¿Conoces la historia de David contra Goliat?
Mira por dónde, tal vez no sea cómo nos la han contado. Lo digo por el escándalo que se ha armado a santo de las recientes declaraciones del magistrado titular del juzgado de violencia sobre la mujer número 8 de Madrid, contra el que se ha desatado una campaña difamatoria que diríase orquestada por el Gasht-e Ershad (“escuadrón anti-vicio” de la República Islámica de Irán).
Su pecado sería imperdonable, pues ha atentado contra el espíritu de la corrección política. En una reciente conferencia que pronunció en el Colegio de la Abogacía de Madrid, se mostró crítico con algunos aspectos de la actual normativa sobre violencia de género.
“Machista” es el epíteto más suave que le han enjaretado. Llegados a este punto lo fácil es decir que sus palabras se han malinterpretado, que es una víctima del activismo woke, que están atentando contra su honor.
Y estaría bien dicho. Pero el problema es más profundo. Me explico.
Incluso si hubiese desafiado la ideología de género, si hubiese cuestionado la misma existencia de la ley que la sustenta, tendría derecho a hacerlo.
La libertad de expresión lo ampara. Tomen nota, queridos lectores, no estamos en una dictadura musulmana, aquí todos y cada uno de los ciudadanos gozamos de la facultad de discrepar, de ir contra corriente, de pensar de manera diferente.
«Lo dejo escrito para que no haya dudas: ofrezco mi apoyo público a su señoría, el juez valiente».
Por descontado que ese juez, como todos nosotros, se expone, a su vez, a ser criticado. He aquí el juego democrático. Lo malo es que algunos quieren taparle la boca. Y eso es inaceptable, sueño húmedo de censores reprimidos.
Fíjense que se han empeñado en que sea castigado. Y no metafóricamente, sino que el Consejo General del Poder Judicial le ha abierto unas diligencias informativas, antesala del expediente disciplinario.
No es de extrañar, porque sus excelentísimos vocales deben el cargo al poder político que, faltaría más, es un poder políticamente correcto.
Todo para nada, por supuesto, porque al final el asunto será archivado. Ahora bien, durante un tiempo se le dará carnaza a la jauría mediática hasta que se le pase el ataque de rabia.
Conmigo, desde luego, que no cuenten. Lo dejo escrito para que no haya dudas: ofrezco mi apoyo público a su señoría, el juez valiente.
Y es que ha dicho en público lo que otros, bien cobardes, piensan en privado. Eso sí, viven muy a gusto desahogándose en los cafés y en voz baja, vaya a ser que se entere algún guardián de las buenas costumbres.
Por eso, no solo lo respaldo, sino que lo admiro.
Por otro lado, en estos momentos aprecio aún más la libertad de prensa, porque a algunos también les gustaría cerrar las puertas a los medios independientes donde encuentran eco estas palabras mías.
Y es que los «ayatolas» oficialistas parecen gigantes. Pero si los despojas de los zancos de la prensa mercenaria, del tabú ideológico, de la amenaza de cancelación, aparecen como son, chaparritos, paticortos, ridículamente acondroplásicos.
El gigante, en realidad, es otro, aquel cuya voz se alza por encima de los balidos del rebaño.
Un gigante maniatado, es verdad, pues se enfrenta a la minoría que mueve los resortes de la corrección política y que blande una onda cargada de dinamita.
Así, cualquiera. Atrevámonos a liberar al coloso de sus amarras para que quede claro quién da la talla.