Opinión | Yo llevé a «La Máquina de la Verdad» a John Bobbitt, al que su esposa le cortó el pene

Carlos Berbell, director de Confilegal, cuenta en esta columna cómo trajo a John Bobbitt, el infante de marina de los Estados Unidos, al que su esposa Lorena le cortó el pene, harta de malos tratos y violaciones. Fue cuando era reportero del mítico programa «La Máquina de la Verdad».

17 / 02 / 2026 05:42

Ya sé que va a chocar esta historia, pero es que no he sido siempre director de Confilegal. Como todo el mundo, tengo una historia profesional pasada, y muy rica. Una historia que comenzó en la prensa y que luego dio el paso a la televisión, en septiembre de 1993.

Aquel año, Antonio Asensio, presidente del Grupo Zeta, se hizo con Antena 3 Televisión y necesitó reorganizar su grupo para afrontar aquel reto. Esa reorganización incluyó el cierre de la revista Panorama, en la que yo trabajaba de reportero.

Se me ofreció pasar al diario Gaceta de los Negocios, que dirigía mi anterior director en la revista, Carlos E. Rodríguez, pero yo opté por algo que me atraía más en aquel momento: la televisión.

Hacía tres años que habían empezado a operar las cadenas privadas, Antena 3 Televisión, Canal + y Tele 5, que competían con la todopoderosa TVE. Buscaban hacerse con un lugar bajo el sol televisivo.

Julián Lago, periodista de gran prestigio –exdirector de las revistas Tiempo y Tribuna de Actualidad–, me hizo una oferta a la que no me pude resistir. En esos momentos presentaba dos programas en «prime time»: «Misterios sin resolver», diariamente, y «La Máquina de la Verdad», cada semana.

Lago me quería para este último, con el que había tenido una primera temporada que prometía. Era un formato que el director general de la cadena, Valerio Lazarov, había importado de Italia.

Careta de apertura de «La Máquina de la Verdad».
Así empezaba siempre cada programa de «La Máquina de la Verdad», un formato importado por Tele 5 de Italia. En la foto, el director y presentador, Julián Lago, con el invitado John Bobbitt.

El detector de mentiras

«La Máquina de la Verdad» era un «reality show» en el que un personaje famoso, polémico y morboso, se sometía a un juicio a su persona, porque el programa era eso, un juicio, ante un panel de personas –que se pronunciaban a favor y en contra– que culminaba con la prueba del polígrafo, también conocido como detector de mentiras.

El polígrafo es un aparato que mide reacciones físicas (como pulso, respiración y sudor) mientras una persona responde preguntas, para inferir si miente. No detecta mentiras directamente y su fiabilidad es discutida.

«La Máquina de la Verdad» era el juez que emitía el veredicto final. Julián Lago le hacía 5 o seis preguntas. El sujeto contestaba sí o no. Y el técnico que manejaba el apartado, el perito Edward Gelb –profesor Gelb, le llamaba Lago– pronunciaba el veredicto final: «Dice la verdad» o «No dice la verdad».

Esa era la gracia del programa.

Hay que aclarar que esa prueba nunca se hacía en el programa grabado sino el día anterior, en un lugar privado.

Julián Lago compuso un grupo de redacción especializados en periodismo de investigación como Antonio Rubio, Mariano Sánchez Soler, Manuel Cerdán, Javier García, Pilar Díez, Juan Carlos Avilés, Juan Luis Galiacho, Ana María Cuesta, y un servidor. Nuestro cometido era captar a los protagonistas principales, a los invitados y componer los guiones.

Julián Lago fue el director de este programa que marcó una época en la historia de la televisión española.

El contacto con John Bobbitt

Uno de esos encargos fue el de volar a Estados Unidos y traer a España, bajo contrato, a John Wayne Bobbitt, un exmarine al que su esposa, Lorena, una ecuatoriana criada en Venezuela, le había cortado el pene con un cuchillo de cocina una noche, harta del maltrato al que le sometía.

Un pene que después le fue reimplantado con gran éxito. En eso se basaba precisamente el interés que el caso había despertado en todo el mundo.

En el caso Bobbitt el encargo fue muy simple. Lago, en presencia del productor del programa, Germán Ameabe, me dijo: «te tienes que traer a España a John Bobbitt». Mi pregunta siguiente fue: «¿cuánto le puedo ofrecer?». Porque casi todos los invitados cobraban.

En aquel momento la lucha de las televisiones privadas por hacerse con un lugar bajo el sol requería una inversión importante de dinero.

«Puedes partir de 4 millones de pesetas y como límite, 8 millones. Pero lo queremos sí o sí», me contestó Lago en un tono que excluía cualquier resultado que no fuera el éxito.

Cuatro millones de pesetas de la época equivalían, con los ajustes de inflación en estos días a 54.000 euros de hoy. Y los ocho millones a 108.000 euros.

Como segunda misión, aunque menos importante, era traerme también a Lorena Bobbitt, que había sido acusada por la Fiscalía del Estado de Virginia de agresión con arma y mutilación maliciosa. En el Código Penal español ese era un delito de lesiones graves, del 149.

Lorena, una ecuatoriana recriada en Venezuela, estuvo casado con John Bobbitt durante cuatro años, un periodo de su vida donde dijo sufrir maltrato y violaciones por parte de su marido.

No me costó mucho enterarme de que John Wayne Bobbitt –sus padres le pusieron ese nombre por su adoración al mítico actor estadounidense– estaba representado por el bufete Williams & Connolly, que tenía su base en Washington D.C.

Fijé telefónicamente una cita y dos días después estaba entrando en esa firma, de la que salía en esos momentos Larry King, una de las estrellas del momento de la CNN.

Me acompañó una joven abogada de Tele 5 para supervisar las cuestiones legales. El encuentro fue con una letrada del bufete, amable pero muy consciente de que tenían la sartén por el mango.

Me lo hizo saber con toda claridad. Le dejé hablar y cuando terminó le hice la pregunta: «¿cuánto pedís para que Bobbitt viaje a España para participar en ‘La Máquina de la Verdad’, de aquí a dos semanas?».

La abogada tardó tres segundos en responder, mirándome fíjamente a los ojos. Dijo, en un tono que sugería «quizá es demasiado caro para ustedes»: «30.000 dólares».

Y añadió, «además, queremos dos billetes de avión en primera clase, hotel de cuatro estrellas, para John y para mi, y todos los gastos pagados».

La cifra de 30.000 dólares estaba, precisamente, en la franja base del encargo que me habían hecho Lago y Ameabe. Baje los ojos a la mesa, miré a la abogada de Tele 5, le hice un comentario en español en voz baja. Volví a mirar a la letrada estadounidense y le contesté con una sonrisa «podemos pagarlo».

Volvimos por la tarde al bufete y firmamos el contrato.

En Madrid estaban exultantes por el éxito. No di muchos detalles. De hecho, esta es la primera vez que cuento cómo fue la negociación. Simple.

De forma paralela, comencé a trabajar con mi compañera Ana María Cuesta en la elaboración del guión y en el contacto con los invitados que tomarían parte en ese programa. Cada uno de los programas los elaborábamos un equipo formado por dos periodistas.

Durante el programa, se incluyó un vídeo introductorio en el que se explicaba quién era John Bobbitt con sus propias palabras.

John Bobbitt en Madrid

John Bobbitt aterrizó el domingo 13 de febrero de 1994 en Madrid. Recibí la misión de convertirme en su sombra. De llevarlo y traerlo por la capital, de que estuviera localizado y de que asistiera, el miércoles, a la grabación del polígrafo con Gelb.

Era la primera vez que Bobbitt salía de Estados Unidos. Lo que más le sorprendía al exmarine, en nuestros paseos por Madrid, es que nadie lo conociera.

Durante las largas charlas que mantuvimos, Bobbitt, que era bastante «cortito», dicho sea de paso, me contó su versión de los hechos.

Era un tiempo en el que los conceptos de violencia doméstica o de género todavía no habían aflorado ni se habían materializado ni mucho menos estaban presentes, como ahora.

Lo que ocurría en el interior de las familias se quedaba en las familias. No era de incumbencia pública. El hecho excepcional de que Lorena, una joven con la que llevaba 4 años casado, y que trabajaba de manicura, le hubiera cortado el pene es lo que había atraído la atención del mundo entero.

Según me contó Bobbitt, el matrimonio estaba roto pero como no tenían dinero para vivir cada uno por su cuenta seguían compartiendo apartamento y cama en la localidad de Manassas, Virginia, a 30 kilómetros de la base que el cuerpo de Infantes de Marina tiene en Quántico, donde él estaba destinado.

La verdad es que todavía ninguno de los dos había presentado los papeles para divorciarse.

Lo ocurrido, debido a la judicialización del caso y de la enorme exposición mediática, supuso la licenciatura de Bobbitt como militar.

«Vi a Lorena sobre mí con mi pene cortado en su mano izquierda»

«Estuve bebiendo y regresé tarde [sobre las 2 de la madrugada] a casa. Hice como siempre. Me desnudé por completo y me metí en la cama», me explicó.

En la cama estaba Lorena, su todavía esposa.

Bobbitt negó que previamente la hubiera violentado y forzado a tener sexo con él aquella noche del 23 de junio de 1993. El hombre solo «recordaba» que se había dormido profundamente y que, en un momento dado, se despertó sintiendo un gran dolor en su pene.

«Vi a Lorena sobre mi con mi pene cortado en su mano izquierda y un cuchillo ensangrentado en su mano derecha. Yo gritaba, sintiendo un dolor insoportable. Luego, vi como ella se fue con el pene en su mano izquierda, cogió su bolso y se marchó de la casa», me contó.

El entonces marine, pidió ayuda médica mientras sentía cómo la sangre salía en el lugar del corte y trataba de taparla con las sábanas.

«Lorena entró en el auto, condujo durante un trecho y fue entonces cuando se dio cuenta de que seguía teniendo mi pene en su mano izquierda. Paró, bajó la ventanilla y lo arrojó a un lugar donde había hierba», continuó. «Arrancó y se marchó del lugar, me enteré luego2.

Lorena, en completo estado de «shock», fue a casa de una amiga. Desde allí, después de escuchar su testimonio, la amiga llamó a la policía informando de lo ocurrido.

Su colaboración fue providencial. Por los datos facilitados, los agentes lograron recuperar el miembro cercenado poco tiempo después donde decía haberlo arrojado.

Con toda rapidez, el miembro viril fue trasladado al Hospital Prince William, donde ya se encontraba Bobbitt. Allí el cirujano David B. Bowers, especializado en cirugía microvascular reconstructiva de urgencia y su equipo, lograron restituir el órgano cercenado a Bobbitt.

Bobbitt hizo después tres películas porno

«Te aseguro, Carlos, que no la traté mal», me dijo. No le creí. Para que una persona llegue a traspasar esos límites, cortar el pene a su marido, tiene que haber sufrido mucho. Fue la gota que desbordó el vaso de la paciencia de Lorena.

También le hice la pregunta del millón, la que le hicieron después en «La Máquina». «¿Te funciona el pene como antes?». Ya sé que es morbosa, pero uno es humano. Y estábamos los dos solos, tomando café.

«Como nunca», me respondió. «Tengo, incluso, más sensibilidad», me confesó con una gran sonrisa de felicidad. Tuve muy claro que para Bobbitt el sexo era esencial, vital. Por no decir que tenía un pene en la cabeza.

Pasados los meses protagonizó una película porno titulada «Uncut» (Íntegro). En 1996 hizo una segunda, «Frankenpenis». Y en 1998, una tercera, «Raw banned in Canada» (Versión sin censura prohibida en Canadá).

La primera de las tres películas porno en las que John Bobbitt fue protagonista se llamó «Uncut» (Íntegro).

«La Máquina de la Verdad» de John Bobbitt fue un éxito completo. No fue el 50 % de «share» de la de Antonia Dell’Atte, de la que me ocupé yo también, pero llegamos al 40 %. 7 millones de espectadores. Impensable en estos tiempos.

Si mi memoria no me falla, entre los invitados estuvieron Federico Jiménez Losantos, Raúl del Pozo, Massiel, Carmen Rico Godoy y Fernando Arrabal, que cada vez que intervenía se dirigía a Bobbitt como «mi dulce y tierno infante», también «mi querido y casto amigo». Lo que provocaba en el exmarine –autoconsiderado un macho-macho– unos gestos de incomodidad evidentes.

El veredicto de «La Máquina», operada por Gelb, es que Bobbitt no dijo la verdad cuando negó que había estado maltratado a su esposa. De cajón.

El escritor Fernando Arrabal estuvo entre el elenco de invitados que interrogaron a John Bobbitt. También Carmen Rico Godoy y Raúl del Pozo.

Lorena fue absuelta

No regresé de Estados Unidos con un contrato con Lorena. Su representante –allí todos tienen representantes– me dijo telefónicamente, primero, que el juez no le permitía salir del país.

Y segundo, que no la iban a llevar a ningún programa porque cuanto más tiempo pasara más valor tenía su testimonio.

Le argumenté que era justo lo contrario. Pero no cedió. Ahí se quedó todo. Medio año después ya no estábamos interesados en Lorena Bobbitt. Se había pasado el interés.

Lorena fue absuelta en el juicio contra su persona. Tras siete horas de deliberación, el jurado la declaró no culpable por «impulso irresistible» debido a estrés postraumático y abuso acumulado.

Después de unos años de anonimato regresó al foco público fundando la Lorena Gallo Foundation, con la que promueve la concienciación contra la violencia doméstica y de género a través de campañas en medios y redes sociales para visibilizar servicios de ayuda a sobrevivientes.

John Wayne Bobbitt fue juzgado por violación conyugal tras la denuncia de Lorena, pero también fue absuelto por falta de pruebas.

El jurado no pudo acreditar el delito más allá de toda duda razonable, aunque el veredicto no afirmó que los hechos no ocurrieran.

Aquel programa de «La Máquina de la Verdad», además de ser un éxito rotundo, contribuyó a que la violencia doméstica y de género comenzara a visibilizarse en España.

Hoy, Lorena Gallo lucha contra el maltrato con su fundación y John Bobbitt pasó al olvido.

Esta experiencia en «La Máquina de la Verdad» fue un punto de inflexión en mi carrera. Uno de los programas que no hicimos iba a versar sobre los asesinatos de Puerto Hurraco. Fue la primera vez que pisé una sala de vistas, la de la Audiencia Provincial de Badajoz.

Durante mi regreso a Madrid tomé la decisión de especializarme en materia de justicia, tribunales y mundo del derecho.

Pasados cuatro años pasé a dirigir el canal Tribunal Televisión, que se distribuía a través de Vía Digital. Después, durante diez años fui asesor de Imagen de la Justicia del Consejo General del Poder Judicial, trabajando para el Observatorio contra la violencia doméstica y de género, y ahora director de Confilegal.

Disfruté mucho con «La Máquina de la Verdad» como profesional. ¿Quién me iba a decir que aquello, un «reality show» como ese me hiciera pensar y orientaría mi carrera como lo hizo más tarde? Pero así suceden las cosas. Así funciona la vida.

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