Hay personas cuya ausencia se advierte inmediatamente y otras cuya verdadera dimensión solo alcanzamos a comprender cuando ya no están. José María Torras Coll —Josep Maria para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo— pertenecía a ambas categorías.
Su fallecimiento, a finales del pasado mes de marzo, nos privó de un magnífico magistrado y de algo todavía más difícil de sustituir: un hombre bueno, culto, inteligente y generoso, siempre dispuesto a escuchar y a compartir cuanto sabía.
El Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona le rindió la semana pasada un merecido homenaje mediante una jornada dedicada al proceso penal y a algunos de sus principales retos.
Difícilmente podía haberse escogido un marco más apropiado para recordarlo, ni unos mejores ponentes. Para Josep Maria, el Derecho era una materia viva, sometida al estudio y al debate crítico, pero siempre al servicio de las personas.
No entendía la función judicial como una posición de autoridad distante, sino como una alta responsabilidad.
Sabía que detrás de cada procedimiento hay vidas, conflictos, errores, sufrimiento y expectativas legítimas de justicia. La toga no era para él una barrera ni un privilegio, sino la expresión visible de un compromiso.
Fue juez y luego magistrado, entre otras de la sección novena de la Audiencia Provincial de Barcelona y dejó una extensa y valiosa obra jurisdiccional.
Sus resoluciones reflejaban conocimiento jurídico, rigor argumental, independencia de criterio y sentido práctico.
Ahora bien, la categoría de un magistrado no se mide únicamente por el número o la calidad de sus sentencias. Se aprecia también en su capacidad para escuchar; en el respeto con el que trata a abogados, fiscales, funcionarios, acusados y víctimas; en su prudencia ante el conflicto, y en la humanidad con la que adopta decisiones que afectan a la libertad, al patrimonio y al honor de las personas.
Josep Maria reunía sobradamente todas esas cualidades.
Era un jurista profundamente formado, pero nunca utilizó sus conocimientos para establecer distancias. Explicaba, orientaba y aconsejaba con una naturalidad que hacía comprensible aquello que, apenas unos minutos antes, podía parecernos extraordinariamente complejo.
Fue, por ello, un auténtico maestro de juristas. Y lo fue precisamente porque nunca pretendió ejercer como tal desde una posición de superioridad. Enseñaba conversando, razonando y compartiendo dudas.
El derecho se transmite a través del ejemplo cotidiano
Sabía que el Derecho no se transmite únicamente mediante manuales, artículos doctrinales o sentencias, sino, primordialmente, a través del ejemplo cotidiano.
Su vocación docente fue inseparable de su trayectoria judicial. Profesor asociado de Derecho Procesal en la Universitat Pompeu Fabra, docente en distintos másteres de acceso a la abogacía y profesor de la Escuela de Práctica Jurídica del Colegio de la Abogacía de Sabadell, contribuyó a la formación de distintas generaciones de abogados y juristas.
Muchos de sus alumnos tal vez no recuerden hoy una concreta explicación procesal ni la cita exacta de una sentencia. A buen seguro sí recordarán su manera de razonar, su paciencia para responder y su disposición a ayudar.
Esa es la huella de los verdaderos maestros: no consiguen únicamente que aprendamos Derecho, sino que aprendamos a pensar jurídicamente y a ejercer nuestra profesión con mayor honestidad.
Josep Maria fue también un jurista comprometido con el debate público.
Durante años colaboró en Confilegal, donde escribió sobre la independencia judicial, el funcionamiento de la Administración de Justicia, el proceso penal, la prisión provisional, la segunda oportunidad, las ocupaciones ilegales, la ciberdelincuencia, las tarjetas «revolving» o la compleja relación entre los medios de comunicación y las investigaciones judiciales.
Sus artículos no se limitaban a describir la norma ni a repetir lugares comunes. Planteaba el problema, examinaba sus aristas, acudía a la legislación y a la jurisprudencia, tomaba posición y proponía soluciones.
Podía ser crítico, incluso severo, pero nunca frívolo; contundente, pero siempre razonado. Defendía sus convicciones con libertad y con aquella inteligencia serena que lo caracterizaba.
Hijo natural de Terrassa y adoptivo de Sabadell, se encontraba profundamente vinculado al Vallès. En él convivían armónicamente el magistrado de la Audiencia de Barcelona, el profesor universitario y el hombre cercano y sencillo con el que se podía hablar de Derecho, de la vida o de fútbol.
Porque le gustaba mucho el fútbol y, especialmente, el Barça. Hablar con él de un partido, de una alineación o de las alegrías y padecimientos inherentes al barcelonismo permitía descubrir al hombre que habitaba detrás de la toga: próximo, apasionado, irónico y entrañable.
Su familia, por encima de todo
Pero, por encima de todo, estaba su familia.
Se enorgullecía de su hijo y de su queridísima esposa con aquel orgullo limpio que únicamente nace del amor verdadero. Cuando hablaba de ellos cambiaba incluso la expresión de su rostro. No necesitaba formular grandes declaraciones: bastaban unas pocas palabras o una sonrisa para comprender que constituían el centro de su vida.
También hablaba con especial cariño de su hermano, al que profesaba un afecto y admiración profunda.
En una profesión en la que los cargos, el prestigio y las apariencias pueden llegar a ocupar demasiado espacio, Josep Maria nunca perdió de vista lo esencial.
No necesitaba demostrar su inteligencia, porque se advertía de inmediato; ni exhibir su cultura, porque aparecía de forma natural en cada conversación.
Tampoco se reservaba el conocimiento como si fuera un privilegio. Lo compartía porque entendía que la experiencia profesional solo adquiere verdadero valor cuando sirve también para orientar y acompañar a los demás.
Homenaje en el ICAB
El homenaje celebrado en el ICAB permitió recordar su trayectoria, su sentido ético y su vocación de servicio público. Pero puso de manifiesto algo todavía más importante: el afecto que despertaba entre cuantos lo conocieron.
El magistrado Andrés Salcedo, presidente de la Sección Novena de la Audiencia Provincial de Barcelona y uno de sus amigos más queridos, rememoró numerosos episodios y anécdotas compartidos con él.
Habló de su trabajo, de su sentido del humor, de su forma de entender la magistratura y de tantos años de amistad.
Sin embargo, al recordar la última visita que le hizo en el hospital, la emoción pudo más que las palabras: se rompió y la voz le falló.
Aquel silencio repentino expresó mucho más que cualquier discurso.
En el acto afloró también uno de los episodios profesionales que mejor permite comprender el sentido del deber de Josep Maria y el elevado precio personal que llegó a pagar por cumplirlo: el interminable macrojuicio conocido como el «juicio de Hacienda».
Fueron siete meses de vistas, mañanas y tardes, de lunes a jueves, seguidos de la ímproba labor de ordenar una prueba ingente y redactar una sentencia de extraordinaria extensión y complejidad.
El colapso judicial y determinadas decisiones organizativas difícilmente justificables de la cúpula judicial lo sometieron a una carga desmesurada, incompatible con el descanso, la salud y una vida familiar mínimamente digna.
Se le exigió un esfuerzo descomunal sin proporcionarle el tiempo, la protección ni los medios que requería una causa de aquella magnitud. Y él cumplió. Celebró las vistas, estudió cada elemento de prueba y redactó una sentencia inmensa.
La paradoja fue cruel: la propia Justicia, a la que había dedicado su vida, fue profundamente injusta con él.
Ningún sistema que aspire a ser digno puede exigir a sus servidores el sacrificio de la salud y de la familia como precio por cumplir con su función.
Josep Maria lo soportó con disciplina y sentido institucional, sin abandonar nunca la serenidad. Pero aquella experiencia lo desgastó y le arrebató un tiempo que ya nadie podía devolverle.
Al final de su enfermedad confesó que aquello que más lamentaba era no haber podido estar más tiempo con su familia. Resulta imposible escuchar esas palabras sin sentir que algo se rompe por dentro. El tiempo es el único bien que no puede restituirse, compensarse ni recuperarse mediante sentencia alguna.
Ahora bien, su familia no estuvo integrada únicamente por su esposa, su hijo, su hermano y sus seres más queridos.
A lo largo de los años fue construyendo otra familia, todos y todas quienes compartimos sus profesiones jurídicas en los juzgados y salas y también en las universidades que pudimos aprender a su lado, disfrutar con él, sufrir con él y, tantas veces, reír con él.
Nosotros también fuimos su familia de adopción
También nosotros fuimos, y seguimos siendo, su familia de adopción.
Ese afecto no se obtiene mediante nombramientos, condecoraciones ni publicaciones. Se construye tratando bien a las personas, siendo leal, ayudando sin esperar nada a cambio y ejerciendo la profesión con dignidad.
Nos deja sus sentencias, sus artículos y sus enseñanzas. Pero nos lega, sobre todo, una manera de entender la Justicia: rigurosa sin ser fría; independiente sin ser arrogante; culta sin resultar inaccesible, y profundamente humana.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo seguiremos encontrándolo en una reflexión jurídica compartida, en una conversación entre compañeros, en una clase, en una sentencia cuidadosamente razonada o, probablemente, durante algún partido del Barça.
Su ausencia se hará presente allí donde antes estaban su palabra, su consejo, su ironía y su sonrisa.
Se dice que el cielo se sostiene sobre tres pilares: el amor, la paz y la justicia. Si así fuere, Josep Maria no habrá llegado a un lugar extraño. Amó profundamente, sembró serenidad entre quienes lo rodeaban y dedicó su vida a impartir Justicia y a reclamar que esta fuera más digna y más humana.
No necesitará, por tanto, acreditar mérito alguno. Los cumplió sobradamente en vida.
Él mismo escribió que el silencio constituye un privilegio y un valor incalculable de salud, bienestar y serenidad. Hoy, sin embargo, su silencio no es un privilegio, sino una ausencia que duele.
Pero frente a ese silencio permanece su palabra. Frente a la ausencia, su ejemplo. Frente al paso inexorable del tiempo, nuestra memoria y nuestro agradecimiento.
Descanse en paz Josep Maria Torras Coll, quien tanto hizo para que los demás pudiéramos seguir creyendo en una Justicia mejor y aunque no lo comparta con él por mis colores, força Barça.