Javier Cremades ha escrito “Sobre el imperio de la ley”, y yo me pregunto si tenía información sobre la “extracción” de Nicolás Maduro y Cilia Flores y es que no se puede ser más oportuno en la publicación de este estupendo ensayo.
A través de una lectura que se hace muy amena y que posibilita que el libro sea recomendable tanto para el profesional del derecho como para el lego en la materia, pero preocupado por el marco legal que ha de enmarcar una nación y por los principios que han de informar ese marco.
No hay sociedad libre sin imperio de la ley, y ese imperio, que permite nada menos que la convivencia en libertad y la justicia, es un conjunto orgánicamente vivo cuya cabeza es la Constitución democrática que, en nuestro caso, nos dimos en el 78.
Y cuyo respeto y permanencia son absolutamente esenciales, junto a algo sin lo que nada de lo demás existe: la división de poderes y la independencia del poder judicial, huyendo como de la peste del “constructivismo” y del “uso alternativo del derecho”, artefactos muy del gusto de cierto sector ideológico para hacer de su capa un sayo.
No hay más ley que la que emana del Parlamento, sí, pero ley es la Constitución y los procedimientos para su reforma, y no obtener esa reforma vaciándola de contenido por decreto, o, lo que es aún casi peor, declarando como constitucional normas que claramente no lo son.
No hace falta ser un fino jurista para darse cuenta de que la ley de amnistía reciente es en sí misma un compendio de todo aquello que no se debe hacer, ni mucho menos sancionar. Un atentado a la igualdad de los españoles ante esa ley que se retuerce en su interpretación hasta adaptarla al interés partidista o, más bien, personal (de uno solo).
El imperio de la ley, en la idea de Javier Cremades, es nada más y nada menos que el respeto a la Constitución, sin entender la misma como un cuerpo pétreo, pero respetando sus vías de reforma y de interpretación, y, como ya decía, el respeto a la esencial división de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, pues, de lo contrario, sin el respeto a esos principios básicos, se explica cómo la satrapía se instala en los sistemas.
Incluso en aquellos países en los que el autócrata llegó en unas elecciones libres, como muy bien nos explica el autor en el desdichado caso de Venezuela y nos advierte de la deriva autoritaria en otros países a los que el populismo viene infectando en mayor o menor medida últimamente.
Otros, desgraciadamente, como Cuba, llevan bajo la bota del autócrata demasiados años.
Lean el libro; los juristas verán confirmadas sus sospechas sobre los populismos y los extremos, y el público en general quedará advertido de las consecuencias de no defender la democracia y el imperio de la ley.