Lo confieso, he ido a ver Torrente Presidente. No puedo negar que me he reído, pero menos de lo que esperaba.
Cuando fui a ver Torrente, el brazo tonto de la Ley, comprendí lo que significaba eso de “reírse a mandíbula batiente”, tanto que la algarabía que formamos en la sala fue objeto de comentario en el diario Expansión al día siguiente, ya que en el grupo de amigos concurría alguno muy conocido y debió ser visto e, inevitablemente, escuchado por el periodista.
La escena del coche, con los rollos de papel higiénico y la propuesta pajillera de Torrente, provocó tal despiporre que sí, salimos en los periódicos.
Lógicamente, la saga ha ido a menos y, salvo la segunda (también tremenda), el resto ha sido menor, salvando algunos gags memorables, como el del camión de Butano y los personajes que rodean a la misma.
Pero lo que creo que marca la gran diferencia es la época en la que la primera entrega y esta última han sido creadas y la relación que con la misma pueden tener ambas.
Torrente, el brazo tonto de la Ley se estrena en 1998, y lo que produce risa es un personaje absolutamente zafio, guarro y bestia, pero que representa una España que había sido o era en una forma residual, anecdótica.
Lo de Torrente no era forma de comportarse, era un mendrugo, pero hacía gracia porque se veía que eso no era hacia donde íbamos, era un dejar atrás.
Sin embargo, en Torrente Presidente no se trata de mofarse de una sociedad en extinción, se trata de una sociedad de destino: es a lo que hemos llegado y, por eso, entre el desgaste natural del personaje y la sociedad que literalmente refleja, la película da casi más ganas de llorar que de reír.
Lo mismo pasa con Pedro Almodóvar, pero no con respecto a la sociedad, sino con respecto a él mismo, y conste que viene al caso porque ambos directores han estrenado a la vez.
Si Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) era puro cachondeo y demostraba una alegría guarrindonga y desenfadada, muy de la época, el director se fue apartando del cachondeo vital para irse concentrando cada vez más en sus rollos mentales e ideológicos, hasta transformarse en un jarabe espeso y pringoso, producto de vivir sectarizado pero millonario.
Y sí, lo confieso, no he visto su última película, me tiré por la borda hace muchas; pero, como soy muy cariñoso, no puedo dejar de acordarme de su primera entrega antes comentada y lo bien que me lo pasé ante el enfado de mi padre, que no podía entender lo que allí veía, cosas del cambio generacional.
Por mucho que intenta caerme mal, a mí me cae bien el tío y, si por casualidad le viera por Rosales, hasta le saludo aunque me mande a la mierda al estilo de Fernán Gómez.