Juicio de Dios: Qué era, en qué consistía y cómo se ejecutaba

Grabado de una Ordalía o "juicio de Dios", que consistía en introducir la mano en agua hirviendo; cómo quedara el estado del miembro determinaría la inocencia o culpabilidad del encausado.
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En la Edad Media en Europa se creía que Dios se expresaba mediante actos cuasi milagrosos. Uno de ellos era el llamado “juicio de Dios”, que, en una de sus modalidades, obligaba a poner las manos en el fuego al acusado para demostrar su inocencia.

Pero había más.

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¿Han puesto alguna vez la mano en el fuego por alguien?

En los tiempos que corren poca gente pone la mano en el fuego por otras personas.

O por lo menos eso se suele decir en público.

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Cuando ponemos la mano en el fuego por alguien queremos decir que confiamos y respondemos al ciento por ciento por esa persona.

Que esa persona goza de nuestra total confianza.

Como ya se sabe, muchos de nuestros antecesores, en el pasado, creían que vivíamos regidos por las leyes de dios o de los dioses, dependiendo de la zona o región de la tierra en que se encontrara.

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Dios nos dictaba las leyes a través de aquellos a los que había elegidos para dirigirnos, que solían ser los reyes o monarcas.

Una creencia que muchos terroristas yihadistas hoy siguen a pie juntillas, equivocadamente.

Entonces se creía que Dios se expresaba mediante actos cuasi milagrosos.

ORIGEN PAGANO

Uno de ellos era, precisamente, este llamado juicio de Dios u Ordalía, una institución jurídica medieval que, literalmente, obligaba a poner las manos en el fuego al acusado para demostrar su inocencia.

Su origen es, por supuesto, pagano, en concreto germánico, y se llevaba a cabo en diferentes modalidades.

La más conocida obligaba al acusado a meter ambas manos en el fuego durante un corto espacio de tiempo.

Una segunda modalidad obligaba al acusado a andar descalzo sobre seis u ocho rejas de arado al rojo vivo.

En una tercera se preparaba un guantelete de armadura, también al rojo vivo, en el que se debía meter la mano.

En una cuarta versión se obligaba al acusado a sostener en las manos un hierro candente de un peso determinado y a dar nueve pasos con él encima.

Si el acusado superaba la prueba sin sufrir apenas quemaduras entonces se decidía que Dios había hablado y que lo consideraba inocente, decretando entonces su puesta en libertad.

Si el acusado, por el contrario –y era lo más normal- presentaba las quemaduras lógicas, entonces se deducía que Dios consideraba que era culpable y se le ejecutaba.

En un antiguo códice hindú se dice que “aquél al que la llama no queme debe ser creído”.

Como ven, esto del juicio de Dios no era sólo cosa del orbe occidental, pagano o cristiano.

LA INQUISICIÓN LO USABA

Según el asesinado presidente del Tribunal Constitucional de España, Francisco Tomás y Valiente, las ordalías consistían en “invocar y en interpretar el juicio de la divinidad a través de mecanismos ritualizados y sensibles, de cuyo resultado se infería la inocencia o la culpabilidad del acusado”

Los tribunales de la Inquisición hicieron mucho uso de este juicio divino, sobre todo en los casos en los que era vital demostrar la acusación de brujería contra alguien.

En muchas ocasiones se utilizaba una variante de la prueba del fuego, que era la prueba caldaria.

Consistía, como su nombre indica, en la preparación de una caldera hirviente.

El acusado debía introducir la mano en el agua hasta la muñeca durante unos segundos, si la acusación era simple.

Si, por el contrario, era compleja, estaba obligado a sumergir el brazo hasta el codo.

Al sacarlo, se envolvía el miembro y se dejaba que pasaran tres días.

Trascurrido dicho periodo se comprobaba si se habían producido quemaduras.

De ser así –y era la mayoría de las veces- se consideraba que el acusado era culpable de brujería y se le ejecutaba, principalmente quemándolo en la hoguera.

Aquél fue un periodo histórico negro para la humanidad.

Un periodo de ignorancia y de oscuridad que, sin embargo, no debemos olvidar, desde nuestra era de democracia y de libertad.