Estados Unidos puede destruir Irán.
Lo que no puede es destruir Irán y, al mismo tiempo, seguir disuadiendo a China de que Taiwán es intocable.
Esa es la ecuación que nadie en la Casa Blanca quiere plantear en voz alta, pero que los arsenales del Pentágono están resolviendo por sí solos, con cada misil Tomahawk lanzado, con cada interceptor THAAD consumido, con cada Patriot que sale de un silo y no tiene reemplazo antes de dos años.
La Operation «Epic Fury», iniciada el 28 de febrero contra objetivos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución iraní, es una exhibición de poder abrumador.
Lo que no es, ni de lejos, es una operación barata en términos de inventarios militares.
Y ahí reside el problema que puede convertir una victoria táctica en Oriente Medio en una debilidad estratégica frente a Pekín.
Los números que la retórica no puede disimular
El secretario de Defensa Pete Hegseth ha declarado que los «stocks» de Patriot y THAAD permanecen “extremadamente fuertes”.
El propio Trump ha llegado a hablar de capacidad “virtualmente ilimitada”.
Los datos disponibles cuentan una historia diferente.
En junio de 2025, durante la guerra de doce días entre Israel e Irán, Estados Unidos consumió aproximadamente el 25% de su inventario global de interceptores THAAD.
No el 25% de un tipo concreto: la cuarta parte de todo lo que tenía en el planeta para el sistema de defensa más avanzado contra misiles balísticos.
La producción mensual de estos interceptores se sitúa en apenas 6 o 7 unidades.
Considerando la doctrina estándar de lanzar dos interceptores por cada misil entrante, eso significa una capacidad de contrarrestar 3 o 4 amenazas balísticas al mes con producción nueva.
Tres o cuatro al mes, en un mundo donde Irán disponía de unos 3.000 misiles balísticos y 400 lanzadores a mediados de 2025.
Los Patriot, el caballo de batalla de la defensa aérea norteamericana y aliada, se fabrican al ritmo de unas 740 unidades anuales, con planes de alcanzar 1.100 para 2027.
El solo enfrentamiento de 2025 entre Irán e Israel consumió unos 800 millones de dólares en interceptores.
Y ahora estamos ante una campaña que Trump ha estimado en cuatro o cinco semanas de duración, con represalias iraníes que ya han costado la vida a seis militares estadounidenses.
En julio de 2025, antes incluso de la operación actual, el Pentágono suspendió los envíos de misiles de defensa aérea a Ucrania por temor a que los «stocks» propios hubieran caído demasiado.
No fue un gesto político: fue un acto de autoconservación logística.
Tres décadas diseñando el ejército equivocado
La raíz del problema es estructural, no coyuntural.
Tras la Guerra Fría, Estados Unidos optimizó su base industrial de defensa para guerras cortas, quirúrgicas y de alta tecnología.
El paradigma de la Guerra del Golfo —precisión, superioridad tecnológica, campañas breves— se convirtió en dogma.
Se privilegiaron sistemas de alto margen y bajo volumen. Las fábricas de munición convencional cerraron o se reconvirtieron.
Las cadenas de suministro de explosivos básicos se atrofiaron. La mano de obra cualificada envejeció y desapareció sin relevo.
El contraalmirante retirado Mark Montgomery lo ha resumido con brutal franqueza: durante tres Administraciones sucesivas se hicieron compras mínimas año tras año y se rezó para que nadie les pillara desprevenidos.
Les han pillado.
Ni siquiera el presupuesto de defensa más abultado del planeta puede disimular el problema, porque gran parte de ese dinero se destina a personal, sanidad militar y estructura burocrática.
En comparación con la era Reagan, la proporción destinada a adquisición de armamento es sensiblemente inferior. Se gasta mucho, pero no necesariamente en municiones.
La producción actual de granadas de artillería de 155 mm alcanza unas 40.000 al mes, un incremento del 178% sobre niveles preguerra, pero aún insuficiente: Ucrania puede disparar esa cantidad en semanas de operaciones intensivas.
El objetivo del Ejército de llegar a 100.000 mensuales a mediados de 2026 sigue sin cumplirse.
Y el objetivo anual de 1,2 millones de granadas permanece fuera de alcance pese a inversiones récord.
El dilema de los contratos: la industria no invierte sin garantías
Hay una paradoja que explica gran parte de la parálisis industrial.
Los fabricantes de defensa, escarmentados por décadas de ciclos de auge y caída en los pedidos del Pentágono, se niegan a invertir en capacidad productiva sin contratos plurianuales garantizados.
Y durante años, esos contratos no han existido. Las “señales de demanda” —en jerga del sector— han sido erráticas, con variaciones de hasta el 50% interanual.
¿Qué empresa va a construir una fábrica nueva para producir interceptores si no sabe si el año que viene le comprarán la mitad o el doble?
El Congreso ha empezado a reaccionar.
«Irán, con su arsenal de Shaheds y drones de bajo coste, puede imponer un desgaste asimétrico que la tecnología norteamericana, diseñada para el combate de alta gama, no puede sostener indefinidamente».
La ley de gasto de 2026 incluye autorización de adquisiciones plurianuales hasta 2032 para ocho tipos de municiones críticas —THAAD, Patriot PAC-3, Tomahawk, SM-6, LRASM, entre otras—, más 6.300 millones de dólares para municiones críticas y 500 millones para expandir la base industrial de motores de cohete sólido, cuello de botella crítico en la producción de misiles.
El proyecto de reconciliación presupuestaria de 2025 añadió 25.000 millones para adquisición y capacidad productiva.
RTX, fabricante de los Patriot, ha incrementado su producción un 20% y promete acelerarla más en 2026.
Pero los plazos de la industria de defensa no responden al ritmo de la geopolítica. Expandir la producción de municiones se mide en años, no en meses.
Cualificar nuevos proveedores, recertificar líneas paradas, formar mano de obra, construir instalaciones: todo eso requiere un compromiso sostenido que trasciende ciclos electorales.
Algo que, en el sistema político norteamericano, es casi un acto de fe.
La asimetría de costes: misiles de millones contra drones de miles
A la escasez cuantitativa se añade una aberración económica.
Los Houtíes en el Mar Rojo ya lo demostraron: emplear un interceptor de varios millones de dólares para derribar un dron que cuesta unos pocos miles es una ecuación ruinosa.
Irán, con su arsenal de Shaheds y drones de bajo coste, puede imponer un desgaste asimétrico que la tecnología norteamericana, diseñada para el combate de alta gama, no puede sostener indefinidamente.
El Pentágono es consciente y ha esbozado una inversión de 16.000 millones entre 2025 y 2026 en armas de bajo coste, interceptores asequibles y capacidades antidrón con efectores cinéticos y no cinéticos.
Pero, de nuevo, esos sistemas no están operativos hoy.
Taiwán: la verdadera prueba
Todo lo anterior adquiere su dimensión real cuando se proyecta sobre el escenario que verdaderamente preocupa en Washington: el estrecho de Taiwán.
Ryan Brobst, de la Foundation for Defense of Democracies, lo ha expresado con nitidez: el problema no es que falten municiones para Irán; el problema es lo que viene después y la capacidad de disuadir a China.
Un conflicto en el Pacífico sería de una escala incomparablemente superior al de Irán. Las tasas de consumo de misiles antibuque, interceptores de defensa aérea y municiones de precisión superarían con creces las necesidades actuales.
Los informes del CSIS y los wargames del Congreso coinciden: a los niveles de producción actuales, los inventarios norteamericanos se agotarían en semanas de operaciones de combate mayores.
No en meses. En semanas.
Y el THAAD, precisamente el sistema que se está desgastando en Irán, es el que sería crucial para defender las posiciones estadounidenses en Asia frente a misiles balísticos chinos.
Cada interceptor lanzado en Oriente Medio es, literalmente, uno menos disponible para el Indo-Pacífico.

La NDAA de 2026 y la hora de la verdad
La Ley de Autorización de Defensa Nacional para 2026 incluye una disposición significativa: exige al secretario Hegseth un informe detallando cuántos días podrían combatir las fuerzas estadounidenses en múltiples teatros antes de agotar los inventarios actuales.
Es la primera vez que el Congreso formaliza legislativamente lo que los analistas llevan años gritando.
El hecho de que haga falta una ley para obtener ese dato dice tanto como el dato mismo.
Europa debería estar tomando nota
Para Europa, la lección es meridiana. Si Estados Unidos tiene dificultades para sostener sus propios arsenales en un conflicto contra un adversario como Irán —una potencia regional, no global—, la credibilidad de la garantía de seguridad norteamericana sobre el flanco oriental europeo entra en zona de sombra.
El senador Blumenthal, del Comité de Fuerzas Armadas del Senado, lo ha dicho sin rodeos: los recursos son limitados y llegará un momento en que será difícil decirle a Ucrania qué puede esperar.
La autonomía estratégica europea, ese concepto que en Bruselas suena a música de fondo cuando no a brindis al sol, debería estar, a estas alturas, en el centro de la agenda.
No por antiamericanismo, sino por elemental cálculo de supervivencia. Si el proveedor principal de seguridad está quemando sus reservas en un conflicto que puede durar semanas y cuya reposición requiere años, la pregunta no es si Europa debe armarse más: es cuánto tiempo puede permitirse no hacerlo.
Estados Unidos no tiene un problema de potencia. Tiene un problema de profundidad.
Puede golpear con una fuerza devastadora, pero no puede golpear con fuerza devastadora durante mucho tiempo y en varios frentes simultáneamente.
La Operation «Epic Fury» puede destruir la capacidad nuclear y militar iraní. Pero cada Tomahawk que cruza el cielo de Isfahán es un Tomahawk que no estará en el estrecho de Taiwán.
Y en Pekín, esa aritmética la saben hacer perfectamente.