Javier Campelo, «Head of Data Analytics & IA» de BDO (director de Analítica de Datos e Inteligencia Artificial), trazó ayer un mapa claro y directo de cómo la Inteligencia Artificial transformará radicalmente las auditorías, no solo como herramienta de productividad, sino como infraestructura central de la función.
Fue en el marco de su intervención en el IV Foro de Expertos Auditores, de Confilegal, que tuvo lugar por la mañana en el Hotel Mandarin Oriental Ritz de Madrid.
“La inteligencia artificial tendrá un impacto en la humanidad mayor incluso que el de la electricidad o el fuego”. La afirmación, formulada por Sundar Pichai, CEO de Google, no es una hipérbole tecnológica, sino el marco desde el que debe entenderse la transformación que se avecina.
Bajo esta premisa, Javier Campelo situó a la auditoría ante un cambio estructural que va mucho más allá de la automatización de tareas: una redefinición profunda del trabajo cognitivo y del control empresarial.
Del análisis manual a la auditoría aumentada: un cambio de paradigma
El experto de BDO, cuya intervención llevó ese título –»Redefiniendo el trabajo cognitivo, aspectos clave: sesgos, seguridad y alucionaciones de la IA en el sector legal y auditor. Consejos y tips»–, partió de una premisa contundente: las organizaciones operan sobre montañas de información que hoy no pueden aprovechar plenamente. La IA resolvió esa brecha.
La auditoría tradicional —basada en muestreos, revisión manual, selección de riesgos a partir de lectura intensiva, y validación documento a documento— será sustituida progresivamente por modelos capaces de leer, conectar y evaluar millones de datos en segundos.
Según Campelo, el auditor dejará de navegar la información para pasar a validar lo que la IA ya ha identificado como relevante, cambiando la esencia del trabajo de un enfoque reactivo a uno estratégico.
«La evolución del dato va a cambiar el mundo». Así comenzó su exposición el experto. «Porque la IA ya no sólo predice; también hace cosas nuevas».
El muestreo ya no será necesario
Uno de los ejes principales que señaló Campelo es la capacidad de la IA para “ver lo invisible”. Mientras un auditor humano puede manejar pocas variables simultáneas, los modelos son capaces de analizar millones de atributos, identificar correlaciones, detectar desviaciones y priorizar riesgos de forma temprana.
La capacidad de procesar en segundos miles de millones de registros —algo que él mismo vio hace años trabajando en banca— permite que la auditoría se ejecute sobre la totalidad de los datos, no sobre muestras representativas.
Lo que habilita una revisión factura a factura y asiento a asiento, comparaciones automáticas entre contratos y operaciones ejecutadas y validaciones masivas sin intervención humana.
Y, lo más relevante, permite señalar únicamente los casos que requieren juicio profesional, integrando el modelo que Campelo denominó «human in the loop«: la IA automatiza, el auditor decide.
Su propuesta: crear “Data Room”, repositorios inteligentes donde se integran políticas internas, datos históricos, normativa aplicable, informes previos y documentación del cliente. Con esa base contextualizada, la IA puede identificar dónde es más probable encontrar incidencias, resumir normativa extensa, indicando qué aplica al caso concreto y recomendar el enfoque de auditoría más eficiente.
Esto convierte la planificación en un proceso automatizado, profundo y personalizado, imposible de replicar manualmente.

Detección avanzada del fraude: relaciones ocultas y patrones invisibles
Campelo destacó que uno de los mayores potenciales de la IA en auditoría es su capacidad para detectar relaciones no evidentes entre personas, entidades, operaciones o documentos.
Y expuso ejemplos paradigmáticos: El caso Villar, relaciones que un auditor no podría identificar manualmente emergen en segundos al analizar millones de nodos y vínculos. Y los Papeles de Panamá, 11,5 millones de documentos imposibles de revisar por un equipo humano, pero perfectamente procesables por IA para identificar conexiones sospechosas.
La IA permitirá que la detección del fraude pase de ser reactiva a predictiva. Será capaz de anticipar comportamientos irregulares antes de que se materialicen. El cambio, afirmó, es estructural y coloca a los equipos de auditoría en una posición inédita para identificar riesgos con una profundidad y una velocidad imposibles hasta ahora.
Uno de los ámbitos donde la transformación será más visible es la redacción de informes y el «reporting». Campelo explicó que la IA ya es capaz de elaborar borradores completos de informes de auditoría, replicando con exactitud el estilo de una firma o de un profesional, siempre que el modelo haya sido entrenado con ejemplos suficientes.
Esta capacidad permite no solo generar textos iniciales, sino también compararlos con informes anteriores para asegurar coherencia y detectar automáticamente incoherencias en los hallazgos o conclusiones.
De este modo, el auditor deja de enfrentarse al tradicional “folio en blanco” y pasa a desempeñar un rol de validación y criterio experto sobre materiales previamente estructurados por la tecnología.
La auditoría interna también evolucionará
La auditoría interna, por su parte, también experimentará una evolución significativa. Campelo señaló que la IA permitirá que esta función abandone su perfil eminentemente fiscalizador para adoptar un papel de asesor estratégico.
Las herramientas inteligentes podrán supervisar en tiempo real el denominado «Golden Thread» del control interno, generar alertas automáticas ante desviaciones y proponer medidas preventivas basadas en el análisis de miles de casos históricos.
En este nuevo escenario, el auditor interno se convierte en un actor orientado a anticipar riesgos, no solo a certificar el cumplimiento.
No obstante, Campelo advirtió que esta revolución tecnológica no elimina los riesgos asociados al uso de la IA. Subrayó que los errores, sesgos o alucinaciones no son consecuencia de la herramienta en sí, sino de los datos defectuosos, de instrucciones inadecuadas o de la falta de validación humana.
Alertó, además, sobre dos fenómenos preocupantes: el uso de herramientas de IA públicas para procesar información sensible —con el consiguiente riesgo de que estos datos queden almacenados en sistemas externos— y el crecimiento del llamado Shadow AI, empleados que utilizan estos modelos sin control ni supervisión corporativa.

Como ejemplo ilustrativo, recordó el caso de Deloitte en Australia, cuando se descubrió que un informe de 237 páginas, elaborado para el Gobierno de ese país y que había costado 440.000 dólares australianos (251.000 euros) había sido generado por una IA como ChatGPT, sin verificación humana. Un informe que contenía citas académicas y judiciales inventadas. Ante el escándalo, la firma retiró el documento, publicó una versión corregida y devolvió parte del Gobierno.
El episodio abrió un debate nacional sobre la responsabilidad profesional, los riesgos de las “alucinaciones” de la IA y la necesidad de controles estrictos en trabajos técnicos. Lo que evidenció que la responsabilidad última recae siempre en quien emplea la herramienta y no en la tecnología utilizada.
En su conclusión, el director de Analítica de Datos e Inteligencia Artificial de BDO fue tajante: las empresas y los profesionales que no integren la IA en sus procesos quedarán rezagados frente a quienes la adopten.
El auditor del futuro, afirmó, será un analista aumentado, capaz de trabajar sobre la totalidad de la información disponible, combinando el criterio profesional con la capacidad de cálculo masivo de estas herramientas.
También será un estratega del riesgo, orientado a prever escenarios y no a ejecutar tareas repetitivas, y un especialista en interacción con sistemas inteligentes, capaz de diseñar instrucciones precisas, validar resultados y aprovechar modelos avanzados.
Para Campelo, la clave será la formación continua y el uso cotidiano de estas tecnologías. Solo así, concluyó, los profesionales de la auditoría podrán aprovechar plenamente una transformación que ya no es opcional, sino inevitable.