Hoy, 13 de julio, se cumplen 29 años de la muerte de Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA cuando era concejal de la localidad vizcaína de Ermua por el Partido Popular y que había sido secuestrado unos días antes por la banda terrorista.
Los terroristas impusieron al Gobierno de la Nación, presidido por José María Aznar, unas condiciones imposibles para liberarlo y que hacían presagiar el desenlace fatal.
La estrategia de ETA siguió el objetivo de conseguir horas de televisión y, al mismo tiempo, propagar el terror atentando contra un joven y prometedor líder del PP en el País Vasco.
Según Roland Barthes, al hablar del asesinato, «si es político, es una información; si no lo es, es un suceso», porque el asesinato político necesita un campo de definición y una amplitud definitoria más amplia que la del asesinato corriente.
La elección de Miguel Ángel Blanco iba así más allá del hecho de matar, asumido con tanta naturalidad por parte de ETA.
La repercusión del atentado fue mucho mayor que la de ningún otro anterior. Supuso un cambio en la estrategia de ETA y en la percepción del terrorismo por parte de la población en toda España.
El nombre de Miguel Ángel Blanco designa hoy a una fundación que dirige su propia hermana para hacer justicia a la memoria de esta víctima.
La frialdad del atentado y su extraordinaria repercusión mediática —la noticia dio la vuelta por todo el mundo— han marcado en mayor medida la imagen del recuerdo permanente de Miguel Ángel Blanco.
Aquella maldita tarde del 12 de julio de 1997 me encontraba de guardia en Bilbao, donde estaba destinado en uno de sus juzgados de instrucción, cuando en los medios saltó la noticia de que Blanco había sido encontrado agonizante, falleciendo al día siguiente.
Como señala Bachelard, «las grandes imágenes tienen a la vez una historia y una prehistoria. Son siempre, a un tiempo, recuerdo y leyenda. No se vive nunca la imagen en primera instancia. Toda imagen grande tiene un fondo onírico insondable y sobre ese fondo del pasado personal se superpone su actualidad».
La muerte de Miguel Ángel Blanco marcó el fin de ETA y de todo su entorno de simpatizantes ideológicos y colaboradores activos, muchas veces a sueldo, que se servían de canales propagandísticos para transmitir su narrativa criminal, definitivamente derrotada por nuestra democracia.