadie piense que, en sectores específicos caracterizados por la relación humana directa -como la enseñanza o el ejercicio profesional-, la IA va a sustituir del todo a la persona de carne y hueso»
Como se puede observar, el mayor peligro de este inquietante panorama proviene especialmente de los sesgos algorítmicos y la sustitución completa de humanos por herramientas digitales.
Hay otros dilemas, como el del uso del teletrabajo, que no se sabe a ciencia cierta cómo discurrirá, al haberse detectado en la dinámica empresarial una pérdida de productividad de esta modalidad laboral, retornándose al trabajo presencial en las oficinas.
Con todo, un desafío laboral tal colosal como el que comentamos debiera impulsar la reacción temprana de instituciones y gobiernos del mundo entero en su más correcta solución, coordinando sus políticas públicas, aún tímidas.
En cualquier caso, sabemos por experiencias disruptivas anteriores experimentadas por la humanidad que el horizonte en estos asuntos no tiene por qué ser necesariamente sombrío, aunque habrán de saberse sortear las brechas sociales que resulten de esta notable evolución técnica, para lo cual ha de insistirse en que la capacitación devendrá una herramienta verdaderamente clave.
Ahora bien, que nadie piense que, en sectores específicos caracterizados por la relación humana directa -como la enseñanza o el ejercicio profesional-, la IA va a sustituir del todo a la persona de carne y hueso, como a veces escuchamos a los que solo parece guiar un mero ahorro de costes laborales o un delirante credo transhumanista.
Que la IA se convierta en una ayuda importante en esos trabajos es una cosa, pero que nos suplante a los hombres será un cantar bien distinto.
Cualquier IA en estos sectores que no deje espacio al talento humano, cegándolo, está condenada al fracaso.
O al menos eso me gustaría que ocurriese, porque la bola de cristal la tengo en el taller desde hace algún tiempo.