Opinión | China, Rusia e Irán, el Eje que Trump no supo ver

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, explica en su columna lo evidente, lo que nadie ve hasta que alguien lo explica con claridad: en cincuenta y nueve días Trump ha materializado la coalición que tres generaciones de planificadores estadounidenses dedicaron su carrera a impedir. Imagen: Generada digitalmente.

29 / 04 / 2026 05:42

«El escenario potencialmente más peligroso sería una gran coalición de China, Rusia y quizá Irán, una coalición ‘antihegemónica’ unida no por la ideología, sino por agravios complementarios»Zbigniew Brzezinski, «The Grand Chessboard» (El gran tablero de ajedrez), 1997.

La fotografía es deliberada. Vladímir Putin recibe a Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores de Irán, en la Biblioteca Presidencial Boris Yeltsin de San Petersburgo, no en una sala de trabajo del Kremlin ni en un despacho discreto de Smolenskaya.

El escenario es presidencial, casi monárquico. La coreografía es la de quien quiere que el mundo vea exactamente lo que se está viendo: el presidente de Rusia consagrando, ante las cámaras, una alianza estratégica con la República Islámica de Irán a las pocas semanas de un alto el fuego forzado por la sangre y por el petróleo. Putin no improvisa imágenes de este calibre. Las construye.

El canciller iraní llega tras una gira que en sí misma es un mapa: Islamabad, Mascate, San Petersburgo.

Ningún paso es casual. Pakistán es el mediador formal del alto el fuego del 8 de abril; Omán es el único Estado ribereño de Ormuz junto a Irán; Rusia es, hoy, el aliado estratégico que Teherán necesita exhibir. Y por encima de los tres, una cuarta presencia que no aparece en la fotografía pero que vertebra el conjunto: Pekín, que vetó junto a Moscú la resolución del Consejo de Seguridad sobre Ormuz el 7 de abril, que absorbe el petróleo ruso a precios inflados desde el primer día de la guerra y que ha calificado el bloqueo naval estadounidense de Irán como «peligroso e irresponsable». El eje Moscú-Teherán-Pekín no se está formando. Ya opera.

San Petersburgo: la coreografía de un Estado que vuelve a importar

Putin sabía exactamente qué decir. Habló del «valor y heroísmo» con que Irán defiende «su independencia y soberanía».

Anunció que Rusia hará «todo lo posible» por la paz en Oriente Medio «según los intereses» de Teherán y de los pueblos de la región.

Y reveló, con cuidado calculado, que la semana anterior había recibido un mensaje de Mojtaba Khamenei, el nuevo Líder Supremo iraní tras la muerte de su padre en los bombardeos del 28 de febrero.

La frase no es protocolaria: es certificación. Putin se presenta como interlocutor directo del vértice del poder iraní, con línea abierta al ayatolá. Trump no tiene esa línea. La rompió él mismo cuando ordenó la operación Epic Fury.

Peskov, portavoz del Kremlin, lo subrayó en términos que rara vez emplea la diplomacia rusa: «la importancia de esta conversación es difícil de sobreestimar».

Es lenguaje de ocasión histórica. Y lo es. Por primera vez desde el inicio de la guerra, un canciller iraní llega a Rusia no a pedir ayuda militar —Moscú no la dará abiertamente— sino a coordinar la siguiente fase: la diplomática. Araghchi traía bajo el brazo la propuesta de un acuerdo en dos tiempos —reapertura de Ormuz y fin de la guerra primero, programa nuclear después— que Pakistán transmitió a Washington el fin de semana. Putin no es ya un espectador del conflicto: es co-arquitecto del marco en que se discutirá su salida.

Llamémoslo por su nombre. Lo que hemos visto en San Petersburgo no es una visita oficial. Es un acto de Estado. La rehabilitación pública de un actor —Putin— al que en febrero de 2022 Occidente quiso convertir en paria, y que en abril de 2026 se permite el lujo de presentarse como mediador imprescindible en la mayor crisis energética del siglo.

El eje que ya estaba ahí: tres vetos, dos oleoductos y un bloqueo

Quien sostenga que la coalición Rusia-Irán-China es una ficción ideológica no ha leído los datos del primer trimestre de 2026.

Los datos hablan solos. El 90% de las exportaciones rusas de crudo en el primer trimestre se han dirigido a China e India. La guerra que estrangula el Golfo ha convertido a Rusia en el proveedor energético de emergencia del bloque asiático: lo que Moscú vendía con descuento punitivo desde 2022, ahora lo coloca a precios inflados por la prima de Ormuz.

Lavrov se desplazó a Pekín el 15 de abril para ofrecer formalmente a Xi «llenar el vacío de recursos» creado por la guerra.

La sanción que iba a arruinar a Rusia ha terminado financiando su consolidación como potencia energética indispensable.

En el plano diplomático, la coordinación es igual de visible. El 7 de abril, Rusia y China vetaron conjuntamente la resolución de Bahréin —respaldada por once de los quince miembros del Consejo de Seguridad— que pretendía amparar la libertad de navegación en Ormuz.

El embajador chino Fu Cong fue brutalmente claro: adoptar esa resolución cuando Estados Unidos «amenaza la supervivencia de una civilización» habría sido enviar el mensaje equivocado.

China ya no se esconde detrás de la abstención técnica. Vota con Rusia, contra el sistema occidental, en favor de Irán, y lo hace en la sala más visible del orden internacional liberal.

El 31 de marzo, además, China y Pakistán habían presentado un plan conjunto de cinco puntos para la reapertura de Ormuz que la Unión Africana respaldó como «contribución oportuna y constructiva».

Trump rechazó la mediación china con desdén. Le pareció humillante. Lo es —pero no en el sentido que él cree—.

Es humillante porque la única mediación que ya parece capaz de funcionar no pasa por Washington. Pasa por Pekín, Moscú e Islamabad. La Casa Blanca ha quedado fuera de su propia guerra.

Putin, el especialista: cómo se gana una guerra ajena

Si hay un actor que ha convertido la guerra de Trump en oportunidad estratégica, ese es Vladímir Putin.

Mientras la VII Flota agota cascos y combustible en el Golfo Pérsico —con un Gerald R. Ford retirado por sobreextensión—, Moscú cobra dividendos.

El precio del Brent, disparado por el bloqueo de Ormuz, ha multiplicado los ingresos rusos por exportación de hidrocarburos.

China e India, los dos grandes compradores asiáticos, han incrementado masivamente sus importaciones de crudo ruso para cubrir el hueco iraní.

La paradoja es exacta: la guerra estadounidense contra el principal aliado regional de Rusia ha enriquecido a Rusia.

Putin ha hecho del oficio de mediador una especialidad. Ucrania le sirvió para acreditarse como actor con el que hay que negociar.

Siria, en su día, para acreditarse como actor capaz de proteger regímenes. Irán le sirve ahora para acreditarse como actor capaz de gestionar la salida de una guerra que él no inició y que solo le beneficia.

La técnica es siempre la misma: dejar que Occidente se desangre en la apertura del conflicto, posicionarse como interlocutor imprescindible en la fase intermedia y monetizar la mediación cuando llega la hora del acuerdo.

Es el manual de Kissinger ejecutado por un antiguo oficial del KGB. Y funciona.

Hay quien dirá que Rusia es una potencia en declive demográfico, tecnológico y económico. Es cierto. Pero el declive no impide la habilidad táctica; a veces, la agudiza.

Lo que define a Putin no es la fortaleza estructural de su Estado —que es modesta—, sino su capacidad para identificar el error ajeno y explotarlo antes de que el adversario lo perciba.

Trump le ha regalado el mayor error estratégico estadounidense desde Irak 2003. Putin lo está aprovechando con la calma del jugador que sabe que el reloj corre a su favor.

«Pueden venir a nosotros, o pueden llamarnos»: la guerra de Gila

El domingo, en una entrevista con Fox News, Donald Trump pronunció una de las frases más reveladoras de su segundo mandato.

Preguntado por la parálisis de las negociaciones con Irán, respondió que no tiene «ninguna prisa» por alcanzar un acuerdo.

Y añadió: «Pueden venir a nosotros, o pueden llamarnos». Inmediatamente después canceló el viaje a Pakistán de su enviado especial Steve Witkoff y de su yerno Jared Kushner.

Es la guerra de Gila. «¿Es el enemigo? Que se ponga». La diferencia, claro, es que en el monólogo del humorista español la comicidad nacía del absurdo de tratar la guerra como una llamada de teléfono.

En boca del presidente de los Estados Unidos, el absurdo no es comicidad: es política exterior. Es la confesión involuntaria de que ya no hay estrategia, solo espera.

«La paradoja terminal del trumpismo es que, en su afán por restaurar la grandeza americana, ha producido en pocas semanas la coalición que Estados Unidos lleva veinte años intentando evitar: un eje euroasiático coordinado entre Moscú, Teherán y Pekín».

Que la primera potencia militar del planeta, dueña de la mayor flota del mundo y autora hace ocho semanas de la mayor operación aérea desde Irak, se permite el lujo —o asume la derrota— de quedarse esperando una llamada que probablemente nunca llegará.

Y que cuando llegue, llegará desde San Petersburgo, no desde Teherán.

Compárese esa frase con la diplomacia que hizo grande a Estados Unidos en el siglo XX. Kissinger viajaba. Brzezinski viajaba. Baker viajaba. Holbrooke viajaba.

Iban a Pekín, a Moscú, a Sarajevo, a Camp David. Construían los marcos en los que después se firmaban los acuerdos. La diplomacia americana clásica entendía que el poder no se ejerce esperando llamadas: se ejerce ocupando el espacio antes de que lo ocupe otro.

Brzezinski lo formuló con la precisión que le era propia: en geopolítica, el espacio que no llenas tú, lo llena tu adversario.

Trump ha invertido el principio. No llena: espera. No viaja: convoca. No construye marcos: cancela viajes de sus enviados.

Y mientras la Casa Blanca espera la llamada, Putin recibe a Araghchi en la Biblioteca Yeltsin, Lavrov visita a Xi en Pekín, China y Pakistán presentan planes de paz, y la propuesta iraní del fin de semana —reapertura de Ormuz a cambio de aplazar la cuestión nuclear— circula por todas las cancillerías excepto, en la práctica, por Washington. La superpotencia se ha quedado sin teléfono.

Lo que se ha quebrado

No es una negociación lo que se ha quebrado. Es una presunción más profunda: la presunción de que el mundo gira en torno al teléfono de la Casa Blanca.

Esa presunción, que organizó el orden internacional desde 1945, daba por sentado que ningún gran asunto estratégico podía resolverse sin la mediación, el arbitraje o al menos el visto bueno americano. Era cierto. Durante setenta años fue cierto. Hoy, no lo es. La prueba está en San Petersburgo.

La paradoja terminal del trumpismo es que, en su afán por restaurar la grandeza americana, ha producido en pocas semanas la coalición que Estados Unidos lleva veinte años intentando evitar: un eje euroasiático coordinado entre Moscú, Teherán y Pekín, con escalas funcionales en Islamabad y Mascate, capaz de vetar resoluciones del Consejo de Seguridad, capaz de redirigir flujos energéticos globales y capaz —sobre todo— de organizar la salida de una guerra sin que Washington esté en la sala.

La advertencia, además, no era nueva.

Estaba escrita. Brzezinski la formuló con precisión casi notarial hace casi treinta años —el lector la encuentra en el frontispicio de esta columna— y la presentó entonces como hipótesis disuasoria, no como pronóstico.

Era el mapa que el estratega muestra al gobernante para señalar dónde no hay que pisar. Trump no solo ha pisado: ha bailado encima.

En cincuenta y nueve días ha materializado la coalición que tres generaciones de planificadores estadounidenses dedicaron su carrera a impedir.

Estados Unidos había caído bajo en otras ocasiones. En Saigón, en Beirut, en Mogadiscio, en Kabul. Pero siempre conservaba el teléfono. Siempre era Washington quien convocaba la mesa. Lo nuevo de abril de 2026 es que la mesa se ha montado sin Washington, y que Washington responde diciendo que quien quiera hablar, que llame.

Putin, mientras tanto, ya ha cogido el teléfono. Está hablando con todos. Y sonríe.

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