Alexandra García Tabernero ha perseguido crímenes de lesa humanidad en La Haya y en el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. Estuvo en el procedimiento contra Ratko Mladic. Conoce como pocos la anatomía del mal.
Lo que no sabía es que el mal también llevó su apellido.
En 2025 descubrió que su tío materno, Reinaldo Tabernero, había sido coronel y subjefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1977, bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla –ostentó el poder entre 1976 y 1981; le siguieron Roberto Viola (1981), Leopoldo Galtieri (1981-1982) y Reynaldo Bignone (1982-1983)–.
Fue uno de los regímenes más sanguinarios de la historia de América Latina, responsable de la desaparición de entre 10.000 y 30.000 personas.
La dictadura militar argentina duró 7 años, desde el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que derrocó a María Estela Martínez de Perón, hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando Raúl Alfonsín asumió la Presidencia y se restableció la democracia.
La fiscal, que ha dedicado su carrera a perseguir crímenes de lesa humanidad no debería tener dudas sobre su tío. Y no las tiene. Pero tampoco puede evitar que el vínculo de sangre le exija, antes de condenar, buscar la duda razonable.
De esa tensión irresoluble ha nacido Carta al Coronel (La Campana), su primer libro. Una carta dirigida a su tío, un hombre investigado por los mismos crímenes que ha estado persiguiendo a lo largo de su trayectoria profesional.

No ha podido hablar con su tío materno
Como fiscal le preguntaría –explica en una entrevista con Europapress– si existía algún límite en lo que denominaron la lucha contra la subversión en Argentina durante la época de la dictadura militar.
Y como familiar, «Le preguntaría si cree que debe pedir perdón», dice hoy esta fiscal de la Audiencia Provincial de Barcelona, profesora de Derecho Penal en la UB y en la Escuela de Policía de Cataluña, y máster en derecho penal internacional por Harvard, Estados Unidos.
Una pregunta que no tendrá respuesta porque el coronel murió en prisión preventiva, investigado por crímenes que Alexandra García Tabernero se ha dedicado a perseguir.
La autora trabajó en la Corte Penal Internacional y en el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, en el procedimiento contra Ratko Mladic, conocido como «el carnicero de Bosnia», comandante militar de los serbios de Bosnia durante la guerra de los Balcanes (1992-1995).
El Tribunal lo condenó en 2017 a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad por el genocidio de Srebrenica, donde fueron masacrados más de 8.000 musulmanes bosnios y del asedio a Sarajevo, que causó la muerte a más de 10.000 civiles.
Cuando Mladic fue condenado, ella todavía desconocía que compartía «sangre y apellido» con alguien que había sido investigado en el contexto de una dictadura.
Descubrió su vínculo con su tío en una comida familiar
Fue en 2013, durante una comida familiar, cuando alguien comentó de manera fortuita que un tío suyo había tenido «problemas de esos» en Argentina, pero no fue hasta 2025 cuando lo confirmó, después de que su tía se lo contase al creer que tenía la intención de investigar sobre el caso: «Lo que yo le iba a contar es que me iba a visitar a amigas que tenían repartidas en la provincia de Buenos Aires».
Entre esos dos episodios pasaron 12 años, en los que García Tabernero asegura que fue arrinconando el recuerdo de aquel comentario aislado en la mesa, después de hacer muchas preguntas a su familia que quedaron sin respuesta, por lo que llegó a creer que se había tratado de una confusión.
Sin embargo, tras la conversación con su tía en 2025, decidió convertir un viaje estival a Argentina que inicialmente iba a ser de ocio en una investigación, primero a través de los archivos de memoria y, después, a través de los testimonios de víctimas de la dictadura.
Si bien reconoce que descubrir que un familiar ha podido estar involucrado en estos hechos es, en cualquier caso, una noticia impactante, en el suyo lo fue doblemente: «Se daba la circunstancia añadida de que yo me había dedicado precisamente a perseguir este tipo de delitos y que lo había hecho sin tomar a nadie como referencia porque en mi familia no había juristas, es realmente mi vocación».

El libro, escrito en forma de carta dirigida a su tío, le ha permitido cerrar un capítulo marcado por el silencio y la incertidumbre y, tras su publicación, asegura tener la sensación «de reparación en distintas personas, no solo dentro de su familia, sino también fuera, en víctimas de delitos y, específicamente, en ciudadanos argentinos que vivieron aquella época».
Inicialmente, su idea era plasmar apuntes de un ensayo sobre la justicia, la memoria, el tratamiento a las víctimas, una reflexión sobre cuestiones universales a través de la historia personal por la que se vio atravesada.
Con el paso del tiempo, y a medida que el libro ha ido llegando a las manos de distintas personas, lo que ha recibido son reacciones de particulares que le han trasladado que ha tenido un efecto terapéutico, un efecto reparador, un efecto de contribución a la memoria: «Eso para mí es doblemente gratificante».
El modelo argentino
En Argentina, las víctimas le manifestaron el orgullo que sienten sobre el esfuerzo que ha hecho y que sigue haciendo el Estado argentino para intentar reparar el daño, sin interpretar que hablar sobre ello signifique reabrir heridas del pasado.
Al respecto, García Tabernero sostiene que, si bien el objetivo de su libro nunca fue hacer una comparación con el caso español, su viaje le enseñó que «hay distintas formas de gestionar un pasado dictatorial».
«Yo crecí en España y crecí con la idea de que efectivamente hablar de los crímenes de la dictadura o de la Guerra Civil suponía reabrir heridas, suponía necesariamente incomodar, se configuraba como un obstáculo para construir el futuro, para consolidar la democracia», reflexiona.
Señala que hay «algo en el consenso socio-cultural del país que apunta en esa dirección, en la dirección de no entrar en lo ocurrido, como premisa para construir la democracia», pero que en el caso argentino se encontró con la reacción unánime de las víctimas con las que habló de agradecimiento hacia el poder público por investigar los delitos y por enjuiciar a los responsables.
«Todas y cada una de las víctimas con las que hablé en Argentina, me dijeron que a ellas les había aliviado el hecho de declarar en un juicio, aunque fuera años después de cometerse el delito. Ninguna señaló un perjuicio, un malestar, un arrepentimiento por haber denunciado o haber declarado sobre lo que les ocurrió durante la dictadura», afirma la autora.
Por el contrario, manifestaron que valoraban positivamente el esfuerzo del Estado por indagar y por repararlas oficialmente con todas las consecuencias del sistema de justicia penal, que allí pasó por la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
La Justicia «llega»
Preguntada sobre si cree que podría haber responsabilidad penal para los responsables de lo que está ocurriendo en algunas partes del mundo, García Tabernero afirma que «la justicia a veces llega tarde, pero llega».
Sin señalar ningún conflicto en concreto, la fiscal recuerda que los juicios de Núremberg fueron la semilla y demostraron que la obediencia de un soldado no es la de un autómata: «Hay límites, hay líneas rojas, hay crímenes internacionales que, por su entidad y su gravedad, afectan a toda la comunidad internacional».
Aunque considera que el proyecto de justicia internacional pasa por un mal momento, la fiscal está segura de que va a salir a flote: «Y que en un futuro, ¿por qué no? Va a haber consecuencias. Igual que las hubo para los crímenes de la antigua Yugoslavia, incluso 20 años después, igual que las hubo para las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, frente a quienes se consideraron impunes en el momento de cometer los crímenes».
Ambivalencia
Sobre la ambivalencia que sintió escribiendo el libro, la fiscal explica que partía de la idea de que esta persona era su tío, que compartían apellido y sangre, que su familia vivía en una aldea, La Rioja, que su padre era hermano de su tatarabuelo y de que él había venido a España y era el que más esfuerzo había hecho por mantener el contacto, llegando incluso a enviarles postales.
Esto contrasta completamente con la averiguación posterior de que terminó en prisión, investigado por crímenes de lesa humanidad, una ambivalencia que plasmó en su libro y que le hizo entender que el vínculo familiar provoca una necesidad de buscar la duda razonable, la posibilidad de que él no hubiera tenido nada que ver.
«Una no quiere nunca partir de la premisa de que fue un genocida, eso jamás», lamenta García Tabernero, que reconoce que esta historia le ha enseñado que cuando existe un vínculo familiar entran en juego elementos que no se dan cuando ejerce de fiscal.