Las redes sociales están al alcance de todos. Y en ellas nos desenvolvemos como queremos, o como podemos en función de nuestros conocimientos.
Con demasiada frecuencia infravaloramos sus posibilidades, tanto positivas como negativas, y lanzamos nuestra “marca” sin una estrategia de comunicación clara y que incorpore las herramientas que pueden hacer de nuestra presencia en redes un éxito.
En nuestra mano está en todo momento, sin embargo, formarnos para conseguir hacer un uso responsable o, al menos, ajustado a los objetivos que perseguimos.
Una buena idea es, por tanto, conocer la historia de las redes sociales y los errores en que otros han incurrido antes que nosotros para, aprovechándonos de las experiencias de los demás, evitar disfunciones en nuestra comunicación.
Entre los conceptos básicos que todos deberíamos conocer, aunque sólo sea para poder hacer con nuestras redes sociales lo que queremos y no precisamente lo contrario, es el del “efecto Streisand”.
Según este fenómeno, que ha tenido manifestaciones también en la prensa escrita, un error en la gestión de contenidos determina que la información que queremos hacer desaparecer multiplique exponencialmente sus referencias.
El “efecto Streisand” toma su nombre de la cantante americana Barbra Streisand la cual, tratando de evitar la difusión de unas fotografías en las que aparecía una vivienda de su propiedad como parte de una vista de la primera línea de costa californiana, consiguió que en todo el mundo se difundiera esa imagen ya no como un fotograma cualquiera de la costa sino individualizando la que era su casa.
En prensa escrita española hemos tenido la oportunidad de entender perfectamente cómo funciona este efecto incluso antes de que tuviera un nombre y del propio auge de las redes sociales.
En el año 2007 la Audiencia Nacional acordó el secuestro del número 1573 del semanario satírico El Jueves, por considerar que su portada contenía una ilustración ofensiva para los entonces príncipes de Asturias.
Esa censura determinó que todos los españoles viéramos la portada de una publicación entonces minoritaria y que, a resultas de esta medida, incrementó sus lectores en cien mil personas.
Un consejo esencial
Cuando un contenido que aparece en redes nos resulta ofensivo, o consideramos que cercena nuestros derechos, lo último que debemos hacer es incorporarlo a las denuncias que del mismo hagamos.
Suena elemental pero lo cierto es que con frecuencia incurrimos en este error y nos convertimos en responsables de la difusión de contenidos que reprobamos.
Todas las comunicaciones públicas que hagamos poniendo de manifiesto nuestra disconformidad con el contenido de que se trate, interesando su retirada, deben evitar enlazar el texto o imagen controvertidos y, en la medida de lo posible, las referencias al autor.
Se trata de no generar interacciones sobre una cuestión que deseamos hacer desaparecer.
Este domingo hemos amanecido con un artículo publicado en un periódico de tirada nacional que denostaba la función del abogado.
Al margen de los motivos por los cuales se recupera una publicación del año 2005 en un momento como el presente, convulso en determinados ámbitos de la Administración de Justicia.
He creído entender que a muchos nos ha indignado, si bien no he sabido comprender por qué lo hemos difundido hasta la saciedad sin preguntarnos si nuestros seguidores habrían tenido acceso al documento de no haberlo compartido nosotros.
¿Realmente todas las personas que han manifestado su disconformidad con el texto, en su fondo o en su forma, son lectores habituales de la revista de la que formaba parte?
La respuesta, por la parte que me toca al menos, es negativa; y eso que me cuento entre los lectores del periódico que ojean por encima los suplementos.
Es indudable que hemos sido cómplices de la repercusión de ese artículo y que hemos beneficiado al medio y a su autor -pues en redes son frecuentes las mediciones cuantitativas y no cualitativas y las menciones e interacciones, aún negativas, suman- y también lo es que si no era esa nuestra intención, hemos fracasado estrepitosamente al poner nuestras redes al servicio de contenidos que rechazamos y entendemos nos atacan.