Opinión | La violencia no forma parte del juego: la responsabilidad ejemplar de los futbolistas ante las nuevas generaciones

Javier Puyol, abogado, exmagistrado, exletrado del Tribunal Constitucional, expresidente del Comité de Apelación y Jurisdiccional de la Real Federación Madrileña de Fútbol y excompliance officer de la RFEF, analiza la responsabilidad ejemplar de los futbolistas y reclama una respuesta firme frente a la violencia en el terreno de juego. Sobre estas líneas, parte de la tangana que se montó cuando el árbitro pitó la final del partido que ganó España: la cogida por el cuello a Eric García y Gavi vapuleado por el suelo por jugadores argentinos.

22 / 07 / 2026 05:39

El Campeonato del Mundo de 2026 ha terminado con el triunfo deportivo de España, pero también con unas imágenes que obligan a formular una reflexión profunda sobre los límites de la competitividad, la responsabilidad de los futbolistas profesionales y la necesidad de erradicar cualquier forma de violencia sobre el terreno de juego.

España se proclamó campeona tras vencer a Argentina por un gol a cero en la prórroga; sin embargo, el encuentro concluyó con enfrentamientos entre jugadores de ambas selecciones que han motivado la apertura de una investigación disciplinaria por la FIFA.

Según las informaciones publicadas, la tensión acumulada durante los diversos lances producidos durante el encuentro desembocó, después del pitido final, en empujones, forcejeos y una confrontación colectiva que exigió la intervención de jugadores y técnicos para separar a los participantes.

La FIFA ha designado un responsable disciplinario y ético para investigar lo sucedido, sin que todavía exista una resolución definitiva sobre las responsabilidades individuales.

Las imágenes que circulan por los diversos medios de comunicación reúnen distintas secuencias de los encuentros en las que pueden apreciarse entradas de elevada intensidad, caídas, empujones, aproximaciones intimidatorias y enfrentamientos posteriores.

Al tratarse de un montaje audiovisual, no permite reconstruir íntegramente el contexto de cada acción, determinar con certeza la intención de todos los protagonistas, ni sustituir el análisis que corresponde a los órganos arbitrales y disciplinarios.

Sin embargo, sí resulta suficiente para poner de manifiesto un problema de fondo: la normalización de determinados comportamientos violentos como si fueran una consecuencia inevitable de la pasión competitiva.

Y no lo son.

La tensión, el cansancio, la frustración, la importancia del resultado o la percepción de una decisión arbitral injusta pueden explicar emocionalmente una reacción, pero nunca justificarla deportiva ni éticamente.

El fútbol es un deporte de contacto y no puede pretenderse eliminar de él la fuerza, la disputa, la velocidad o la intensidad.

Erradicar la violencia no significa desnaturalizar el juego, convertirlo en una actividad carente de contacto físico o sancionar automáticamente toda entrada aparatosa.

Significa establecer una frontera inequívoca entre la acción deportiva legítima y aquella conducta que pone en peligro la integridad del adversario, instrumentaliza el cuerpo para intimidar, busca causar daño, responde mediante represalias o transforma un conflicto competitivo en una agresión personal.

La intensidad pertenece al fútbol; la violencia deliberada, la brutalidad, la intimidación y la venganza no.

La frontera entre intensidad y violencia

Las propias Reglas de Juego distinguen con claridad ambas realidades.

La Regla 12 del International Football Association Board considera juego brusco grave toda entrada o disputa que ponga en peligro la seguridad del adversario o emplee fuerza excesiva o brutalidad, y califica como conducta violenta el uso o intento de uso de fuerza excesiva o brutalidad cuando la acción no constituye una disputa legítima del balón.

Ambas conductas son merecedoras de expulsión.

La regla dispone, además, que la ventaja no debe aplicarse normalmente cuando se produce juego brusco grave o conducta violenta, salvo que exista una oportunidad manifiesta de marcar, porque la protección de la integridad física debe prevalecer sobre la continuidad del juego.

Esta distinción posee una enorme importancia cultural.

Cuando una entrada peligrosa es calificada de manera indulgente como “fútbol de verdad”, “carácter competitivo”, “picardía”, “casta” o “intensidad”, se desplaza la frontera de lo aceptable.

La violencia comienza entonces a percibirse como una virtud asociada a la valentía, al liderazgo o al compromiso con los colores.

Se crea así una pedagogía tóxica en la que controlar las emociones parece una muestra de debilidad, provocar al contrario se presenta como una habilidad competitiva y responder a una ofensa mediante otra agresión se considera una defensa del honor colectivo.

Esa interpretación debe ser rechazada de forma tajante.

El verdadero carácter deportivo no consiste en perder el control, sino en conservarlo cuando el cansancio, la presión y la frustración alcanzan su punto máximo.

El impacto sobre niños y adolescentes

El Mundial constituye el mayor escaparate global del fútbol.

Sus partidos son vistos por millones de niños y adolescentes; sus imágenes se reproducen en televisión, plataformas digitales, redes sociales, videojuegos, conversaciones familiares, centros educativos y campos de entrenamiento.

Los futbolistas que participan en él no son percibidos únicamente como profesionales que desarrollan una actividad laboral.

Para millones de jóvenes son referentes de éxito, de identidad, de reconocimiento social y de pertenencia.

Los menores imitan sus gestos técnicos, sus celebraciones, su forma de vestir, sus expresiones y hasta su manera de relacionarse con compañeros, adversarios y árbitros.

Resultaría ingenuo pensar que esa imitación se limita a los aspectos positivos.

También se reproducen las protestas exageradas, los gestos de desprecio, las simulaciones, los desafíos físicos, los empujones y las reacciones violentas.

Desde la perspectiva psicológica, el aprendizaje por observación explica que niños y adolescentes no necesitan experimentar directamente una conducta para incorporarla a su repertorio.

Basta con que observen a una figura admirada realizarla, comprobar que recibe atención y percibir que la consecuencia negativa es inexistente, tardía o insignificante.

Cuanto mayor sea la identificación emocional con el modelo, mayor puede ser la capacidad de influencia.

El problema se agrava cuando la acción violenta se convierte en contenido viral, se acompaña de música épica, se repite desde numerosos ángulos y recibe comentarios que exaltan la dureza, la venganza o la humillación del rival.

La repetición descontextualizada transforma una infracción en espectáculo y el espectáculo termina convirtiéndose en pauta de conducta.

No puede afirmarse que la contemplación de una sola acción violenta convierta automáticamente a un adolescente en una persona agresiva.

La conducta humana es multicausal y depende de la educación familiar, el entorno escolar, el grupo de iguales, la personalidad, la cultura deportiva y numerosos factores adicionales.

Pero tampoco puede ignorarse que la exposición reiterada a modelos admirados contribuye a configurar expectativas sobre qué comportamientos son normales, eficaces o socialmente premiados.

Si el joven observa que una estrella responde a una provocación con un golpe, es aclamada por su afición y apenas sufre consecuencias, puede aprender que la violencia constituye un recurso legítimo para recuperar el control, defender al grupo o imponer respeto.

Si, por el contrario, observa que el futbolista se aparta del conflicto, protege al adversario, acepta la decisión arbitral y ayuda a contener a sus compañeros, aprende autocontrol, responsabilidad y liderazgo.

«La verdadera grandeza deportiva aparece cuando el jugador compite al límite de sus capacidades sin poner en peligro al adversario, cuando acepta la derrota sin agredir, cuando gana sin humillar y cuando, en el momento de mayor tensión, recuerda que quien tiene enfrente no es un enemigo, sino la persona sin la cual el juego no podría existir».

La UNESCO recuerda que los valores deportivos no se reducen al cumplimiento formal de las reglas.

El juego limpio comprende integridad, cuidado, respeto, igualdad, responsabilidad y consideración hacia los demás.

El deporte puede favorecer el desarrollo moral de los menores precisamente porque las actitudes aprendidas durante su práctica se trasladan a otros ámbitos de la vida.

Identifica el respeto, la equidad y la inclusión como fundamentos para que los jóvenes actúen con integridad y contribuyan positivamente a la sociedad.

La violencia en el terreno de juego no contradice solamente una norma disciplinaria; contradice la función educativa que legitima socialmente al deporte.

Este aspecto es particularmente relevante durante la adolescencia.

En esa etapa se construye la identidad, aumenta el peso del grupo, se buscan modelos externos y se aprende a gestionar emociones intensas.

El fútbol puede ser una extraordinaria escuela de convivencia porque obliga a aceptar reglas, asumir responsabilidades, cooperar, afrontar la derrota y reconocer la dignidad del adversario.

Pero también puede convertirse en una escuela de dominación si se enseña que vencer justifica cualquier medio, que el rival es un enemigo, que el árbitro merece hostilidad y que la agresión es una respuesta comprensible frente a la frustración.

El deporte no educa positivamente por sí solo.

Educa en función de los comportamientos que premia, tolera, sanciona o silencia.

Por eso resulta especialmente grave que los incidentes se produzcan en una final mundial.

El partido decisivo no disminuye la obligación de autocontrol, sino que la incrementa.

Cuanto mayor es la audiencia, la relevancia de la competición y la capacidad de influencia de los protagonistas, mayor debe ser su responsabilidad.

El futbolista de élite no deja de ser titular de derechos ni se convierte en un personaje sometido a una exigencia moral ilimitada; puede equivocarse, sentir frustración y reaccionar emocionalmente.

Pero su posición le impone un especial deber profesional de diligencia, derivado de su formación, de su experiencia, de las reglas aceptadas y de la enorme repercusión de sus actos.

La derrota constituye una prueba ética tan importante como la victoria.

Saber perder no significa resignarse, renunciar a competir o negar el dolor.

Significa reconocer el resultado, controlar la frustración y preservar la dignidad propia y ajena.

De la misma manera, saber ganar exige evitar la humillación, la provocación y la arrogancia.

El vencedor no debe utilizar su éxito para menospreciar; el derrotado no puede convertir su decepción en agresión.

En ambos casos, la deportividad se demuestra cuando desaparece el estímulo inmediato del resultado y solo queda la conducta de la persona.

La violencia daña, en primer lugar, a quien la sufre, pues pone en riesgo su integridad física y psicológica.

Daña también al agresor, cuya trayectoria puede quedar asociada a unos segundos de pérdida de control.

Perjudica a sus compañeros, a la selección y a los técnicos, que ven desplazado el mérito deportivo por la controversia.

Afecta a los árbitros, cuya autoridad se erosiona cuando la protesta colectiva se convierte en intimidación o cuando no ejercen oportunamente las atribuciones que tienen atribuidas dentro del terreno de juego.

Todo ello compromete a las federaciones, a los clubes de procedencia, a los patrocinadores y a los organizadores.

Y perjudica al propio fútbol, porque transmite que sus reglas fundamentales pueden quedar suspendidas cuando la emoción alcanza determinada intensidad.

Existe, además, una dimensión reputacional e institucional.

Las competiciones mundiales no son únicamente acontecimientos deportivos; son organizaciones complejas sostenidas por federaciones, derechos audiovisuales, patrocinadores, administraciones públicas y audiencias globales.

Sus valores declarados forman parte de su legitimidad.

Si las instituciones proclaman respeto y juego limpio, pero responden débilmente ante la violencia protagonizada por figuras relevantes, se genera una profunda incoherencia entre el discurso y la práctica.

Esa incoherencia es percibida con especial rapidez por los jóvenes, que aprenden no solo de lo que las instituciones dicen, sino de lo que realmente consienten.

Sanciones, prevención y responsabilidad

El marco disciplinario no carece de instrumentos.

El Código Disciplinario de la FIFA de 2025 prevé, en su artículo 14, suspensiones mínimas de dos partidos por juego brusco grave, de tres partidos por conducta violenta y de, al menos, tres partidos o un periodo apropiado por agresiones como puñetazos, patadas, codazos, mordiscos, escupitajos o golpes.

También permite imponer multas y combinar medidas.

El Código contempla incluso la posibilidad de exigir la implantación de planes preventivos y de extender la responsabilidad a asociaciones y clubes por el comportamiento de sus jugadores y oficiales.

La sanción, sin embargo, no debe entenderse como una reacción puramente punitiva.

Su función es proteger al deportista, reafirmar la vigencia de las reglas, prevenir la repetición y transmitir a la sociedad que el éxito deportivo no confiere inmunidad.

Para ser eficaz debe ser pronta, individualizada, proporcional y suficientemente disuasoria.

Una sanción tardía pierde parte de su capacidad pedagógica; una sanción opaca alimenta la especulación; una sanción insignificante puede convertirse en un coste asumible de la estrategia competitiva; y una sanción colectiva indiscriminada puede resultar injusta, si no diferencia entre quienes iniciaron, intensificaron, secundaron, intentaron impedir o simplemente quedaron atrapados en la confrontación.

Las imágenes deben analizarse de manera integral, combinando las tomas oficiales, el informe arbitral, las grabaciones del VAR, las cámaras no emitidas, los testimonios y cualquier otra evidencia disponible.

Es necesario distinguir al autor inicial de la agresión, a quien responde violentamente, a quien incita, a quien abandona el banquillo para incorporarse al tumulto, a quien trata de separar y a quien adopta una conducta meramente defensiva.

La responsabilidad disciplinaria no puede fundarse en la notoriedad pública del jugador, ni en la repetición de un fragmento viral, sino en hechos probados y en un procedimiento con garantías.

Pero el rigor probatorio no significa tolerancia.

Significa sancionar con firmeza a quienes resulten responsables y evitar juicios sumarios contra quienes no lo sean.

La respuesta debe incorporar también medidas educativas.

Las suspensiones podrían complementarse, cuando resulte adecuado y sin convertirlas en una operación cosmética, con programas obligatorios de gestión emocional, de prevención de la violencia, de resolución de conflictos y de responsabilidad como referente público.

También puede ser útil la participación supervisada en actividades de fútbol base, no como una escenificación publicitaria, sino como un proceso de aprendizaje y reparación.

La disculpa pública solo posee valor cuando reconoce el error y el daño, evita excusas, no traslada la culpa al rival y se acompaña de compromisos verificables.

Los entrenadores y cuerpos técnicos ocupan una posición esencial.

No basta con preparar sistemas tácticos.

Deben formar a los futbolistas para responder a provocaciones, decisiones controvertidas, marcadores adversos y episodios de máxima tensión.

Los equipos profesionales deberían disponer de protocolos de desescalada que determinen quién interviene, cómo se separa a los jugadores, qué función corresponde al capitán, qué miembros del banquillo deben permanecer en su zona y cómo se evita que una confrontación individual se transforme en una pelea colectiva.

La improvisación, en situaciones emocionalmente extremas, suele llegar demasiado tarde.

La capitanía debe recuperar su dimensión ética.

El capitán no es solo quien participa en el sorteo inicial o levanta el trofeo.

Debe actuar como interlocutor legítimo con el árbitro, moderador de las protestas y referente de autocontrol.

Los criterios para su designación deberían valorar la capacidad de liderazgo emocional, no únicamente la veteranía, el rendimiento o la popularidad.

Del mismo modo, los futbolistas que intervienen para separar, proteger al adversario o calmar a sus compañeros deben recibir reconocimiento institucional.

Si únicamente se viraliza al que golpea y se ignora al que pacifica, se premia simbólicamente el comportamiento equivocado.

La prevención requiere también revisar la actuación arbitral.

Las infracciones peligrosas, las provocaciones repetidas, los enfrentamientos incipientes y las protestas colectivas deben recibir una respuesta temprana y coherente.

La permisividad inicial puede generar la percepción de que el límite disciplinario se ha desplazado y favorecer una escalada de violencia o de comportamientos antideportivos.

El VAR debe utilizarse para identificar agresiones graves que hayan quedado fuera del campo visual del árbitro, pero la tecnología no sustituye la autoridad, la comunicación ni la gestión preventiva del partido.

La mejor intervención no es la que reconstruye una pelea cuando ha terminado, sino la que impide que llegue a producirse.

Los medios de comunicación y las plataformas digitales tienen igualmente una responsabilidad.

Informar sobre la violencia no significa ocultar las imágenes, pero sí evitar su explotación sensacionalista.

La repetición de golpes como entretenimiento, los titulares que glorifican la “batalla”, el lenguaje bélico y los montajes que presentan la agresividad como heroicidad pueden banalizar el daño.

Las imágenes deben contextualizarse, diferenciar la intensidad de la violencia y explicar por qué determinadas acciones resultan incompatibles con las reglas.

Cuando la audiencia incluye a menores, la narración periodística también cumple una función educativa.

Las federaciones, clubes y organizadores deberían integrar la prevención de la violencia en sus sistemas de integridad y cumplimiento.

Esto implica identificar escenarios de riesgo —partidos eliminatorios, rivalidades históricas, decisiones arbitrales controvertidas, finales, prórrogas, tandas de penaltis y derrotas inesperadas—; definir controles; formar a jugadores y técnicos; registrar incidentes; analizar causas; adoptar medidas correctivas y medir resultados.

No basta con publicar una campaña anual sobre juego limpio.

Deben existir indicadores verificables: expulsiones por conducta violenta, enfrentamientos colectivos, protestas masivas, reincidencia, tiempos de resolución disciplinaria, cumplimiento de programas formativos y percepción de seguridad en el fútbol base.

En España, aunque la normativa nacional no sea la que determine directamente el expediente disciplinario de una final de la FIFA disputada en el extranjero, la Ley 39/2022, de 30 de diciembre, del Deporte, expresa con claridad el modelo de conducta exigible.

Su artículo 23 impone a las personas deportistas el deber de practicar conforme al juego limpio y sin incurrir en violencia; el artículo 25 exige a los deportistas de alto nivel no realizar ni fomentar malas prácticas o valores contrarios al respeto a compañeros, árbitros, rivales, personal sanitario y público; y el artículo 28 obliga a los profesionales a fomentar valores y buenas prácticas durante la competición.

La propia ley vincula las políticas deportivas con la paz, la concordia, el juego limpio y la erradicación de la violencia, prestando una atención especial a los menores.

La posible responsabilidad disciplinaria tampoco convierte el terreno de juego en un espacio ajeno al ordenamiento jurídico.

La aceptación de los riesgos ordinarios de un deporte de contacto no comprende cualquier agresión deliberada ni concede inmunidad frente a conductas que desborden manifiestamente las reglas.

En los supuestos más graves, y dependiendo de las circunstancias, del resultado lesivo y de la legislación aplicable, una actuación podría generar consecuencias civiles o incluso penales.

La justicia deportiva constituye la primera respuesta especializada, pero no necesariamente la única cuando la conducta deja de ser un riesgo permitido de la competición y se transforma en una agresión autónoma.

La protección de los menores

La protección de los menores y adolescentes exige coherencia.

No puede pedírseles que respeten al árbitro mientras observan que sus ídolos lo rodean e intimidan; que acepten la derrota mientras ven cómo profesionales responden con violencia; que controlen sus emociones mientras los adultos justifican la agresión por la importancia del partido; o que consideren al rival un compañero de juego cuando el discurso público lo presenta como un enemigo.

La autoridad educativa se pierde cuando se exigen en el fútbol base valores que se tolera quebrantar en la élite.

La Ley del Deporte española establece que la práctica deportiva de los menores y sus necesidades deben recibir una protección especial y que las entidades deportivas deben trabajar con la infancia, las familias y los profesionales en el rechazo de insultos y expresiones degradantes.

Esta previsión debe interpretarse ampliamente: proteger al menor no consiste únicamente en evitar que sea víctima directa de violencia, sino también en garantizar un entorno cultural que no legitime la agresión como forma de liderazgo o resolución de conflictos.

UNICEF ha insistido recientemente en la necesidad de medir las distintas formas de violencia en el deporte organizado, identificar los factores que las facilitan y evaluar la eficacia de los sistemas de prevención y protección.

La erradicación de la violencia requiere, por tanto, una política integral: reglas claras, arbitraje coherente, investigación rigurosa, sanciones disuasorias, educación emocional, responsabilidad de entrenadores y capitanes, protocolos de desescalada, comunicación responsable y seguimiento de resultados.

Requiere asimismo abandonar la idea de que la violencia forma parte del espectáculo.

Un partido puede ser intenso, dramático, apasionante y competitivo sin convertirse en una confrontación física ajena al balón.

De hecho, cuanto mayor es el autocontrol de los participantes, mayor es la calidad deportiva.

El legado de un Mundial no se mide solamente por los goles, los resultados o los trofeos.

También se mide por las imágenes que permanecen en la memoria colectiva y por las conductas que millones de jóvenes deciden imitar al día siguiente en un patio escolar o en un campo de fútbol base.

Quien viste la camiseta de una selección nacional representa a un país, pero representa también una determinada idea del deporte.

Esa responsabilidad no termina cuando se pierde el balón ni cuando suena el pitido final.

El fútbol posee una extraordinaria capacidad para unir generaciones, culturas y sociedades.

Precisamente por ello, sus protagonistas y sus instituciones deben estar a la altura de su influencia.

La violencia no demuestra compromiso, valentía ni amor por los colores.

Demuestra pérdida de control y fracaso del deber de respeto.

La verdadera grandeza deportiva aparece cuando el jugador compite al límite de sus capacidades sin poner en peligro al adversario, cuando acepta la derrota sin agredir, cuando gana sin humillar y cuando, en el momento de mayor tensión, recuerda que quien tiene enfrente no es un enemigo, sino la persona sin la cual el juego no podría existir.

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