La figura de Miguel de Cervantes (1547-1616) está de actualidad tras haberse estrenado en los cines españoles la película “El cautivo”, de Alejandro Amenábar, que relata un acontecimiento histórico de la vida del más grande de los escritores españoles, cual es el cautiverio que el autor de la insigne novela “Don Quijote de la Mancha” sufrió en la ciudad de Argel durante cinco largos años (1575 a 1580), tras ser capturado por piratas berberiscos mientras viajaba de vuelta a España desde Nápoles; cautiverio que terminó, afortunadamente para Cervantes y para la humanidad entera, tras el pago de un rescate de 500 ducados a sus raptores.
Sobre las imágenes que se ven en esta película de Amenábar he querido escribir esta columna.
EL CONTEXTO RELIGIOSO DEL CAUTIVERIO
Desde el siglo XIII al siglo XVI, entre las costas berberiscas y andaluzas, musulmanes y cristianos raptaban y mantenían cautivos a fieles de una y otra confesión. Frente a esta situación, las autoridades públicas cristianas intentarán crear sistemas de liberación de esos cautivos.
Es en este contexto histórico en el que van a surgir las órdenes religiosas redentoras de cautivos. La más importante fue la “Orden de la Merced”, que fundó Pedro Nolasco en el año 1218, tras recibir este encargo de la propia Virgen María, en su advocación mariana de Virgen de la Merced, quien le transmitió a Nolasco (canonizado por el papa Urbano VIII en el año 1628), en una aparición, el mandato de fundar esta “Orden Religiosa de la Merced”, cuya misión debía ser la de proporcionar a los cristianos cautivos en manos de los musulmanes ayuda, caridad y misericordia, sin esperar nada a cambio, es decir, la ayuda o favor gratuito, que es lo que significa la palabra «merced».
La Virgen de la Merced es muy conocida y venerada, habiendo sido declarada patrona de las prisiones en España el 27 de abril de 1939 y, desde entonces, su festividad se celebra cada 24 de septiembre en los centros penitenciarios con actividades varias para los presos y los trabajadores penitenciarios.
No fueron solo los mercedarios quienes asumieron funciones liberadoras de cristianos cautivos, sino también la “Orden de los Trinitarios”, cuyos frailes fueron, precisamente, quienes pagaron el rescate de la liberación de Cervantes.
Esta labor redentora gestionada por los miembros de las órdenes religiosas era peligrosa y muchas veces ingrata, pues la desesperación de los cautivos, en algunas ocasiones, se tornaba en agresividad hacia los propios redentores cuando los desafortunados cautivos constataban que no iban a ser redimidos en aquella ocasión.
Además, en muchas ocasiones eran los propios frailes de estas órdenes religiosas quienes canjeaban sus vidas por la de los cautivos, quedándose como rehenes, como fue el caso más conocido del religioso mercedario Ramón Nonato (canonizado en el año 1657).
LA VIVENCIA DEL CAUTIVERIO
Por suerte, hoy en día contamos con una nutrida bibliografía sobre la realidad histórica del cautiverio de los cristianos capturados por los musulmanes, para quienes tengan la curiosidad de consultarla tras el visionado de la referida película de Amenábar, pues esta columna, por su limitada extensión, no puede aspirar a dar, ni siquiera, una visión somera sobre la problemática social y religiosa que supuso la cautividad en las relaciones entre el mundo musulmán y el cristiano.
Solamente podemos aspirar a contar algunos detalles sobre las vivencias de los cautivos cristianos en manos de sus raptores, en el contexto de las imágenes que se proyectan en la citada película “El cautivo”.
El cautivo cristiano, aunque no era un esclavo, recibía un trato igual o peor que este, especialmente aquellos cautivos denominados “de no rescate”, que eran los que no tenían posibilidades de que alguien pagara el precio de su liberación; estos cautivos o se mantenían como mano de obra esclava para los trabajos públicos, o eran vendidos como galeotes o como esclavos domésticos.
Esta situación les hacía perder, sobre todo si eran enviados a Constantinopla, la esperanza del añorado retorno a la libertad.
Por su parte, los denominados “cautivos de rescate”, como personas que, por pertenecer a una clase social superior, tenían la posibilidad de buscar entre sus familiares, amigos o alguna institución el dinero para pagar su rescate, eran tratados como “mercancía” más valiosa, aunque no se libraban de las vejaciones y frecuentes malos tratos.
Mucho peor lo tenían aún las mujeres, que se convertían en un botín preciado para posibles matrimonios con los musulmanes, sobre todo si eran jóvenes y agraciadas físicamente; de ahí que su rescate se convirtiera en mucho más costoso, siendo excepcional el regreso de estas cautivas a la Cristiandad.
Tampoco lo tenían fácil los niños cautivos, que se convertían en parte del contingente humano del que se nutría el mítico cuerpo militar de los jenízaros.
Esta penosa situación de cautiverio solo dejaba a quienes estaban privados de su libertad alguna de las siguientes posibilidades: esperar con paciencia su rescate, aunque eran muchos los que morían en esta penosa espera; intentar la huida, siendo conscientes de que si esta se frustraba les podía costar la vida, aunque Cervantes parece ser que fue una excepción, pues después de tres intentos frustrados de huida siguió con vida; también tenían los cautivos una tercera opción, cual era la de renegar de la fe cristiana, convirtiéndose en apóstatas y pasando a formar parte de la sociedad musulmana, que para muchos cautivos fue la única posibilidad de conseguir una vida mejor. Algo que era bastante común; de hecho, en la Edad Moderna, en el norte de África, los renegados tendrían un papel fundamental.
Es precisamente este peligro, que se percibe en la mentalidad cristiana de la época —de que los cautivos puedan perder su fe y con ello su salvación eterna—, la piedra angular de la misión tradicional de la redención de los cautivos cristianos y el marco que nos permite entender la misión de la Merced, que justificaba el ejercicio de esta actividad redentora de cautivos por ser una de las siete obras de misericordia corporales que contemplaba la doctrina católica y que se erigía como una forma de socorro al pobre en su necesidad, lo que otorgaba a quien la ejercía beneficios a la hora de la salvación de su alma.