Opinión | Putin, un hombre con suerte

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington y consultor internacional, sigue los acontecimientos de la guerra de Irán. A su juicio, Trump y el sionismo han incendidado el Oriente Medio y el único que se calienta las manos, y sale ganando, sigue siendo el inquilino del Kremlin, Vladimir Putin. Foto: Generada digitalmente.

14 / 03 / 2026 05:44

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«Cuando dos vecinos se pelean, el tercero recoge la leña», proverbio ruso.

Vladimir Putin no ha tenido que mover un solo tanque, disparar un solo misil ni gastar un solo rublo para conseguir lo que cuatro años de guerra en Ucrania no le habían dado. Le ha bastado con esperar. Y con que Trump cogiera el teléfono.

A veces, la mejor estrategia es dejar fluir los errores ajenos.

La aritmética de la suerte, actualizada a hoy

Repasemos los números, porque los números no mienten ni tienen agenda ideológica.

Antes de que el 28 de febrero Estados Unidos e Israel lanzaran la Operación «Epic Fury» contra Irán, el crudo Urals —la referencia sobre la que Rusia calcula sus ingresos fiscales— cotizaba en torno a 40-46 dólares por barril.

Una cifra de pesadilla para Moscú, cuyo presupuesto federal de 2026 asume un precio de equilibrio de 59 dólares.

Los ingresos petroleros rusos de enero fueron los más bajos desde finales de 2022, con una caída interanual superior al 50%.

El Fondo Nacional de Bienestar estaba en mínimos. Los analistas hablaban ya de una crisis fiscal estructural capaz de comprometer el esfuerzo bélico en Ucrania.

Y entonces, Trump apretó el gatillo sobre Irán.

Trece días después, el Brent ha superado los 100 dólares por barril por primera vez desde agosto de 2022 —cerrando el 12 de marzo en 100,46 dólares y rozando los 102 en negociación asiática—, impulsado por las declaraciones del nuevo líder supremo iraní, el ayatolá Mojtaba Jamenei, quien se ha pronunciado a favor de mantener indefinidamente el bloqueo del estrecho de Ormuz.

El WTI ha cerrado en 95,73 dólares. El gas europeo TTF se ha disparado un 75% desde el inicio del conflicto.

El tráfico marítimo en Ormuz ha caído un 80% en cuestión de horas.

La Agencia Internacional de la Energía ha calificado la interrupción actual como la mayor en la historia del mercado petrolero mundial, con unos diez millones de barriles diarios bloqueados en el Golfo Pérsico.

Goldman Sachs ha revisado al alza un 20% sus previsiones para el Brent y advierte que los precios podrían superar el pico histórico de 2008 —147 dólares— si Ormuz permanece cerrado durante meses.

La AIE, junto con 32 países, ha anunciado la mayor liberación de reservas estratégicas de la historia: 400 millones de barriles.

Ben Emons, director de inversiones de FedWatch Advisors, lo resume con precisión: «el mercado petrolero considera la liberación de la AIE como una pistola de agua, no como una bazuca».

Los hechos le dan la razón.

Putin no necesitaba que Irán ganase la guerra. Solo necesitaba que Trump la empezase.

«Putin es, efectivamente, un hombre con suerte. Pero su suerte tiene un nombre propio: se llama la incoherencia estratégica de Washington. Y mientras no la corrijamos —porque nos afecta a todos—, seguiremos siendo peones en un tablero que otros, desde el Kremlin, se limitan a observar».

El regalo envuelto en misiles Tomahawk

Bloomberg lo tituló sin ambigüedad: Putin es el único ganador seguro de este conflicto.

La firma de análisis Kpler concluyó que el conflicto está mejorando materialmente la posición competitiva de Rusia en los mercados de crudo.

Newsweek enumeró los cinco regalos a Putin que envuelve la guerra de Trump contra Irán. Podemos añadir un sexto, el más inesperado: el propio Washington le ha entregado las tijeras para abrir el paquete.

La concatenación de efectos que beneficia al Kremlin sigue siendo la misma, pero hoy tiene una dimensión nueva que cualquier estudiante de primer curso de Relaciones Internacionales habría anticipado como improbable.

Primer efecto: el precio

Cada dólar que sube el barril de Brent arrastra al alza el Urals. Rusia exporta cerca de cinco millones de barriles diarios.

Incluso vendiendo con descuentos respecto al Brent por efecto de las sanciones, la subida global del crudo inyecta oxígeno directo en las arcas del Kremlin.

Con el Brent por encima de 100 dólares, el Urals ha superado ya la barrera psicológica de los 59 dólares que marca el punto de equilibrio del presupuesto federal ruso.

El propagandista Vladimir Soloviov lo dijo sin pudor en televisión: para el presupuesto ruso, el ataque a Irán es una gran ventaja.

Agregó que, si los campos iraníes resultan dañados, Rusia se convertiría en uno de los pocos productores disponibles.

Segundo efecto: la sustitución

China importaba el 99% del crudo iraní, aproximadamente 1,6 millones de barriles diarios. Con esas exportaciones interrumpidas, Pekín ha llamado a Moscú.

India, que bajo presión estadounidense había reducido sus compras de Urals, ya está reconsiderando la reanudación.

Los analistas de TD Securities lo formulan sin rodeos: la demanda china e india se desplazará hacia el crudo ruso, lo que aliviará la presión sobre el Kremlin.

Tercer efecto: la distracción ucraniana

Cada misil Patriot desviado hacia Oriente Medio es un misil menos para Ucrania.

Los Patriot, como recordó el teniente general ucraniano Ihor Romanenko, se fabrican en cantidades muy limitadas.

Washington no puede sostener dos teatros de operaciones con misiles de defensa aérea sin que uno de los dos sufra. Ese será Ucrania.

El teléfono rojo que nadie quería ver

Pero hay un cuarto efecto, anunciado el 12 de marzo de 2026, que supera a los tres anteriores en su dimensión geopolítica: el propio Trump ha suspendido temporalmente las sanciones al petróleo ruso.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo anunció con una frase eufemística pero inequívoca: «para ampliar el alcance global del suministro existente, el Departamento del Tesoro otorga una autorización temporal para que los países adquieran petróleo ruso actualmente varado en el mar».

La exención estará vigente hasta el 11 de abril. Afecta a unos 30 buques cisterna que transportan al menos 19 millones de barriles de crudo y 310.000 toneladas de productos refinados.

Según Fox News, podría haber hasta 124 millones de barriles de origen ruso flotando en aguas internacionales, potencialmente elegibles.

La medida amplía una exención previa que Washington ya había concedido a la India y que ahora extiende con carácter global.

La Casa Blanca defiende que no supone un beneficio significativo para Rusia, arguyendo que solo afecta a crudo ya en tránsito.

El argumento técnico es débil: al eliminar temporalmente las penalizaciones por sanciones, el Urals puede superar el precio de equilibrio del presupuesto ruso, lo que contribuye directamente a financiar la guerra de Ucrania que Washington dice querer detener.

El dato que completa el cuadro: Trump habló por teléfono con Putin antes de anunciar la suspensión de sanciones. El cronograma de la llamada y el anuncio no necesita explicación adicional.

Los aliados europeos reaccionaron con alarma. El canciller alemán Friedrich Merz fue el más directo, calificando la decisión de error estratégico.

El presidente Macron subrayó que el G7 mantiene su postura sobre las sanciones.

Pero la fractura ya es visible: mientras Europa intenta mantener la presión económica sobre Moscú por la invasión de Ucrania, Washington opera con una lógica transaccional en la que el precio del crudo en vísperas de unas midterms pesa más que la cohesión del bloque occidental.

Nuestro vaticinio es que esta exención de 30 días no será la última.

Bessent ya dijo que la prioridad es que «el petróleo siga fluyendo hacia el mercado global».

Cuando el Brent cotiza a 100 dólares y el nuevo líder supremo iraní anuncia que el bloqueo de Ormuz continuará, la lógica de las próximas exenciones se escribe sola.

Europa: de la hoguera al fuego

La dimensión más dolorosa para los europeos sigue siendo la energética.

El ministro de Energía de Noruega, Terje Aasland —y Noruega es hoy el mayor proveedor de gas de la UE, con el 30% de la demanda—, ya ha planteado públicamente que, dada la situación geopolítica actual, el debate sobre las importaciones de gas ruso se reabrirá.

Se refería a la prohibición total que la UE aprobó en enero de 2026: cero GNL ruso desde principios de 2027 y cero gas por gasoducto desde septiembre de 2027. Hungría y Eslovaquia ya votaron en contra.

Los datos explican por qué el ministro noruego se atreve a decir en voz alta lo que muchos piensan en voz baja.

Europa comenzó 2026 con unos niveles de almacenamiento de gas de 46.000 millones de metros cúbicos, frente a los 60.000 del año pasado y los 77.000 de 2024.

Las reservas alemanas están al 21,6%. Las francesas, en cifras similares. Y ahora, justo cuando toca rellenar los depósitos de cara al próximo invierno, Qatar paraliza la producción, Ormuz se cierra y los precios del TTF se han disparado un 75%.

El «think tank» Bruegel lo ha diagnosticado con precisión: la exposición de Europa a los «shocks» geopolíticos sigue anclada en su dependencia de combustibles fósiles importados y comercializados en mercados globales volátiles, aunque haya cambiado la dependencia de Rusia por la de otros proveedores, entre ellos Estados Unidos.

Europa no resolvió el problema en 2022. Solo cambió de proveedor y de ruta marítima. Y ahora las rutas marítimas arden.

La industria europea intensiva en energía —química, fertilizantes, acero, vidrio, papel— ya sufrió la crisis de 2022.

Otra sacudida sostenida por encima de 50-60 euros por megavatio hora podría provocar cierres de plantas y recortes de producción en Alemania, Italia y Países Bajos.

El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, ha declarado esta semana que la Armada de su país «no está lista» para escoltar buques a través del estrecho de Ormuz.

Y los productores del Golfo han tenido que reducir en torno a seis millones de barriles diarios de producción porque la capacidad de almacenamiento alcanza límites críticos.

La herejía que se abre camino

Aquí está la ironía suprema de todo este asunto.

Estados Unidos, que en 2022 presionó a Europa para que cortara lazos energéticos con Rusia, acaba de crear las condiciones perfectas para que Europa los necesite reconectar.

Y lo ha hecho de dos maneras simultáneas: bloqueando las rutas alternativas al lanzar una guerra en el corazón del tránsito petrolero global y, acto seguido, levantando él mismo las sanciones al petróleo ruso.

Trump no sólo no ha consultado a los aliados europeos antes de atacar Irán; ha dinamitado la arquitectura de seguridad energética que la propia Europa construyó como alternativa al gas de Moscú.

Las alternativas se estrechan. El GNL catarí está suspendido. El GNL estadounidense compite en un mercado global donde los compradores asiáticos pujan al alza.

El noruego tiene un techo físico. Las renovables, por mucho que Bruselas acelere la transición, no sustituyen el gas en la industria pesada ni en la calefacción de un invierno europeo. No en 2026. No en 2027. Probablemente no antes de 2035.

¿Qué queda? El gasoducto. El viejo y denostado gasoducto. El TurkStream. Y la posibilidad herética, innombrable, de que alguien en Bruselas susurre lo que Aasland ya ha dicho en voz alta: tal vez necesitemos replantear la cuestión rusa.

Putin lo sabe. No necesita ganar en Irán. No necesita que Teherán sobreviva como aliado funcional.

Solo necesita que la guerra dure lo suficiente para que el invierno europeo haga el trabajo diplomático por él.

Cada semana que el Estrecho permanezca cerrado, cada factura de gas que suba en Milán, en Varsovia o en Barcelona, será un argumento más a favor de la tesis que Moscú lleva cuatro años esperando que alguien en Europa articule: quizá hay que mirar hacia el Este.

La lección que nadie quiere aprender

La lección geopolítica de fondo es brutal en su simplicidad. Europa no tiene soberanía energética. No la tenía con Rusia, no la tiene con el GNL global y no la tendrá mientras su modelo industrial dependa de hidrocarburos que no produce.

La transición verde no es un capricho ideológico ni una concesión al ecologismo: es la única vía hacia una política exterior verdaderamente autónoma.

Mientras Europa compre energía fuera, su política exterior la escribirán otros. Ayer Putin con el grifo del gas.

Hoy Trump con los misiles sobre Irán y el levantamiento de las sanciones a Moscú. Mañana, quién sabe.

Hay una simetría perfecta y siniestra en lo que acaba de ocurrir: el mismo presidente que lanzó la guerra en nombre de la seguridad global ha tenido que llamar a Putin para pedirle que ponga más petróleo en el mercado.

El proverbio ruso del principio no podría ser más exacto.

Putin es, efectivamente, un hombre con suerte. Pero su suerte tiene un nombre propio: se llama la incoherencia estratégica de Washington. Y mientras no la corrijamos —porque nos afecta a todos—, seguiremos siendo peones en un tablero que otros, desde el Kremlin, se limitan a observar.

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