La historia, cuando se la contempla sin los afeites complacientes del presente ni la miopía interesada de los vencedores de turno, acostumbra a revelarnos una verdad incómoda y severa: que los hombres más decisivos suelen ser aquellos que jamás aspiraron a la gloria, y que el olvido —ese polvo cobarde con que se sepultan las conciencias— se ensaña con especial crueldad contra los humildes y los justos.
Andrés de Urdaneta y Cerain (1508-1568) pertenece a esta última clasificación.
Su figura fue decisiva para que España hiciera realidad el objetivo que había guiado el proyecto de Cristóbal Colón: alcanzar las llamadas Indias.
En el siglo XVI, este término designaba un amplio espacio asiático —real y simbólico a la vez— que incluía el sudeste y el este de Asia, con territorios como Filipinas, las Molucas y las costas de China y Japón, entonces conocidas como Catay y Cipango.
La aportación fundamental de Urdaneta fue de carácter técnico y estratégico. Logró establecer una ruta marítima continua entre América y Asia: la navegación de ida desde Nueva España (el actual México) hasta Filipinas y, sobre todo, la ruta de regreso a través del Pacífico. Lo que se llamó entonces el Tornaviaje, posibilitando lo que hoy definimos como la «primera globalización».
Este hallazgo resolvió un problema que había frustrado durante 72 años –los que median entre 1492 y 1565– los intentos de consolidar la presencia española en Asia.
El nombre de la ruta comercial transpacífica descubierta por Urdaneta pasó a la historia con el nombre de el Galeón de Manila, también llamado Galeón de Acapulco o Nao de China. Un Tornaviaje que vio la luz con el regreso de Urdaneta desde Filipinas, en 1565 y que conectaría Manila con Acapulco, Nueva España, hasta 1815, durante 250 años. Hasta que una nueva nación vio la luz, México.

Una cuestión económica de fondo
La necesidad de llegar a las Indias surgió para restablecer, por rutas alternativas, el comercio gravemente perjudicado tras la toma de Constantinopla por los turcos otomanos en 1543, hecho que afectó de manera decisiva a la economía europea.
Porque esa victoria interrumpió las rutas terrestres y marítimas tradicionales de las especias desde Asia hasta Europa. Lo que entonces se conocía como la Ruta de la Seda.
Constantinopla, hoy Estambul, era el principal enlace entre el Lejano Oriente y Europa. Por esa ciudad pasaban pimienta, clavo, nuez moscada y canela a través de caravanas y puertos como Alejandría y Antioquía.
Las especias eran esenciales, por ejemplo, para conservar los alimentos porque entonces no disponían de frigoríficos, como ahora. También para fines medicinales, para condimentar las comidas y, claro, como símbolo de estatus social.
Sin refrigeración, actuaban como antisépticos y conservantes naturales: la pimienta y el clavo retrasaban la putrefacción de carnes y pescados en climas cálidos o viajes largos, enmascarando sabores rancios.
Eran remedios comunes según tratados como los de Dioscórides y Galeno: canela para indigestiones y tos, jengibre como antinflamatorio y anti-náuseas (mareos en barcos), nuez moscada contra la peste, y azafrán como diurético y antioxidante.
Y realzaban sabores en guisos, vinos calientes y dulces de la nobleza; su rareza y precio (equivalentes a oro) demostraban riqueza, como en mesas de postín con clavo o jengibre.
Aquel escenario disparó los precios hasta un 800 % en algunos casos. Los turcos impusieron altísimas tasas aduaneras a las naciones cristianas, si bien benefició a una, de forma especial: La República de Venecia, que consiguió que el sultán otomano, Mehmed II, le concediera el derecho prioritario para importar pimienta, clavo y canela desde Egipto y Siria, con tasas aduaneras reducidas.
Para el resto, los precios resultaron prohibitivos.

Romper el monopolio otomano-veneciano
Ese marco histórico impulsó las exploraciones marítimas para llegar al punto de origen, «las Indias» de las especias, por vía marítima.
Portugal llegó a las Indias por primera vez en 1498 con la expedición de Vasco da Gama, quien zarpó de Lisboa el 8 de julio de 1497 con cuatro naos, rodeó el Cabo de Buena Esperanza, hizo escala en Malindi y arribó a Calicut el 20 de mayo de 1498, abriendo la ruta marítima directa a la India y rompiendo el monopolio otomano-veneciano sobre las especias.
La historia de Cristóbal Colón es bien conocida. Convenció a los Reyes Católicos, y de forma particular, a Isabel I de Castilla, para que le financiara una expedición con el fin de explorar una nueva ruta ignota, la del oeste. Las Indias estaban al otro lado del Atlántico, aseguró. Un atajo directo.
Pero se encontró con un «obstáculo»: un continente nuevo y desconocido, lo que después se llamó América.
El Imperio español, primero con Carlos I y después con su hijo y sucesor, Felipe II, sin embargo, no desistió en el objetivo de Colón.
La gesta de Juan Sebastián Elcano (1519-1522), que inició Fernando de Magallanes, y que se convirtió en la primera vuelta al mundo de la historia de la humanidad, no fue sino el primer intento fallido, de los seis que se produjeron hasta la gesta de Urdaneta, de encontrar una ruta hacia las Indias.
Andrés de Urdaneta en la segunda expedición
El regreso a España de Elcano, a bordo de la nao Victoria –de los cinco barcos con los que había partido– con una carga de clavo, fue suficiente para sufragar todos los costes del viaje y generar beneficios.
Aquello estimuló la imaginación y los cálculos del emperador Carlos I. Había que repetir el intento ahora que se sabía que había una ruta factible, y hacerse con las islas de las especias por su gran valor lucrativo.
Si bien se desconocía cómo se podía volver de las Molucas, un archipiélago que pertenece hoy a Indonesia, donde forman dos provincias: Maluku (Molucas) y Maluku Utara (Molucas del Norte) y de lo que después los españoles bautizamos como Filipinas, en honor al sucesor de este emperador, su hijo Felipe II.
Para gestionar esta empresa, se creó una nueva Casa de Contratación de la Especería con sede en La Coruña, independiente de la de Sevilla, que se ocupaba de América.
El mando supremo de aquella armada lo ostentó fray García Jofre de Loaisa, un caballero de la Orden de San Juan (caballeros de Malta) y comendador de Barbales. Partió de La Coruña en 1525 con una poderosa flota de siete naves, con Juan Sebastián Elcano como piloto mayor y con entre 450 y 475 hombres.
Entre aquellos integrantes se encontraba Andrés de Urdaneta y Cerain, un joven vasco de 17 años, natural de Villafranca de Oria (hoy Ordicia), Guipuzcoa. Era hijo de Juan Ocho de Urdaneta, alcalde de la localidad, y de Gracia de Cerain.

Urdaneta pertenecía a una familia de clase media acomodada de hidalgos vascos, dedicados al comercio y la navegación, como bien cuenta Agustín R. Rodríguez González en su magnífico libro «Urdaneta y el tornaviaje. El descubrimiento de la ruta marítima que cambió el mundo».
Era del mismo pueblo que Elcano, quien lo tomó a su servicio en ese segundo intento. El marino se convirtió en el mentor del joven. De su maestro aprendió astronomía, navegación y cartografía. Fue un alumno aventajado y muy inteligente. Desde un primer momento, Urdaneta, que poseía una memoria prodigiosa, llevó un diario de a bordo de todo lo que sucedió después, hasta su regreso a España.
La travesía, sin embargo, resultó un desastre: tormentas, enfermedades, naufragios y deserciones diezmaron aquella armada. En el Estrecho de Magallanes se perdió una nave y dos abandonaron la expedición.
Ya en el Pacífico murieron Loaisa y Elcano en 1526. Solo la capitana, la Santa María de la Victoria, llegó a las Molucas, con unos 100 supervivientes a bordo, menos de una cuarta parte de los que habían partido de La Coruña.
Desde 1527, Andrés de Urdaneta combatió durante tres años contra Portugal en las Molucas, destacando tanto en acciones navales como en tareas diplomáticas ante los reyes de Tidore y Gilolo.
A pesar de la capitulación española en 1529, Urdaneta se negó inicialmente a rendirse. Se ocultó en el interior y luego vivió entre los indígenas, aprendiendo su lengua, casándose y teniendo una hija, mientras esperaba noticias de España sobre el destino definitivo de las islas.
Los que restaban por entregar las armas, con Urdaneta al frente, se entregaron en 1534 y fueron repatriados a España por los portugueses. El marino español lo hizo en 1536, con una hija Gracia –su esposa había muerto– y una ingente documentación que los portugueses le incautaron, pero que recuperó gracias a esa memoria fotográfica que poseía.
Cuatro expediciones más fracasadas
El Imperio español intentó cuatro veces más la misma hazaña, pero tomando como punto de partida puertos españoles en el Pacífico. Álvaro de Saavedra Cerán lo hizo entre 1527 y 1529. Hernando de Grijalbo le siguió en 1537. Ruy López de Villalobos trató de materializar la misma empresa entre 1542 y 1545. Lo mismo que Íñigo Ortiz de Retes en 1545.
Todos ellos fracasaron.
A su regreso a España con su hija, en un navío portugués –a través de Lisboa–, Andrés de Urdaneta fue recibido por el emperador Carlos I el 26 de febrero de 1537 en Valladolid. Aunque había llegado antes, tuvo que esperar el retorno del emperador, que se encontraba en Italia.
En la audiencia, Urdaneta entregó su Relación de la Armada de Loaisa, el informe oficial de la expedición. Su actuación fue muy valorada por el Consejo de Indias, que destacó su sabiduría y su capacidad para reconstruir mapas y datos técnicos perdidos que le confiscados por los portugueses, en uno de cuyos barcos había regresado. Información que equivalía a oro puro y que después jugaría un papel decisivo.
Tras una breve estancia en Ordizia, donde dejó a su hija Gracia al cuidado de su familia, Urdaneta partió de nuevo hacia Nueva España donde se integró en la expedición de Pedro de Alvarado, antiguo lugarteniente de Hernán Cortés, dedicada a exploraciones pacíficas.
Cuando Alvarado falleció accidentalmente, asumió con éxito el mando y acabó con la guerra del Mixtón (1541-1542) contra los chichimecas.
Posteriormente ejerció como corregidor, visitador y gobernador de Michoacán, actual México, cargos en los que destacó por su trato humano. En 1547, su misión al Perú se canceló.
En 1552, a los 44 años, decidió dar un giro a su vida. Habiendo tenido noticia del matrimonio de su hija Gracia, en España, decidió ingresar en la Orden de San Agustín. Se ordenó sacerdote en 1557 y sirvió como maestro de novicios.
Felipe II y el tornaviaje
A pesar de los seis fracasos, el nuevo emperador, Felipe II, seguía en la misma idea que su padre, Carlos I: llegar a las Indias, colonizarlas, y establecer una ruta estable de regreso. Fue una orden que impartió en 1559. Y la persona elegida para hacerla realidad no podía ser otro que fray Andrés de Urdaneta.
La tesis de Urdaneta para lograr el tornaviaje se basaba en un razonamiento científico sobre la circulación global de vientos y corrientes marinas, inusual por su rigor en el siglo XVI. Resolvía de forma sistemática el problema del regreso desde Asia a América.
Urdaneta partía de un principio de compensación física: si en las bajas latitudes los vientos alisios y las corrientes dominantes empujaban de este a oeste, debía existir necesariamente un flujo contrario en latitudes más altas del hemisferio norte.
A partir de esta idea, identificó empíricamente lo que hoy se conoce como la corriente de Kuroshio, un potente flujo oceánico que se desplaza hacia el noreste desde Filipinas y Japón, cruza el Pacífico y enlaza con la corriente de California.
La aplicación práctica de esta hipótesis fue clara: en lugar de intentar el regreso directo hacia el este —con vientos adversos—, los barcos debían ascender unos veinte grados en latitud, hasta aproximadamente 38º–39º norte, donde encontrarían vientos y corrientes favorables para cruzar el océano.
El navegante-fraile rechazó la navegación basada en el azar o en lo providencial. Su propuesta se basaba en el resultado de años de observación directa en las Molucas y del análisis crítico de los fracasos anteriores.
Sin embargo, Urdaneta no podía dirigir dicha empresa por su condición de religioso. Pero sí influyó para que se eligiera a una persona de su total confianza: Miguel López de Legazpi. Ni era militar ni navegante sino un hombre de letras y de leyes. Se le enviaba por esa experiencia, precisamente, para establecer una colonia de la forma más pacífica posible.

La ida
La expedición, finalmente, se echó a la mar el 21 de noviembre de 1564. Eran cinco navíos nuevos: la capitana San Pedro, la almiranta San Pablo, San Juan de Letrán y San Lucas. Y un pequeño bergantín llamado El Espíritu Santo. En total, 350 personas a bordo: 150 marineros y 200 soldados.
Urdaneta, además de segundo jefe y piloto mayor de la expedición era el prior de un grupo de frailes agustinos embarcados sobre los que recayó la misión de evangelizar a los indígenas, fundar iglesias y escuelas y «moderar» la acción de los soldados españoles.
El navegante llevó, sin problemas, a la flotilla española desde el puerto de Navidad, en México, hasta la isla de Samar, en Filipinas, en tan solo 84 días. Una distancia de entre 6.700–7.000 millas náuticas (entre 12.500 y 13.000 km), casi un tercio de la circunferencia terrestre.
Fueron 14 días más que los que tardó Cristóbal Colon, cuya travesía en aquel primer viaje, cuando tocó tierra en la isla de San Salvador (hoy Guanahaní, Bahamas), el 12 de octubre de 1492, fue de 70 días de viaje total y 4.000 millas náuticas (unos 7.400 km), una distancia sensiblemente inferior.
La tesis de Urdaneta para lograr el tornaviaje se basaba en un razonamiento científico sobre la circulación global de vientos y corrientes marinas, inusual por su rigor en el siglo XVI. Resolvía de forma sistemática el problema del regreso desde Asia a América.
El regreso
La expedición zarpó de Cebú el 1 de junio de 1565, a bordo de la nao San Pedro. En lugar de dirigirse directamente hacia el este, Urdaneta puso rumbo al noreste, ganando latitud para evitar los vientos contrarios.
Siguió una ruta próxima a las costas de Japón, aprovechando la citada corriente de Kuroshio, que fluye hacia el Pacífico Norte y cruza en dirección a América.
Para encontrar estas condiciones favorables, la nave alcanzó una latitud máxima de unos 39º 30’ norte a comienzos de agosto. Desde allí, el viento obligó a virar al sureste, descubriendo la “carretera marítima” que hizo posible la ruta regular del Galeón de Manila durante los 250 años siguientes.
El 18 de septiembre avistaron la primera tierra americana, en la costa oeste de lo que hoy son Canadá y los Estados Unidos, y posteriormente descendieron siguiendo la corriente de California hasta Acapulco, donde arribaron el 8 de octubre de 1565.
La travesía duró 130 días, sin escalas y en condiciones extremas. La San Pedro recorrió un total de 8.200 millas náuticas (unos 13.186 kilómetros). El escorbuto causó la muerte de 26 tripulantes antes de llegar a puerto.
La gesta de fray Andrés de Urdaneta, centrada en el descubrimiento del Tornaviaje, está considerada como uno de los hitos más importantes de la historia naval. Porque cambió el mundo al permitir una ruta de comunicación regular a través del océano Pacífico.
El encuentro con el Rey Felipe II
Poco después de su regreso, el navegante emprendió viaje a España, para informar de su viaje en persona al emperador Felipe II. El 2 de mayo de 1567 fue recibido en el Palacio de El Pardo.
«Tengo entendido que las observaciones que hicisteis en vuestra estancia en las Molucas os ayudaron a trazar la ruta de vuelta», le dijo el Rey.
A lo que el navegante contestó: «Así es, señor. La experiencia de casi ocho años en aquellas aguas fue una ayuda inestimable. Los vientos soplan siempre del este, por lo que había que encontrar una ruta alternativa. Y esta se consigue subiendo veinte grados al norte».
A lo que Felipe II contestó: «Sencillo, pero a nadie se le hubiera ocurrido».
Fue un encuentro extenso en el que el emperador le hizo todo tipo de preguntas a fray Andrés de Urdaneta. Después, el fraile navegante volvió a cruzar el Atlántico de regreso a su convento, en Nueva España.
Un año después, el 3 de junio de 1568, con 60 años cumplidos, el padre Urdaneta murió plácidamente en la humildad de su celda, tras haber protagonizado una de las grandes gestas de la historia de España y del mundo. Una gesta que no mucha gente conoce.