La Pascua, una de las grandes festividades judías, conmemoraba como Yahveh, por medio de Moisés y de las plagas que había enviado contra los egipcios, había liberado a su pueblo de la esclavitud.
Tras la noche en que murieron los primogénitos de Egipto, Moisés partió con su pueblo a una larga marcha por el desierto que duraría cuarenta años, al final de los cuales llegaron a la Tierra Prometida.
La Pascua era la gran fiesta de Jerusalén, pues en teoría, estaba obligado a subir a la ciudad todo el mundo, excepto “el sordo, el idiota, el menor, el hombre de órganos tapados (sexo dudoso), el andrógino, las mujeres, los esclavos no emancipados, los tullidos, el ciego, el enfermo, el anciano y todo el que no pudiese subir a pie al monte del Templo”.
Por supuesto, a éstos habría que añadir la mayoría de pobres, que no podrían permitirse la realización del viaje.
Así, Jerusalén, los días de Pascua sería un hervidero de almas procedentes de todos los puntos de Israel y de lugares más lejanos en los que hubiera comunidades judías, como Alejandría, Cirene, Cilicia e infinidad de ciudades de todo el Próximo Oriente.
Así, los días previos al domingo conocido como “de Ramos”, Jesús permaneció en Jericó para, desde allí, siguiendo el camino que se dirige hacia el oeste a través de Wadi Kelt, llegar a Betfagé y Betania, dos pequeños pueblos en las cercanías del Monte de los Olivos.
El Plan
El plan de Jesús era proclamar el reino mesiánico de Israel y la de su propia persona como “el Mesías”. El gesto de entrar en Jerusalén no es gratuito, pues Jesús sabe que la mayoría de los que presencien la escena recordarán al instante dos pasajes del Antiguo Testamento (Libro de los Reyes 1, 33-40 y Libro del profeta Zacarías, 9, 9).
Ambos textos se refieren al rey de Israel que entra en su ciudad, Jerusalén, en medio de escenas de júbilo y, lo que es más importante para la identificación con el gesto de Jesús, montado en un borrico.
La referencia no puede ser más clara. Jesús está declarándose rey de Israel ante su pueblo, pues el procedimiento llevado a cabo por Salomón y se identifica conscientemente con el “Rey” de la profecía de Zacarías (“He aquí tu Rey que viene a ti, es justo y victorioso, humilde y montado sobre un asno, sobre un pollino, cría de asnas”).
Todo el mundo entendió a la perfección el mensaje, pues la sociedad judía de la época estaba enormemente familiarizada con la cita o alusiones a pasajes del Antiguo Testamento, y más si se referían a la posible llegada de un Mesías o la proclamación de un rey que los liberase del yugo romano.
El Templo
Así, el primer paso del plan se dio con la entrada en Jerusalén. Al día siguiente, Jesús subirá la apuesta con otro gesto, y elegirá para ello el mejor escenario posible: el gran Templo de Yahveh en Jerusalén.
Así, durante el lunes, martes y miércoles se producirán hechos diversos (expulsión de los mercaderes del Templo, entrega del primer y segundo diezmo, cuyo pago permitía sacrificios pacíficos y acciones de gracias en el mismo templo, es decir, los animales –fundamentalmente corderos o palomas- ofrendados, se podían comer, después de haber entregado una porción de los mismos a los sacerdotes, ofrendas a las viudas y cumplimiento de reglas diversas).
No hay que olvidar que la Ley judía contaba con un total de seiscientas trece reglas, demasiadas para poder cumplirlas todas o siquiera establecer un orden claro de importancia, que generalmente se solucionaba con la “regla de oro” cuya formulación más conocida se atribuye al sabio Hillell: “Lo que tú no quieras para ti, no se lo hagas a tu prójimo. En eso consiste la Torah; lo demás sólo es explicación”.
El sacrificio de las ofrendas
La Pascua, se celebraba conforme a un elaborado ritual que incluía las disposiciones originales sobre la fiesta contenidas en el capítulo 12 del Libro del Éxodo, fundamentalmente, la limpieza de la casa y el sacrificio del cordero.
De este modo, para actuar correctamente, había que dirigirse al Templo, comprar allí el cordero (en alguna tienda próxima), pasar al dentro y acceder al Patio de los Israelitas, al que los fieles accedían hasta que se llenara.
Una vez completo, se hacía sonar un cuerno y se cerraban las puertas. Entonces cada uno procedía al sacrificio de su cordero.
Una vez, se degollaba al animal, se vertía su sangre en una copa que recibía un sacerdote; éste, a su vez, pasaba la copa a un compañero, que la vertía sobre el altar como sacrificio y la devolvía vacía.
Este complicado proceso tiene su explicación: el israelita que degüella un animal no debe pisar el Patio de los Sacerdotes donde se encontraba el altar (que solo podía ser pisado por los sacerdotes y no por los fieles).
Además de la sangre, también se vertía en el altar la grasa del cordero, mientras que la carne se llevaba a casa para ser asada y consumida por el ofrendante y su familia o invitados.
Los ramos
Y la forma principal, de llevar de vuelta a casa los restos del animal sacrificado para proceder a su consumo, dado que en aquella época no había plásticos, ni fácilmente acceso a papeles u otro tipo de envases o envoltorios, se utilizaban las hojas de palma que se cortaban de los árboles y palmeras que había en los alrededores de Jerusalén.
Este dato, explica por qué el domingo “de Ramos” muchísimas personas habían recibido a Jesús agitando dichas palmas. La accesibilidad de las palmas como elemento de expresión de júbilo (a modo de agitar pañuelos u otros adminículos) es lo que determinó que el domingo de entrada de Jesús se conozca como “Domingo de Ramos”.
Una cariñosa anécdota
Quien suscribe estas líneas, en su mocedad, en un pequeño pueblo de la Manchuela conquense fue monaguillo (como la mayoría de niños de aquella época de los años sesenta y setenta del siglo pasado).
Y uno de los sacerdotes, cuyo nombre omito, pero que fue gran persona y un ejemplo y modelo de conducta, de sencillez, dedicación y servicio a sus feligreses, un domingo de Ramos en su prédica, desde el púlpito, exponía para justificar la humildad de Jesús, más o menos, el siguiente argumento: “Hijos míos, todos tenemos que tomar como ejemplo a Jesús. Él, tal día como hoy, Domingo de Ramos, entró en Jerusalén, subido en un burro, y no en un SEAT seiscientos como hubiera hecho si fuera orgulloso…”.
Ni que decir tiene que los dos monaguillos oficiantes, dentro de la compostura, nos miramos y una sonrisa brotó en nuestras inocentes caras….