Hay gestos que estallan y gestos que se filtran despacio, casi en silencio, hasta cambiar el curso de las cosas. El de María Teresa Revilla López, de 89 años, pertenece a la segunda categoría.
En 1977 miró la composición de la Comisión Constitucional y vio lo que cualquiera con ojos podía ver: hombres. Hombres por todas partes. Solo hombres. La diferencia —y aquí está todo— es que ella no se quedó en la constatación.
Pidió entrar. Y entró. Entonces formaba parte de Unión de Centro Democrático (UCD), el partido que presidía el entonces presidente Adolfo Suárez.
Casi medio siglo después, ese gesto tiene por fin nombre, placa y escultura. La Comisión ‘Notariado, Mujer y Sociedad’ de Fundación Notariado le ha concedido el Premio Consuelo Mendizábal en su segunda edición, en un acto celebrado en la sede del Consejo General del Notariado.
El galardón rinde homenaje a la primera mujer notaria del Notariado moderno y distingue a quienes han empujado, a veces a contracorriente, hacia una sociedad más igualitaria.
Una sola voz entre los togados
Conviene medir bien lo que significaba aquello. En una Comisión Constitucional integrada en exclusiva por diputados varones, Revilla fue la única mujer que solicitó expresamente sentarse en ella. No la designaron por cuota ni por cortesía. Lo pidió.
Y cuando llegó la hora de votar el artículo 14 —ese pilar que consagra la igualdad ante la ley—, no votó callada. Alzó la voz para subrayar lo que de verdad estaba en juego: que las mujeres alcanzaran la plenitud de derechos en aquella democracia recién nacida, todavía tambaleante, todavía por escribir.
El contexto lo es todo. Hablamos de una España donde las mujeres ni siquiera tenían reconocida la plena capacidad de obrar.
La licencia marital —esa reliquia jurídica que sometía a la esposa a la autorización del marido— no abandonó el Código Civil hasta mayo de 1975. Apenas dos años antes. Que una mujer reclamara su asiento en la mesa donde se redactaba la Norma Fundamental no era, en ese momento, un trámite administrativo. Era una declaración de principios.
La presidenta del Consejo General del Notariado y de Fundación Notariado, Concepción Pilar Barrio del Olmo, lo dijo sin adornos: «En una época en la que las mujeres no tenían plena capacidad de obrar, María Teresa quiso alzar la voz en un momento decisivo para nuestra democracia. Por todo ello y por ser un referente, la Comisión ‘Notariado, Mujer y Sociedad’ votó unánimemente para darte este Premio».

«La democracia no es algo que se pueda dar por hecho»
Lo interesante es que Revilla no aceptó el premio para recrearse en la nostalgia. Nada de mirada complaciente al pasado. Al revés: convirtió el reconocimiento en advertencia.
«Yo luché por traer la democracia a España. Pero la democracia no es algo que se pueda dar por hecho: hay que cuidarla, protegerla y trabajar cada día para fortalecer nuestras instituciones».
Hubo, eso sí, espacio para la sonrisa. Con la perspectiva que regalan los años, recordó cómo se cerró su capítulo político en un episodio que la retrata de cuerpo entero.
Presidía la Comisión de Cultura del Congreso cuando un ministro se lanzó a hablar sin que ella le hubiera dado la palabra. «Tuve que decirle que se callara», contó. «Aquello causó bastante revuelo y después de eso mi carrera política prácticamente terminó». Lo narró riéndose.
Pero el poso que deja la anécdota no tiene nada de gracioso: a veces, quien paga el precio de hacer cumplir las reglas es precisamente quien las defiende.
El director general de Fundación Notariado, Raimundo Fortuñy Marqués, dio quizá con la fórmula exacta: «Vio lo que todos habían visto —que la Comisión Constitucional estaba formada solo por hombres—, pero pensó lo que nadie había pensado y decidió actuar».

Consuelo Mendizábal: aprobar entre 1.100
El nombre del galardón tampoco es casualidad. María Consuelo Mendizábal Álvarez, ovetense, fue la primera asturiana en licenciarse en Derecho, allá por 1931.
Pero su proeza mayúscula llegaría una década más tarde: en 1942 se presentó —única mujer entre 1.100 aspirantes— a las oposiciones a notario. Y aprobó. Fue una de las 205 personas que coronaron aquel examen brutal. Su primer destino, Portillo, un pueblo de Valladolid.
Detrás vinieron Margarita Baudín, que superó la oposición en 1944, y Carolina Bono, en 1947: las tres primeras notarias de aquella década.
Y luego, el portazo.
Hasta 1961 no se volvió a permitir que las mujeres concurrieran a las oposiciones de la Administración Pública. Mendizábal se jubiló en Madrid en 1983 y murió en 1992, dejando un sendero abierto que entonces poquísimas se atrevían a transitar.
Del hito solitario a la mayoría
Lo que empezó como rareza es hoy tendencia asentada. Tras la ley de 1961 y el adiós a la licencia marital en 1975, la presencia femenina en el Notariado fue ganando metros, sobre todo desde 1990.
Y los números actuales no admiten discusión: 977 mujeres ejercen la función notarial en un colectivo de 2.788 notarios, y las últimas promociones ya rebasan el 50% de presencia femenina.
El trofeo que recibió Revilla —una escultura de la artista madrileña Cristina Almodóvar— condensa esa idea de avance. La pieza se inspira en los pliegos de las escrituras notariales, que se elevan y mutan en formas orgánicas, evocando la claridad que produce ordenar jurídicamente la realidad.
No deja de ser pertinente. Porque la historia de Revilla y la de Mendizábal son, al cabo, exactamente eso: el acto de poner orden donde antes solo había una ausencia.